AL GRAN REFORMADOR MARTIN LUTERO

Cuatro siglos ha, que un pobre
Humilde fraile agustino
Buscó con ansia el camino
De la salvación del hombre.
Creyó hallarlo, ciertamente,
En el claustro de un convento,
Y allá marchó muy contento
Con esperanza ferviente.
En él cumplió sacrificios,
Se impuso maceraciones,
Abstinencias, confesiones…
Cosas buenas, a su juicio.
Todo lo sufrió con calma,
Con tal de hallar su tesoro,
Pues ansiaba, más que el oro,
La salvación de su alma.
Mas, a pesar de su celo
Y su buena voluntad,
No encontraba en tal piedad
La paz que viene del cielo.
Sus colegas no sabían 
darle seguras respuestas;
solo esperanzas inciertas,
que no le satisfacían.
¿Dónde hallar, dijo, el perdón
y la paz de mi conciencia?
Buscaré las eminencias 
de la santa religión.
Iré a Roma, dijo el fraile
Llamado Martín Lutero;
Recorreré el mundo entero,
Si es preciso, por salvarme.
Tal vez el Papa, Vicario
Representante de el Verbo,
Podrá dar a un pobre siervo
Perdón completo y plenario.
Allí, do están los prelados
De la Iglesia Universal,
Será el sitio principal
Para perdonar pecados.
Y allá llegó sin temor, 
Con la fe que le animaba,
Creyendo que Roma estaba
Llena de santo fervor.
¡Oh cuán triste desencanto
recibió en su corazón!
Sólo orgullo y ambición
Halló en los varones santos.
       Sólo lujo vio en los sabios;
Envidias, profanaciones;
Cizaña en los corazones,
Hipocresía en los labios.

 

¡Adiós, dijo, Roma, adiós;
de ti me marcho con pena;
sólo una fuente hallo buena:
la fiel Palabra de Dios!
Beberé sus aguas puras,
De verdad y de consuelo;
Ellas me guiarán al cielo,
Patria de paz y ventura.
Así lo hizo, con valor,
Y halló lo que deseaba:
La salvación, que anhelaba,
Por la fe en el Salvador.
Y con la Biblia en su mano,
Ya gozoso y placentero,
Desañaba Lutero
A todo el clero romano.
Predicando en alta voz
La diferencia cristiana
 Entre la Iglesia romana
Y la Palabra de Dios.
Teniendo a Cristo por rey,
No temió la excomunión
Del Santo Padre León,
Ni las furias de su grey.
Protestó con energía
De la vente de indulgencias,
Que engañaban las conciencias
Con diabólica osadía.
Y predicando con gozo
La salvación por la fe,
A todas partes do fue
El pueblo le escuchó ansioso.
Bendigamos al Señor
Y su Palabra divina,
Fuente de luz que ilumina
Al perdido pecador;
Y con ánimo sincero
Y valiente corazón,
Imitemos al campeón
De Jesús, Martín Lutero.

 

_José Moreno Córdoba