CONTRA TODA ESPERANZA

por Armando Valladares

Capítulo 1

Detención

    El frío cañón de la ametralladora en la frente me despertó. Abrí los ojos asustado. Tres hombres armados rodeaban mi cama.. El del arma me empujaba la cabeza contra la almohada.

    _¿Dónde está la pistola? _preguntó el más viejo, flaco y con el pelo canoso. Luego sabría que ese agente de la Policía Política de Castro había sido también policía del dictador Batista.

    Cuando tocaron a la puerta fue mi madre la quien salió y les abrió. Mi cuarto era el último, mi sueño pesado, hacía frío y no los sentí entrar.

    El de la ametralladora seguía apoyando con fuerza el cañón del arma en mi frente. Uno de ellos metió la mano bajo la almohada buscando la pistola imaginaria. Luego el canoso me dijo que tenía que acompañarlos y que me vistiera. En la sala, un cuarto policía custodiaba a mi madre y hermana.

    En presencia de ellos tuve que vestirme. Hice un ademán para abrir el closet, pero uno de los policías cortó mi intención. Abrió él mismo la puerta y haló las gavetas una por una; luego echó una rápida mirada a todo lo demás. Y comencé a vestirme, mientras ellos me rodeaban y vigilaban. Iniciaron el registro. Los veía más tranquilos, más confiados. Estos operativos reciben órdenes de detener a un ciudadano, sin saber quién es ni por qué se le detiene. Como sistema les dicen que es muy peligroso y que está armado. Ahora sabían que yo no lo estaba. No lo estuve jamás. Tranquilicé a mi madre y a mi hermana; les dije que con toda seguridad se trataba de un error, puesto que yo no había cometido ningún delito.

    Yo era entonces funcionario del Gobierno Revolucionario en la Caja Postal de Ahorros, adscrita  al Ministerio de Comunicaciones, y mi ascenso en aquella dependencia oficial había sido rápido, motivado en gran medida por mi condición de estudiante universitario.

    El registro fue minucioso, largo: casi cuatro horas invirtieron en revisarlo todo. No quedó ni una sola pulgada de la casa en que no hurgaran. Abrieron los frascos, repasaron los libros hoja por hoja, vaciaron los tubos de pasta dentífrica, miraron el motor del refrigerador, los colchones...

    Conversaba con mi madre, que era la que estaba más nerviosa, y mientras lo hacía pensaba en quién habría denunciado que yo tenía armas. Para mí, evidentemente, era alguien que quería hacerme pasar el mal rato de ser detenido, aunque luego se aclarara todo. Pensé que la denuncia habría salido de mi trabajo. Había allí algunos compañeros que sabía me tenían hostilidad. Unas semanas antes, uno de los jefes, a quien me unía una buena amistad, me llamó para advertirme que la Policía Política estaba pidiendo informaciones sobre mí. Yo había tenido algunas fricciones por mis ideas religiosas y mis concepciones idealistas del mundo, que esgrimía frecuentemente como instrumento para discrepar del comunismo como sistema.

    En aquellos días habían sucedido algunos hechos que iban radicalizando la situación interna dentro del Ministerio de Comunicaciones. El ingeniero Enrique Oltuski, el ministro, había sido destituido, y en su lugar nombraron a Raúl Curbelo, un comunista que peleó con Castro en las guerrillas y que sólo conocía de vacas. Así me lo dijo unos días después de nombrado, cuando se presentó en mi departamento:
    _Mira, Valladares, yo de esto no conozco nada. Yo estaba en el Instituto de Reforma Agraria, pero Fidel me dijo que tenía que hacerme cargo de este ministerio y yo de lo único que conozco es de vacas. Por eso necesito que me ayuden a echar esto para adelante.

    Sólo conocía de vacas, era cierto. Pero era un hombre de confianza de Castro.

    El subdirector de la Caja Postal fue sustituido por otro comunista, y el tesorero era también un viejo militante del Partido en la provincia de Camaguey. Fue entonces cuando a uno de mis mejores amigos y compañeros de trabajo, Israel Abreu, lo expulsaron por sus manifestaciones antimarxistas. Israel había luchado en los grupos clandestinos contra la dictadura de Batista, y aquella decisión del nuevo ministro motivó descontento entre todos. Personalmente critiqué la medida como un abuso de autoridad y una violación de la libertad de expresión, que había sido uno de los postulados de la revolución de Castro. No era ajeno a que estaba señalado como un anticomunista. Uno de mis últimos enfrentamientos lo motivó un lema que se repetía en todo el país, lanzado por el aparato propagandístico del Gobierno, y que tenía por objetivo ir preparando a las masas, irles infiltrando la idea comunista. Castro ya era acusado de tal y entonces divulgaron la consigna:

    "Si Fidel es comunista, que me pongan en la lista, yo estoy de acuerdo con él".

    Este lema se imprimió en calcomanías para pegar en los automóviles, en placas de latón para colocar en las puertas de los hogares, se publicaba en los periódicos diariamente, se hicieron carteles que fijaron en las paredes de las escuelas, cuarteles, fábricas, talleres y oficinas del Gobierno. El propósito era bien claro y simple: Castro era presentado al pueblo como un Mesías, un salvador, el hombre que devolvería al país la libertad, la properidad, la felicidad; Castro no podía estar ligado a nada malo, a nada negativo. Lo que era o fuese Castro tenía necesariamente que ser bueno; por eso, si era comunista, pues "que me pongan en la lista". Era éste el análisis que habían hecho los especialistas en propaganda del Partido. La inmensa mayoría del pueblo de Cuba no sabía mucho acerca del comunismo, no tenía formación política, y se le hacía difícil creer lo que se decía sobre el marxismo.

    Los comunistas del Ministerio se aparecieron para colocar en mi mesa de trabajo uno de quellos lemas... "si Fidel es comunista...". Yo me negué. Quedaron sorprendidos y desorientados porque, aunque conocían mi rechazo al marxismo, pensaron que no iba a protestar, ya que eso sería rechazar a Castro. Me preguntaron si yo no estaba de acuerdo con Fidel. Les repondí que si era comunista no, que no formaría parte de la lista. Aquello motivó una discusión.

    Cada día me señalaba más y más. En realidad, fui muy ingenuo. Había calculado que, como consecuencia extema, me expulsarían del trabajo, como habían hecho con Israel. Pero nada más. No pensé nunca que por manifestarme, por expresar mis criterios contrarios al marxismo, me llevaran a la cárcel. Además, todavía el Gobierno no se había declarado marxista, cosa que haría Castro unos meses más tarde. Existían dentro de las filas de los revolucionarios miles de personas que se aferraban a la idea de que Castro no era comunista. Admitían que era cierto que los comunistas iban ocupando determinadas esferas del poder, que estaban sucediendo algunas cosas muy malas; pero a espaldas de Fidel. Cuando éste las supiese, les pondría fin. ¡Qué ingenuos! Yo los comprendía. No todos eran capaces de enfrentar la realidad de que Castro los había engañado, usado, puesto a pelear, manipulado en favor de sus ideas. Estas personas esgrimían como argumento las primeras declaraciones de Castro al principio de la revolución, hechas en Cuba, en países de América Latina, ante dirigentes de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado de los Estados Unidos y en numerosas conferencias de prensa, como la que ofreció, invitado por la Sociedad de Editores de Periódicos, en Washington, el día 17 de abril de 1959. Fue en el hotel Statler Hilton. Allí declaró:

    _He dicho de manera clara que no somos comunistas.

    Aquel mismo día, Charles Porter, representante por Oregon, le manifestó a Castro que su hermano Raúl  impartía adoctrinamiento comunista a los soldados, y el jefe de la revolución, "indignado", le respondía:

    _¿Usted cree que yo permitiría a los comunistas destruir el ejército que he edificado?

    El 19 de abril del mismo año 1959 Fidel Castro se presentó como invitado en el famoso programa "Meet the Press", y allí, en los estudios de la NBC, respondió a las preguntas de los periodistas. Uno de ellos, Hervers, inició el interrogatorio:
    _¿En qué lugar se pondría usted en caso de un conflicto?

    Castro respondió con rapidez:

    _Lo mismo que las democracias. La democracia es mi ideal. Yo no soy comunista ni estoy de acuerdo con los comunistas.

    _Luego manifestó:

    _Estamos contra el comunismo y las dictaduras de todo tipo.

    Estas eran las declaraciones a que apelaban los que no se atrevían o no querían aceptar la realidad del engaño, y obraban así porque juzgaban a Castro con sus propias escalas de valores, con sus mismos principios éticos. Olvidaban, o no sabían, que Lenin había definido claramente el comportamiento del revolucionario cuando manifestó:

    _La moral comunista está subordinada a los intereses de la lucha de clases.

    _El doctor Raúl Roa, representante de Cuba ante las Naciones Unidas, también arremetía contra el comunismo calificándolo de "teoría inhumana porque esclavisa al hombre".

    Decir que no eran comunistas, que no mentían jamás, que convocarían a eleciones libres, que respetarían los Derechos Humanos, no eran más que tácticas de lucha, una cortina de humo. Por eso los revolucionarios que mantenían a todo trance la esperanza de que Fidel terminaría con el poder creciente de los comunistas, no eran capaces de admitir que, aun cuando todavía el Gobierno no se hubiese declarado marxista, las expropiaciones forzosas, el despojo de tierras, las nacionalizaciones, el traspaso de los medios de producción de manos privadas al Estado, las ejecuciones y la prédica constante de odio y la exaltación de la lucha de clases, eran irrefutablemente prácticas comunistas.

    Los policías continuaban el registro. Terminaron en los dormitorios, baño, cocina y pasaron a la sala. Revisaron los cuadros, las figuras de porcelana; una de ellas les llamó la atención: habían descubierto algo dentro. Con un bolígrafo, uno de ellos logró sacar un papel; era de los usados para empaquetar los cristales. Lo abrió y al darse cuenta de que yo lo miraba con cierto aire burlón, lo estrujó y lanzó por la ventana. Nos hicieron levantar del sofá, lo volcaron, lo examinaron cuidadosamente. Terminó el registro y no aparecieron armas, ni explosivos, ni propaganda, ni listas. Nada, absolutamente nada. Tuvieron que irse con las manos vacías. Es decir, conmigo, pues me dijeron que tenía que acompañarlos. Aunque no habían encontrado nada, debía responder a unas preguntas de rutina. Mi madre argumentó que yo no había hecho nada, que no había razón para llevarme. Le respondieron que no se preocupara, que regresaría enseguida: ellos mismos me traerían de vuelta a casa. El regreso se demoró más de veinte años.

    Salimos a la calle. Eran las cuatro de la madrugada, hacía frío y el viento soplaba con fuerza. Subí a un VW gris con un agente a cada lado. Entonces me colocaron las esposas en las muñecas. Otro auto se nos unió en la esquina. No se habló una sola palabra. A ratos la planta de radio lanzaba mensajes incomprensibles para mí. Uno de ellos resultó ser para el auto en que viajábamos. El chófer descolgó y respondió con una frase breve: contraseña.

    Llegamos a la 5ta Avenida y calle 14, en el reparto Miramar. Era entonces la sede central de la Policía Política, la Lubianka cubana. Varias residencias, producto del despojo, formaban el complejo G-2, que era como al principio llamaban a Seguridad del Estado. Un soldado con casco blanco y fusil nos abrió la reja. A la entrada de la oficina había un banco y me hicieron que me sentara en él. A la media hora me condujeron al fondo del edificio, donde habían construido un grupo de celdas. Me quitaron las esposas y me metiron en la primera. Había otros presos allí, en aquel pequeño calabozo. En un rincón, detrás de un muro, se veía una taza sanitaria. Tres torres de camas se adosaban a las paredes. Algunos, desde sus lechos, sacaron la cabeza para ver al nuevo huésped.

  Me llamaron. Fui llevado a la segunda planta, al archivo. Me tomaron las huellas digitales y me fotografiaron con un letrero que decía: "contrarrevolucionario".

    Aquella misma tarde me sometieron al primer interrogatorio. Una oficina pequeña, con una "pillera" de cristal verde oscuro, de esas que permiten espiar a quien esté del otro lado. Un grupo de oficiales me esperaba.

    El que estaba sentado habló. Me dijo que ellos lo sabían todo, que yo era un contrarrevolucionario, un enemigo de la revolución y que iban a condenarme por eso. Les respondí que no había cometido delito alguno. Que con el registro practicado en mi casa habían podido comprobar que no tenía en mi poder nada que pudiera ser utilizado para acusarme.

    _Pero conocemos tus declaraciones en tu centro de trabajo, y has estado atacando a la revolución.

    Me defendí diciéndoles que no había atacado a la revolución como institución.

    _Pero has atacado al comunismo.

    Eso no lo negué. Ni podía, ni quería hacerlo.

    _Sí, es cierto _les dije_, considero que el comunismo es una dictadura peor que la que acabamos de padecer los cubanos, y si se establece en Cuba, sería como en Rusia, pasar del zarismo a la dictadura del proletariado.

    _Nosotros no hicimos la revolución para seguir tolerando los privilegios de los explotadores. En Cuba se acabó ya la explotación del imperialismo yanqui, y no vamos a permitir que gente como tú, al sevicio de los intereses de los capitalistas, interrumpa la marcha del proceso revolucionario.

   Así fue el primer interrogatorio. Duró apenas diez minutos.

    Aquella misma tarde me llevaron con otros detenidos _entre ellos una mujer _ a un pequeño salón. Nos mandaron a sentar en un banco de madera. Había reflectores que se encendieron, y los fotógrafos y camarógrafos comenzarona filmar. Al día siguiente aparecimos en los periódicos como una banda de terroristas, agentes de la CIA, capturados por la Seguridad del Estado.

    No conocía a ninguna de quellas personas. No las había visto jamás. Fue allí donde entré en contacto con Néstor Piñango, Alfredo Carrión y Carlos Alberto Montaner, los tres estudiantes universitarios. También conocí a Richard Heredia, quien había sido uno de los jefes del Movimiento 26 de julio en la provincia de Oriente. Combatió en la Sierra Maestra y en la clandestinidad. Al triunfo revolucionario fue el primer gobernador de Santiago de Cuba. Cuando lo detuvieron le obligaron a vestir el uniforme del ejército anterior y lo fotografiaron y sacaron en los periódicos como recluta de la dictadura.

    Al día siguiente se efectuó el segundo interrogatorio. Todos los días nos entregaban la prensa oficial, del diario "Revolución", en el que nos llamaban terroristas. Yo protesté de aquello. El oficial me respondió que ellos estaban seguros de que yo era un enemigo del pueblo.

    _Usted estudió en una escuela de curas _dijo.

    _Sí, en los Escolapios, pero ¿eso qué importa?

    _Sí importa, los curas son contrarrevolucionarios y el hecho de que usted estudiara en esa escuela religiosa es una evidencia más en su contra.

    _Pero Fidel Castro estudió en el colegio Belén; de los Padres Jesuitas.

    _Pero Fidel es un revolucionario y usted es un contrarrevolucionario, aliado a los curas y a los capitalistas, y por eso lo vamos a condenar.

    _No hay ninguna prueba contra mí, nada me han ocupado.

   _Es cierto que  no tenemos ninguna prueba concreta contra usted; pero tenemos la convicción de que es un enemigo potencial de la revolución. Para nosotros es suficiente.

    Al salir del interrogatorio escuché un griterio y bocinas de automóviles. Una manifestación, frente a los edificios, por la 5ta Avenida, pedía a gritos "paredón" para los terroristas de la CIA. Los comunistas organizaban el acto. Y otro frente al Palacio Presidencial pidiendo que fuéramos fusilados.

    En la noche, temprano, nos sacaron de la celda a Richard Heredia y a mí. Nos trasladaron a un salón y nos hicieron una película para los noticieros cinematográficos. Uno de los periodistas, refiriéndose a mí, comentó a media voz que era una pena que me fusilaran tan joven. La campaña organizada por los comunistas alcanzó proporciones tan vastas que me hizo temer muy seriamente por mi vida.

    Mi suposición de que lo más que podía sucederme era que me quitaran el trabajo, había sido desechada ante la realidad que estaba viviendo.

    Esa madrugada fui llevado al último interrogatorio. Fue como una despedida.

    _Sabemos que tú conoces a elementos que están conspirando, que debes tener contactos con algunos de ellos. Si cooperas con nosotros podemos dejarte en libertad, y reintegrarte a tu trabajo.

    _No conozco a ninguna de esas personas, ni tengo contacto con conspiradores.

    _Es la última oportunidad que tienes de salir de este problema.

    _Yo no sé nada. Ustedes no pueden condenarme porque nada he hecho. No hay pruebas contra mí. No pueden demostrar nada.

    _Nos basta con nuestra convicción. Sabemos que eres un enemigo potencial de la revolución. Mira... _y me alargó unos periódicos de la tarde. En letras grandes, en la primera plana, se leía: "Paredón para los terroristas" _. El pueblo pide un escarmiento y... _dejó la amenaza en el aire.

    Esa misma noche Carlos Alberto, Richard y yo, con un abridor de latas, empezamos a hacer un agujero en la pared posterior del servicio sanitario. Trararíamos de escapar. La tarea era difícil. Intentaríamos levantar la capa que recubría la pared para sacar el primer bloque.

    Al día siguiente de mi arresto, mi hermana se dirigió a la estación de Policía más cercana buscando información. Le dijeron que nada sabían de mí. Fue a la 5ta Avenida y calle 14, donde yo me encontraba, y le dijeron que tampoco estaba allí.

    Cuando salió la información en los periódicos, los comités de vigilancia cercanos a mi casa, dirigidos por varios agentes de la Policía Política vestidos de civil, organizaron una manifestación en la calle. Apedrearon las puertas y ventanas de mi hogar. La turba enardecida gritaba:
    _¡Paredón! ¡Que lo fusilen!

     Mi madre sufrió un ataque de nervios y cayó al suelo sin conocimiento. Mi hermana salió gritando en busca de un médico. Más tarde volvió a indagar por mi paradero, y ya en esta ocasión no le negaron que estaba en la sede de la Policía Política. La mandaron sentarse. Al rato la pasaron a una oficina y comenzaron a interrogarla, acusándola de ser también una contrarrevolucionaria. Hacían su odio extensivo a toda la familia, a tal extremo que no sólo sufrió un interrogatorio y acusaciones, sino que, además, la fotografiaron como a mí con un cartel que decía: "contrarrevolucionaria". No le permitieron que me viera.

    Carlos Alberto, Richard y yo nos turnábamos en la perforación de la pared. Sabíamos que nos arriesgábamos a represalias. Pero nos dedicamos con ahínco al trabajo. No logramos terminarlo, sin embargo. Nos sacaron antes. Nunca supimos si fue casualidad o si alguno de los muchos que se encontraban allí era un delator o un agente de la Policía Política.

    En el patio interior esperaba un auto. Adentro ya estaba otra detenida: Zoila, la misma mujer que había visto cuando nos hicieron las fotos. Nos advirtieron que no podíamos hablar.

    Eran los primeros días del año 1961. Todo el litoral de La Habana estaba lleno de cañones que apuntaban al norte. Los Estados Unidos había roto las relaciones con Cuba y el Gobierno agitaba la amenaza de una invasión. El aire levantaba grandes olas que saltaban por encima del muro del malecón que bordea la costa habanera. El auto corría a gran velocidad. Pasó el túnel de la bahía y entró en la fortaleza de La Cabaña.   

    Se detuvo frente a la alta reja que da entrada al rastrillo de la prisión. Nos hicieron bajar, entregaron unos papeles al militar de posta y el auto siguió rumbo a la cárcel de mujeres, destino de la pasajera.