AL GRAN REFORMADOR MARTIN LUTERO
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Cuatro siglos ha, que un pobre
Humilde fraile agustino Buscó con ansia el camino De la salvación del hombre. Creyó hallarlo, ciertamente, En el claustro de un convento, Y allá marchó muy contento Con esperanza ferviente. En él cumplió sacrificios, Se impuso maceraciones, Abstinencias, confesiones… Cosas buenas, a su juicio. Todo lo sufrió con calma, Con tal de hallar su tesoro, Pues ansiaba, más que el oro, La salvación de su alma. Mas, a pesar de su celo Y su buena voluntad, No encontraba en tal piedad La paz que viene del cielo. Sus colegas no sabían darle seguras respuestas; solo esperanzas inciertas, que no le satisfacían. ¿Dónde hallar, dijo, el perdón y la paz de mi conciencia? Buscaré las eminencias de la santa religión. Iré a Roma, dijo el fraile Llamado Martín Lutero; Recorreré el mundo entero, Si es preciso, por salvarme. Tal vez el Papa, Vicario Representante de el Verbo, Podrá dar a un pobre siervo Perdón completo y plenario. Allí, do están los prelados De la Iglesia Universal, Será el sitio principal Para perdonar pecados. Y allá llegó sin temor, Con la fe que le animaba, Creyendo que Roma estaba Llena de santo fervor. ¡Oh cuán triste desencanto recibió en su corazón! Sólo orgullo y ambición Halló en los varones santos. Sólo lujo vio en los sabios; Envidias, profanaciones; Cizaña en los corazones, Hipocresía en los labios.
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¡Adiós, dijo, Roma, adiós;
_José Moreno Córdoba
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