CONFESION

 

Perdóname, Señor, que te he ofendido;

Perdona al miserable que te llama;

Perdona el desamor que te he tenido.

 

No me condenes a la eterna llama,

Mas vuelve esos tus ojos a mirarme;

Sufre al que por amarte se desama.

 

Valga para contigo confesarme,

Y válgame ante Ti llorar mi ofensa,

Y plégate hora un poco de escucharme;

 

Que si tu gracia en esto me dispensa,

Y me ayuda, Señor, en lo que digo,

Servirá el acusarme de defensa.

 

Pecador soy, Señor, Tú eres testigo;

Que a tus divinos ojos no hay negarlo,

Pues desde mi niñez andas conmigo.

 

Y aunque vía, que a Ti el disimularlo

Era tiempo perdido, no por eso

Dejé de amar mi mal y ejecutarlo.

 

¿Quién te podrá contar aquel proceso

y aquella larga historia de mis males,

que el corazón me ahoga con su peso?

 

¿Quién duda, pues, que cuando te ofendía

tu gran misericordia me miraba,

y al fin callaba, amaba y me sufría?

Tu gran paciencia allí disimulaba;

Que antiguo oficio tuyo es el tenella,

Y yo perverso, tanto más pecaba.

 

Yo, soy Señor, quien te dejó primero

Y eres Tú, quien primero me buscaste,

Yo el que ahora se vuelve a ti postrero

Tú eres quien mil veces me llamaste,

Yo soy quien te cerró otras mil la puerta

Y Tú, eres quien tras ella te quedaste.

 

Yo soy Señor quien tiene el alma muerta,

Tú eres vida en quien podrá valerse.

 

Soy yo el dormido, y Tú quien le despierta.

 

_Malon de Chaide