A  J. A. LUCENA

New York, 9 de octubre de 1885
Sr. J. A. Lucena
Filadelfia

Mi distinguido compatriota:

Acabo de recibir, con entrañable reconocimiento, y como el premio más dulce, la invitación que a nombre de la lealísima emigración de Filadelfia se sirven Uds. hacerme, para que comparta con ella, en su propia casa, la honra de llevar flores tristes y lanzas enlutadas a los pies de nuestros héroes y de nuestros muertos, mañana, 10 de Octubre. Me estimo más a mí mismo por haber merecido de Uds. esta invitación, y si de algo puede servir un alma consagrada sencillamente al deber, a los hombres admirables que recuerda el 10 de Octubre y a la emigración de Filadelfia que sabe honrarlos, se la mando entera.

Pero, por desdicha, mi mismo amor a mi patria y a su independencia me impiden acudir esta vez a conmemorar con Uds., como acá en mi propio altar interior conmemoro, fervientemente, los esfuerzos de los que han perecido por asegurarla, y escribieron una epopeya en tiempos en que ya no parece el mundo capaz de escribirlas ni de entenderlas. Cada cubano que muere es un canto más; y cada cubano que vive debe ser un templo donde honrarlo: así mi corazón lleno de estas memorias, de manera que fuera de ellas no vive, y muere de ellas.

Ni un solo instante me arrepiento de haber estado con los vencidos desde la terminación de nuestra guerra, y de seguir entre ellos, porque con ellos ha estado hasta ahora no sólo el sentimiento que anima a las grandes empresas, sino la razón que justifica los sacrificios que se hacen para lograrlas. Cuanto puedo dar he dado, y he de dar, obrando activamente, ya en lo visible, ya con mi mismo silencio, para obtener en mi país la cesación de un gobierno que lo maltrata y desafía, y sustituirle otro que asegure el decoro y la hacienda de sus hijos; el decoro sobre todo, que vale más que la hacienda. Cuanto puedo hacer he hecho para salvar a mi país de una situación ahogada y odiosa, sin llevarlo con este pretexto a otra que pudiera ser aún más temible; por inspirar en nuestros elementos revolucionarios, ya que la Isla parece necesitar una revolución, un espíritu de grandeza y de concordia que atrajese las simpatías y afirmase la fe de nuestra patria, que allegase sinceramente a los tibios y a los adversarios, que hiciese posible una victoria grande e inmediata, a poco costo de sangre de amigos y enemigos, no para abrir en Cuba una era de parcialidad y de enconos, sino para levantar adonde ella puede subir, si sus malos defensores no la echan abajo, a la altura de pueblo verdaderamente libre y dueño de sí mismo, no a la condición infeliz de tierra invadida por fuerzas ciegas y rencorosas. Cuanto puedo hacer he hecho-y hoy la emigración de Filadelfia, llamándome a su lado, me lo premia-por preparar la guerra inevitable de manera que el país pudiese tener fe en ella, y la victoria asegurase a sus hijos su independencia de extraños y propios.

Tal vez, a pesar de mi repugnancia a ocupar a los demás con mis opiniones y actos personales, habrá llegado a Filadelfia el rumor de que de un año acá vienen siendo muy grandes mis temores de que los trabajos emprendidos por llevar a nuestra patria una nueva guerra, precisamente en los momentos en que Cuba parecía más necesitada de ella y más dispuesta a recibirla, han sido enteramente distintos de los que a mi juicio son indispensables para que la Isla acepte con confianza y siga con júbilo la revolución que hubiese de salvarla. Sentí, sin exageraciones mujeriles, que comencé a morir el día en que este miedo entró en mi alma. Y como creo, por lo que hace a mí, que la tiranía es una misma en sus varias formas, aun cuando se vista en algunas de ellas de nombres hermosos y de hechos grandes; como creo que la manera menos eficaz de servir a la independencia de la patria es preparar la guerra necesaria para conseguirla, de manera que alarme al país en vez de asegurarle su entusiasta confianza, resolví-desde el primer instante en que creí desatendidos éstos que yo estimo grandes deberes-no oponerme en el camino de los que piensan de manera distinta de la mía, puesto que nadie debe impedir que se haga lo que no tiene medios de hacer, ni ayudar las labores que a mi huicio han comprometido la suerte de la revolución, y con ella la de la patria, en los instantes mismos en que, acorralados de nuevo sus hijos y exhaustas sus esperanzas y sus arcas, parecía fácil llevar a la Isla una guerra magnánima, corta y digna de ensangrentar a un pueblo por los beneficios de libertad y bienestar que había de recoger de ella(1).

¿Qué había de hacer en este conflicto un hombre honrado y amigo de su patria? ¡Ah! lo que hago ahora: decirlo en secreto, cuando me he visto forzado a decirlo, de modo que mi resistencia pasiva aproveche, como yo creo que aprovecha, a la causa de la independencia de mi país; no decirlo jamás en alta voz, para que ni los adversarios se aperciban, porque es mejor dejarse morir de las heridas que permitir que las vea el enemigo, ni se me puede culpar de haber entibiado, en una hora que pudo ser, y acaso sea, decisiva, el entusiasmo tan necesario en las épocas críticas como la razón.

Un año entero he vivido en este tristísimo silencio. Crear una rebelión de palabras en momentos en que todo silencio sería poco para la acción, y toda acción es poca, ni me hubiera parecido digno de mí, ni mi pueblo sensato me lo hubiera soportado. Ya yo me preparaba a emprender camino (quién sabe a qué y hasta dónde! en servicio activo de esta empresa; y cuando creí que el patriotismo me vedaba emprenderlo (qué tristeza, qué tristeza mortal, de la que nunca podré ya reponerme! ¿Cómo serviré yo mejor a mi tierra? me pregunté. Yo jamás me pregunto otra cosa. Y me respondí de esta manera: *Ahoga todos tus ímpetus; sacrifica las esperanzas de toda tu vida; hazte a un lado en esta hora posible del triunfo, antes de autorizar lo que crees funesto; mantente atado, en esta hora de obrar, antes de obrar mal, antes de servir mal a tu tierra so pretexto de servirla bien+. Y sin oponerme a los planes de nadie ni levantar yo planes por mí mismo, me he quedado en el silencio, significando con él que no se debe poner mano sobre la paz y la vida de un pueblo sino con un espíritu de generosidad casi divina, en que los que se sacrifiquen por él garanticen de antemano con actos y palabras el explícito intento de poner la tierra que se liberta en manos de sus hijos, en vez de poner, como harían los malvados, sus propias manos en ella, so capa de triunfadores. La independencia de un pueblo consiste en el respeto que los poderes públicos demuestren a cada uno de sus hijos. En la hora de la victoria sólo fructifican las semillas que se siembran en la hora de la guerra. Un pueblo, antes de ser llamado a guerra, tiene que saber tras de qué va, y adónde va, y qué le ha de venir después. Tan ultrajados hemos vivido los cubanos, que en mí es locura el deseo, y roca la determinación, de ver guiadas las cosas de mi tierra de manera que se respete como a persona sagrada la persona de cada cubano, y se reconozca que en las cosas del país no hay más voluntad que la que exprese el país, ni ha de pensarse en más interés que el suyo.

Convencido yo de la necesidad de que en una guerra que va a mover tantas pasiones, como llevada por caminos que no sean ésos moverá una guerra en Cuba, es indispensable a la salud de la patria que alguien represente, sin vacilación y sin cobardía, los principios esenciales, de tendencia y de método, que he creído yo ver en peligro, y puesto por el curso de las cosas en ocasión de ayudar con gloria a olvidarlos, o de representarlos en la oscuridad y el olvido, decidí representarlos. Organizada en tanto la emigración, esta emigración, que impone respeto y amor por sus virtudes, en acuerdo con las labores activas de las cuales había yo creído de apartarme para servir a mi patria mejor, resulta hoy, con un dolor penetrante para mí, que no puedo tomar en la conmemoración de ese día que ningún cubano debe traer nunca a la memoria sin ponerse en pie y descubrirse la cabeza, porque reunidas en una conmemoración del 10 de Octubre y el acto político que en estas circunstancias va envuelto en ella, parecería hoy y parecerá mañana que yo había aprobado con mi presencia en él aquello mismo que por la salud de mi patria condeno. O si tomase parte en él, tendría que explicar esta posición personal mía, lo que sería indigno de la majestad del acto. ¿Qué pareceres de hombre vivo significan nada ¡ay! al lado de tanta ruina que cae, de tanta sangre que humea, de tanto héroe que está en pie después de muerto?

Me afligiré pues, acá a mis solas. Se me irá el alma adonde están Uds., y la palabra encendida. Tiemblo de pensar en lo que sufrimos; como tiemblo de pensar en que por errores de conducta o falta de grandeza pudiéramos perder la oportunidad de redimirnos. Pero mi patria me manda vigilar por ella, y sacrificarle mi deseo, puesto que así la sirvo, aunque diciéndole mi dolor a los que la quieren y se acuerdan de mí, para que no piensen mal del que sólo vive para ella y para ellos.

Es mi deseo dejar escrita esta carta; pero no es mi deseo, antes sería para mí ocasión de dolor y pecado, que se lea en la reunión de mañna. (No, por Dios! La razón es fría, y las cosas de la tierra no deben ir a perturbar en su día de fiesta a los que están por sobre ella. Nada más que palmas y corazones encendidos haya para los héroes de nuestro 10 de Octubre. Excusen Uds. mí ausencia, si alguien se fija en ella, con las frases prudentes que esta carta les inspire. Pero de manera (oh sí! que no parezca, por este sacrificio que hago, mermado el amor a la patria que me lo aconseja.

Y si después creen útil leerla, o pedirme más explicaciones de ella, léanla si les parece bien, y ordénenme, que yo soy el esclavo de mis compatriotas; pero que no sea la voz de mi juicio la que vaya, en estas horas de templo, a entibiar las esperanzas patrióticas de aquellos que tienen en mí, reconocido y desconocido, el servidor más apasionado que pueden tener entre los hombres.

De toda mi alma, si es digna de ello, hago una corona, y la pongo, por la mano de los emigrados de Filadelfia, en el altar de los mártires del 10 de Octubre.

Queda sirviéndoles, mis distinguidos compatriotas,

José Martí

Notas al pie:

(1)  Se refiere Martí, sin duda, a su carta al general Máximo Gómez de 20 de octuvre, 1884.

A JOSÉ DOLORES POYO

New York, noviembre 29, 1887
Sr. José Dolores Poyo

Distinguido compatriota:

Me es grato obedecer a la indicación de buenos cubanos de esa y esta ciudad, deseosos de que, para mayor bien y acuerdo de los trabajos difíciles que nos esperan, me dirija amistosamente al que aun en los tiempos de menos fe entre nuestros compatriotas ha sabido mantener viva la suya, y comunicar su aliento a los desesperanzados. Por simpatía propia hubiera hecho desde hace mucho tiempo lo que hago hoy por indicación ajena; pero el natural deseo de expresar mi afecto a quien de sobra tiene derecho a él por su constante patriotismo, era contenido en mí por temor de aparecer interesado en llamar la atención sobre mi persona, o en solicitar prosélitos para alguna opinión determinada. En mí, el amor a la patria sólo tiene un límite; y es el temor de que imagine nadie que por mi interés me valgo de ella, ni siquiera por el interés de ganar fama, que con ser menos innoble que otros, lleva a los hombres muy lejos a veces de aquella pureza absoluta que la patria tiene derecho a exigir de todos los que se ocupan en servirla. Por ese respeto nunca excesivo a la libertad de la opinión ajena y a mi propio decoro, jamás me he atrevido, en ocho años de incesantes inquietudes patrióticas, a solicitar comunicación con aquellos con quienes más la deseaba, con los ejemplares cubanos de Cayo Hueso. Pero hoy no tomará Ud. a mal que cediendo tanto a mi deseo como a sugestiones amistosas, salude en Ud. a uno de los que con más brío y desinterés trabajarán sin duda en preparar los tiempos grandiosos y difíciles a que parece irse ya acercando nuestra patria. En otro tiempo pudo ser nuestra guerra un arrebato heroico o una explosión de sentimiento; pero aleccionados en veinte años de fatiga, tantos los de afuera como los de adentro, y conocedores los mismos que han de ayudar a la revolución de lo interior de ella y de sus hombres y de sus móviles, no es ya como antes la guerra cubana una simple campaña militar en la que el valor ciego seguía a un jefe afamado, sino un complicadísimo problema político, fácil de resolver si nos damos cuenta de sus diversos elementos y ajustamos a ella nuestra conducta revolucionaria, pero formidable si pretendernos darle solución sin arreglo a sus datos, o desafiándolos. Hoy que el país nos busca deseoso de hallar en nosotros un plan vasto y seguro que lo autorice a echarse por el camino terrible que como única vía le ofrecemos, hoy nos halla sin más fuerza ni propósito conocido que la promesa, terrible para muchos, que va envuelta en el nombre de independencia, siempre simpático. Y lo que más da que temer la revolución a los mismos que la desean, es el carácter confuso y personal con que hasta ahora se le ha presentado; es la falta de un sistema revolucionario, de fines claramente desinteresados, que aleje del país los miedos que hoy la revolución le inspira, y la reemplace por una merecida confianza en la grandeza y previsión de los ideales que la guerra llevará consigo en la cordialidad de los que la promueven, en el propósito confeso de hacer la guerra para la paz digna y libre, y no para el provecho de los que sólo vean en la guerra el adelanto de su poder o de su fortuna. Necesitamos anunciar al país, y mantener con nuestras artes, un programa digno de atraer la atención de un pueblo que ya no se entrega al primero que, amparándose de un nombre santo, quiera ponerse a su cabeza. Necesitamos quitar todo asomo de razón a los cubanos que por soberbia o timidez nos presentan ante el país como una horda de sentimentalistas o de fanáticos que sólo queremos llevar, por simple odio de desterrados rencorosos, una guerra sin recursos ni propósitos. Necesitamos ir destruyendo uno a uno los argumentos que nos tienen sin crédito en lo general del país, cuya opinión nos es indispensable para toda tentativa seria, cuyo desasosiego es ya tan grande que sólo le falta a mi juicio que sepamos infundirle esperanzas justas con una política que satisfaga sus dudas y aquiete sus temores para tenerlo entero de nuestro lado.

Mucho tiempo hemos perdido, muy contra mi voluntad, que siempre fue la de tener organizadas en unión importante y con un programa digno de atención las emigraciones, al mismo tiempo que los trabajos en la Isla, para que el día para mí siempre cercano, en que ésta se decidiese por desesperación a la guerra, no le tuviera miedo como le tiene ahora, viéndola desordenada y llena de sombras y peligros, sino se echase con confianza y entusiasmo en brazos de los que con su noble conducta, su espíritu y métodos de república y su juicio de hombres de estado hubieran sabido inspirárselos. Nuestro país piensa ya mucho y nada podemos hacer en él sin ganarle el pensamiento. Mucho tiempo hemos perdido, decía, pero ese mismo desconcierto causado por nuestra falta de preparación, en la hora en que el país está ya más cerca de nosotros, nos permite aún, por fortuna, emplear el tiempo que nos queda, en impedir con una conducta enérgica y previsora que la revolución que ya se viene encima fracase por precipitación o mala dirección nuestra, como ya esperan nuestros astutos enemigos, o caiga por no haberla sabido dirigir nosotros en un grupo de cubanos egoístas, que no la han deseado jamás, ni comprenden su espíritu, ni llevan la intención de aprovechar la libertad en beneficio de los humildes, que son los que han sabido defenderla.

Noto que, con la confianza que su amor patrio me inspira, he dejado correr la pluma con más extensión de lo que autoriza una primera carta; )pero el sangrar juntos de una misma herida, no ha de hacer a los hombres sinceros súbitamente amigos?

Nada especial tengo que pedir a Ud. y nada más me propongo, aunque mi tierra sea toda mi vida, que servirla con mi juicio leal, sin asumir más puesto que aquel deber en que como ahora la voluntad de mis paisanos me coloque. Mucho hemos errado, y no debemos ahora que parece volver la oportunidad grandiosa, caer de nuevo donde ya caímos: mucho tenemos que hacer, y pronto, para convertir en ayuda real, la simpatía vaga, excedida por la confianza con que el país nos mira. Y algo se hace ya en Nueva York en estos momentos para responder, sin pérdida de tiempo precioso, a lo que la situación complicada y oprtuna manda.

Me había propuesto hablarle a Ud. de la grata impresión que dejó en mi ánimo la energía, templada de sensatez, del señor Juan Ruz, y el gusto con que vi surgir de su oportuna visita resultados que ya se hacían desear. Pero lo adelantado de la noche me obliga a suspender aquí mi carta, seguro de que la cordialidad con que escribo será entendida por quien, con su virtud patriótica, ha sabido inspirarla.

Tan luego como me sea dable recibir de Ud. la prueba de que no me he engañado, tendré placer sincero en escribirle nuevamente sobre estas cosas que a ambos nos son tan caras.

Queda sirviéndole su afectísimo compatriota,

José Martí
120 Front St.

A GONZALO DE QUESADA Y ARÓSTEGUI

New York, octubre 29, 1889
Sr. Gonzalo de Quesada y Aróstegui:

Mi muy querido Gonzalo:

Por lo pequeño de la letra verá Ud. que el alma anda hoy muy triste, y acaso la causa mayor sea, más que el cielo oscuro o la falta de salud, el pesar de ver cómo por el interés acceden los hombres a falsear la verdad, y a comprometer so capa de defenderlos, los problemas más sagrados. De estas náuseas quisiera yo que no sufriese Ud. nunca, porque son más crueles que las otras. Por eso no le he escrito en estos días, porque cuando me cae ese desaliento estoy como ido de mí, y no puede con la pluma la mano. Y porque quería hablarle largo, como a su buen padre le hablé, sobre el peligro en que está Ud. de que, con el pretexto de amistad, se le acerquen personas interesadas que quieran valerse de la posición de confianza de que goza, cerca de una 
delegación
(1) importante a la que con la astucia se quisiera deslumbrar, o confundir, o convertir, o traer a la estimación de personas que llevan el veneno donde no se les ve. Lo han de querer usar, descaradamente unos, y otros sin que Ud. lo sienta. Y yo quiero que todos le tengan a Ud., y a la persona que confía en Ud., el respeto que les he tenido yo, que me guardé bien, ni de frente ni de soslayo, de inculcar en Ud. mis ideas propias sobre estas cosas delicadas del Congreso, y sobre los hombres que de dentro o de fuera intervienen en él, por más que ni Ud. ni yo podamos tener duda de la pureza de mis intenciones, ni del fervor de mi cariño, y el desinterés de mi vigilancia, por mi tierra, y por toda nuestra América. Ud. es discretísimo, pero no me ha de tener a mal que lo ponga en guardia sobre estas asechanzas sutiles. Si entra en las funciones de Ud. poner delante al caballero(2) a quien acompaña las opiniones sobre este asunto, póngale por igual las del Tribune y el Avisador(3), y las del Post, el Herald y el Times. Refrene, en cuanto a las personas, el entusiasmo natural a su gallardo corazón; y estudie los móviles torcidos que a veces se esconden bajo las más deslumbrantes prendas exteriores. No hable mal ni bien de quien oiga hablar bien o mal, hasta saber si hay causa para el elogio o la censura, o si lo que se ha querido es acreditar o desacreditar a una persona, por el medio indirecto e involuntario de Ud. No hay encaje más fino que el que labran los hombres decididos a intrigar, o necesitados de servir. Es necesario ser hábil y honrado, contra los que son hábiles, y no honrados. Esto se lo digo a Ud., como me lo diría a mí mismo, -porque preveo que no se ha de dejar sin intentar el propósito de llegar por medio de Ud. al ánimo de la delegación, que es de tanto peso y juicio, y de pueblo tan viril, que de nadie busca ni necesita consejo, pero pudiera, sobre todo en cuanto a los hombres, formarse opinión errada y peligrosa de esta persona o aquella, por verlas-en buen predicamento con los que tienen merecida su confianza; Ud. hará, para empezar, un buen oficial de caballería, porque ve de lejos, lo que es igualmente necesario en los tratos con los enemigos, y con los hombres. ¿Qué más tengo que decirle, sino que me perdone en gracia de que son por su bien, estas vejeces?

Ahora le hablaré de lo que nos toca más de cerca que nuestras mismas personas: de lo de nuestra tierra. Hay marea alta en todas estas cosas de anexión, y se ha llegado a enviar a La Discusión de La Habana, desde Washington, una correspondencia sobre una visita a Blaine(4), en favor de la anexión, en que la dan por prometida por Blaine, y al calce están mis iniciales: (y en Cuba creen los náufragos, que se asen de todo, que es mía la carta, a pesar de que es una especie de anti-vindicación, y que yo estoy en tratos con Blaine, y los demás que en Cuba puede suponerse de que los revolucionarios de los E. Unidos anden en arreglos con el gobierno norteamericano!: hasta ofertas de agencias he recibido de personas de respeto, como primer resultado de esta superchería. En instantes en que el cansancio extremo de la Isla empieza a producir el espíritu y unión indispensables para intentar el único recurso, es coincidencia infortunada ésta del Congreso, de donde nada práctico puede salir, a no ser lo que convenga a los intereses norteamericanos, que no son, por de contado, los nuestros. Y lo que Ud. me dice, y ha hecho muy bien en decirme, agrava esta situación, con la única ventaja de que el tiempo perdido en estas esperanzas falsas, lo emplearemos, los que estamos en lo real, en organizarnos mejor.

Pero no es por nuestras simpatías por lo que hemos de juzgar este caso. Es, y hay que verlo como es. Creo, en redondo, peligroso para nuestra América o por lo menos inútil, el Congreso Internacional. Y para Cuba, sólo una ventaja le veo, dadas las relaciones amistosas de casi todas las Repúblicas con España, en lo oficial, y la reticencia y deseos ocultos o mal reprimidos de este país sobre nuestra tierra: -la de compeler a los Estados Unidos, si se dejan compeler, por una proposición moderada y hábil, a reconocer que *Cuba debe ser independiente+. Por mi propia inclinación, y por el recelo-a mi juicio justificado-con que veo el Congreso, y todo cuanto tienda a acercar o identificar en lo político a este país y los nuestros, nunca hubiera pensado yo en sentar el precedente de poner a debate nuestra fortuna, en un cuerpo donde, por su influjo de pueblo mayor, y por el aire del país, han de tener los Estados Unidos parte principal. Pero la predilección personal, que puede venir de las pasiones, debe ceder el paso, en lo que no sea cosa de honor, a la predilección general: y pronto entendí que era inevitable que el asunto de Cuba se presentase ante el Congreso, de un modo o de otro, y en lo que había que pensar era en presentarlo de modo más útil. Para mí no lo es ninguno que no le garantice a Cuba su absoluta independencia. Para que la Isla sea norteamericana no necesitamos hacer ningún esfuerzo, porque, si no aprovechamos el poco tiempo que nos queda para impedir que lo sea, por su propia descomposición vendrá a serlo. Eso espera este país, y a eso debemos oponernos nosotros. Lo que del Congreso se había de obtener era, pues, una recomendación que llevase aparejado el reconocimiento de nuestro derecho a la independencia y de nuestra capacidad para ella, de parte del gobierno norteamericano, que, en toda probabilidad, ni esto querrá hacer, ni decir cosa que en lo menor ponga en duda para lo futuro, o comprometa por respetos expresos anteriores, su título al dominio de la Isla. De los pueblos de Hispano América, ya lo sabemos todo: allí están nuestras cajas y nuestra libertad. De quien necesitamos saber es de los Estados Unidos; que está a nuestra puerta como un enigma, por lo menos. Y un pueblo en la angustia del nuestro necesita despejar el enigma; -arrancar, de quien pudiera desconocerlos, la promesa de respetar los derechos que supiésemos adquirir con nuestro empuje, -saber cuál es la posición de este vecino codicioso, que confesamente nos desea, antes de lanzarnos a una guerra que parece inevitable, y pudiera ser inútil, por la determinación callada del vecino de oponerse a ella otra vez, como medio de dejar la isla en estado de traerla más tarde a sus manos, ya que sin un crimen político, a que sólo con la intriga se atrevería, no podría echarse sobre ella cuando viviera ya ordenada y libre. Eso tenía pensado, contando con que en el Congreso no nos han de faltar amigos que nos ayudasen a aclarar nuestro problema, por simpatía o por piedad. Y como pensaba componer la exposición de manera que en ella cupiesen todas las opiniones, en José Ignacio(5) pensé, como pensé en Ponce(6) y en cuantos, con diferencia de métodos, quieren de veras a su país, para que acudiesen al Congreso con sus firmas, en una solicitud que el Congreso no podía dejar de recibir, y a la que los Estados Unidos, por la moderación y habilidad de la súplica, no habría hallado acaso manera decorosa de negar una respuesta definitiva: y así, con este poder, batallar con más autoridad y a campos claros. Del Congreso, pues, me prometía yo sacar este resultado: la imposibilidad de que, en una nueva guerra de Cuba, volviesen a ser los Estados Unidos, por su propio interés, los aliados de España. Nada, en realidad, espero, porque, es cuestión abierta como ésta, que tiene ;a anexión de la Isla como uno de sus términos, no es probable que los Estados Unidos den voto que en algún modo contraríe el término que más les favorece. Pero eso es lo posible, y el deber político de este instante, en la situación revuelta, desesperada, y casi de guerra, de la Isla. Y eso estaba yo decidido a hacer. Y aún no sé si será mi deber hacerlo, acompañado, o solo.

En esto me llega su carta de Ud. De los móviles de José Ignacio Rodríguez no hay que hablar. Ama a su patria con tanto fervor como el que más, y la sirve según su entender, que en todo es singularmente claro, pero en estas cosas de Cuba y el Norte va guiado de la fe, para mí imposible, en que la nación que por geografía, estrategia, hacienda y política necesita de nosotros, nos saque con sus manos de las del gobierno español, y luego nos dé, para conservarla, una libertad que no supimos adquirir, y que podemos usar en daño de quien nos la ha dado. Esta fe es generosa; pero como racional, no la puedo compartir. Lo que en todo el documento, tal como Ud. me lo pinta, se demuestra, no es tanto la razón de que Cuba sea independiente, sino la necesidad que la nación de más intereses y aspiraciones en América tiene de poseer la Isla, el mal que le puede venir de que otro la posea. Aparte de lo histórico, en cuanto al espantapájaros que mató de una vez Juárez, a la invasión de un poder europeo en América: ¿no está Europa en las Antillas? ¿Francia? ¿Inglaterra?: ¿Pudieron, por tener la Isla, reconquistar la América los españoles, ni cuando Barradas, ni cuando Méndes Núñez? De esas alegaciones tomarán los Estados Unidos refuerzo para sus propósitos, confesos o tácitos. La indemnización )quién la había de garantizar, sino la única nación americana que puede hacerla efectiva? Y una vez en Cuba los Estados Unidos )quién los saca de ella? Ni )por qué ha de quedar Cuba en América, como según este precedente quedaría, a manera, -no del pueblo que es, propio y capaz, -sino como una nacionalidad artificial, creada por razones estratégicas? Base más segura quiero para mi pueblo. Ese plan, en sus resultados, sería un modo directo de anexión. Y su simple presentación lo es. Lo anima en Rodríguez, el deseo puro de obtener la libertad de su tierra por la paz. Pero no se obtendrá; o se obtendrá para beneficio ajeno. El sacrificio oportuno es preferible a la aniquilación definitiva. Es posible la paz de Cuba independiente con los Estados Unidos, y la existencia de Cuba independiente, sin la pérdida, o una transformación que es como la pérdida, de nuestra nacionalidad. Sírvanos el Congreso, en lo poco que puede, pero sea para el bien de Cuba, y para poner en claro su problema, no para perturbarla, por lo pronto, con esperanzas que han de salir una vez más fallidas, o si no salen, no han de ser para su beneficio.

Y ahora, los hombres. Dos cosas pueden ser, y sólo la parte de Rodríguez me impide creer que sea una de ellas. O los capitalistas y políticos de la costa, con ayuda y simpatía de quienes siempre ayudan estas cosas en Washington, han ido penetrando sutilmente hasta hallar en Rodríguez un auxiliar desinteresado y valioso, y este plan viene a ser la aparición de un propósito fijo de hombres del Norte, que es lo que me inclino a creer; o por comunidad de las ideas limpias de Rodríguez, la pasión constante del revolucionario González(7), y el interés confeso y probado de Moreno, se ha venido a producir un modo de pensar, que como todo lo que lleva esperanza a los infelices, y libertad cómoda a los débiles, tendrá muchos adeptos, aquí y en Cuba, pero en el que no quisiera yo ver persona como Rodríguez junto a un hombre del descrédito de Moreno, y de la poca autoridad de Luna(8). No sé hablar mal de los hombres. Pero Moreno no es buena compañía, aparte de lo ridículo de su persona, que sólo por la idea simpática que le llevaba, y por el respeto de su apuesto de representante, pudo parecer bien, como Ud. me dice, al entusiasta González. De González, nada sé, sino lo que se puede saber de la expedición de López, que Ud., recordando o preguntando, lo sabrá. Y por unas líneas suyas que leí en días pasados, sé que es de los que aman con pasión a este país, y no verían con menos que júbilo la anexión del nuestro. ¿Y si no es anexionista el plan de que me habla, qué hacen en él Moreno y Luna, anexionistas confesos? Eso es lo que pienso, Gonzalo, va al vuelo de la pluma, como quisiera yo ir, y escribir con mi sangre, para que se me viera la verdad. ¿Pero a qué he de ir, caso de que pudiera yo, que por mi tierra todo lo abandono, salir de este banco de la esclavitud? Si fuera útil, yo iría: pero ¿quién, por oírme, va a cejar en sus pasiones de años, ni a creer que lo que habla en mí no es una pasión opuesta a la suya? Otros me llaman de Washington, y por respetos no voy. Mis ideas no las callo, aunque Ud. sólo hará uso de ellas donde puedan contribuir a la concordia. Si estas cosas se transformasen, o llegasen a estado que requiriese acción, o pudiera mi presencia allí servir de veras ¿no daría este corto viaje por su patria, el que se muere de ella?

No eche al cesto estos renglones, para volver a leerlos juntos. Me pidió dos, y vea. Eso le dirá cómo le estima su amigo,

J. Martí

Notas al pie:

(1) Se refiere Martí al nombramiento de Gonzalo de quesada y Aróstegui como Secreatrio del doctor Roque Sáenz, Delegado de la República Argentina a la Conferencia Internacional Americana, que inició sus sesiones en la ciudad de Washington, el 2 de octubre de 1889.

(2) El ya citado Sánchez Peña.

(3) El Avisador Hispano Americano, que publicaba Enrique Trujillo en Nueva York.

(4) James G. Blaine, Secretario de Estado en el gabinete del entonces Presidente de los E.E.U.U.

(5) José Ignacio Rodríguez, quien actuó en la Conferencia en calidad de Secretario de la Comisión de Derercho Internacional, y de la Extradición, fungiendo también como intérprete.

(6) Probablemente, Nestor Ponce de León.

(7) Ambrosio José González, patriota cubano y empleado de la citada Conferencia.

(8) Juan Bellido de Luna, autor del folleto La anexión de Cuba a los Estados Unidos, Nueva York, 1888.

ATRÁS

A  FERNANDO FIGUEREDO

New York, 9 de febrero de 1892
Sr. Fernando Figueredo

Mi amigo y distinguido paisano:

De las muy estimables manos de Ud. acabo de recibir el acta de la junta en que los generosos emigrados de Cayo Hueso nombraron a los señores Teodoro Pérez y Ramón Dobarganes para procurar en la Habana la terminación y suspensión del incidente provocado por la carta que publicó sobre mí el Sr. Enrique Collazo, con la firma de tres cubanos más; el acta donde los señores Teodoro Pérez y Ramón Dobarganes recibieron de los firmantes de la carta el acuerdo de acceder a la petición formulada en nombre de la emigración de Cayo Hueso, y el informe de los trabajos precedentes al envío de la comisión y del resultado de ésta, que componen el acta última en que se acordó *enviarme copia de todo lo actuado, solicitar mi concurso hacia el noble fin que esa emigración se ha propuesto, y mostrar el deseo de que cuanto antes diera mi parecer sobre este asunto+. Y mi parecer es uno: que los cubanos somos dignos de la libertad, por el cuidado con que la fundamos y defendemos, venga de dondequiera el peligro para su fundación o su victoria; por el empuje unánime, nada menos que amoroso, con que juntamos los corazones en la hora de la prueba, y porque la viveza con que resentimos lo que puede ofender nuestra persona, cede ante la obligación de trabajar unidos en la defensa de la libertad. Yo estimo como debo, y sin que quede más que agradecimiento y cariño en mi corazón, la iniciativa de esa emigración, que tiene en su virtud probada la fuerza vigilante que ha de constituir y salvar nuestra República, el patriotismo levantado y discreto con que los señores comisionados cumplieron con su encargo, y la determinación de los compatriotas míos que suscribieron la carta. Y al aplaudir en esa emigración lo que, puesto en el caso de ella, habría yo mismo hecho con quienes estuvieran por razones públicas donde estaban dos hombres que han servido, y anhelan continuar sirviendo, a su país, ni intentaré siquiera expresar el respeto que la nobleza y sensatez de esa emigración me inspira, y el orgullo que siento en ser cubano.

Lo que casi me ofende ¡como si algo que viniera de tan buenos amigos me pudiera ofender! es que se creyera por un instante necesario solicitar mi concurso para la terminación de este incidente enojoso. La pluma con que contesté a las apreciaciones que lo provocaron se lamentaba de su misma justicia al razonar contra un cubano que se expuso mil veces a morir por su país; y se dolía mi corazón profundamente de lo que me mandaban escribir el interés público y la dignidad. Ni la victoria más querida ha de comprarse a costa del menoscabo de otro hombre, y el inefable sentimiento que en todo lo de mi patria me mueve y domina, sólo me permitió ver en la ofensa, que no podía llegar hasta mí, los elementos de desunión política que urge convertir a la verdad de la patria en estos días de divino entusiasmo. Lo que rechacé no fue la ofensa, sino el peligro. Lo que me dolió no era la agresión singular, sino el miedo de que en la hora suprema puedan desconocerse y recaer en errores mortales los que la naturaleza y la historia dispuso para ir mano a mano por los mismos caminos. Cuanto me amenaza a la patria me pone a temblar; y sólo gozo con lo que la honra y asegura. Y si cerré mi respuesta con un convite inevitable, no fue por alarde odioso, ni por ira que no me es dable sentir, sino porque en campaña es indispensable el valor, y queda inútil en campaña el hombre a quien se supone falto de él.

Por mi país, por mi país levanté la agresión: la agresión que ya tengo olvidada y no me causó más pena que la de que fuera autor de ella un hijo de mi misma madre. No están los tiempos, que se hinchan y desbordan por sí solos, para callar cobardemente ante la malicia que el ojo experto ve serpear y crecer por la oscuridad; ni para dejarnos turbar el noble corazón por preocupaciones ya injustas; ni para apadrinar un delito sutil y continuo contra aquella hermandad santa y adorable en que junta a los hombres la pelea diaria contra la tiranía y contra la muerte; ni para andar separando manos, a la hora en que toda prisa es poca para juntarlas.

A todos los que amamos de veras a nuestro país nos ha de confundir, y nos confunde, un mismo abrazo; y el mayor de los criminales sería ahora en Cuba, quien pretendiese, con el encono de la preocupación o el disimulo de la intriga, prescindir de uno solo de los elementos que la historia de ayer, llena de sobrevivientes ilustres, y la historia de mañana, llena de compañeros desconocidos, pueden allegar para la creación en nuestra tierra de un pueblo feliz y libre.

Yo, con mis modos de sigilo, porque lo que importa es hacer, aunque no se vea quién hace, me he dado entero a esta tarea de unión, y he de morir en ella; sólo sus enemigos lo son míos. Por eso, al día siguiente de la capitulación que censuraban otros, comencé a mover, en el suelo mismo de Cuba, la guerra con los capitulados; por eso me senté, dos años después del Zanjón, a presidir la Junta de Guerra en que un capitulado había venido haciendo de secretario; por eso autoricé sin miedo la capitulación del último jefe de la guerra de 1880(1), de un jefe a quien, por su genio militar y su alma cívica, quiero como a un hermano; por eso, apenas se desvaneció, por su desorden interior, aquella tentativa, porque no hubo modo de ordenarla, convidé a los caudillos de la capitulación a ir combinando desde entonces todas las fuerzas allegables para una guerra fuerte, breve y republicana; por eso, desdeñando una presidencia honrosa y pacífica, me puse a la obra, como entendí yo que era útil, con los Jefes capitulados que intentaron renovar la guerra; por eso, no bien murieron aquellas esperanzas, aproveché la primera ocasión para pensar, junto con ellas, el modo de ir poniéndole alma segura a la pelea; por eso creí censurable que un compatriota mío comentara con brusquedad y equivocación un acto de vigilancia motivado en días en que todas las caras han de estar al sol, y se ha de ver por dónde están todas las manos; por eso amo con todos los cariños a los que sacaron el pecho en defensa de mi país, y censuro públicamente a los que lo calumnian y deshonran. Su gloria es mía, y yo vivo para mantener y perpetuar su gloria. Y la patria es de todos, y es justo y necesario que no se niegue en ella asiento a ninguna virtud.

Y es favor de la fortuna que aquel a quien dirijo estas líneas, y envainó la espada sin rendir el corazón, pueda entender, por la consagración de su propia vida, cómo el amor vehemente a la patria para quien vivimos, no me permite ver en este incidente lo que para otro, que no para mí, pudiera tener de personal; sino la revelación de aquella alma unánime de los hijos de Cuba que con afán filial he perseguido y que en la intervención de los emigrados, y en el acatamiento de los firmantes, reconozco y saludo. Y si una ofensa a mí fue el precio a que se había de comprar la prueba pública de esta disposición de nuestros corazones, no lamenta la ofensa útil, sino que la bendice, al enviarse agradecido a ese pueblo donde se ha ensayado en la prudencia y el amor, la patria venidera.

Su amigo, su hermano,

José Martí

Notas al pie:

(1) El general Emilio Núñez.

AL GENERAL SERAFÍN SÁNCHEZ

Nueva York [Marzo, 1892]

Mi amigo muy querido:

Sólo unas líneas que apenas le puedo escribir, para decirle que recibí con grandísimo gusto la última carta de Ud., donde me dice que está ya allí con raíces, y me habla noblemente de esas cosas pasadas, que en alma como esta mía no dejan huella, y me enseña una vez más el bello talento y el corazón justo que le adiviné, y le quiero mucho. Pena de mi persona, y la inquietud en que me tiene el desorden que le quisiera evitar a mi patria, me han tenido, y me tienen sin más fuerzas que las estrictamente necesarias para salir de la cama a mi trabajo de la noche, en que gano la más de mi pan libre, -o a los quehaceres patrios más urgentes. ¿Y dejaremos morir, Serafín, tanta hermosura? Acá estallan las almas, y nace aquí gente bíblica. ¿Quién hará lo que tenemos que hacer, y nadie podrá hacer, nadie, si no lo hacemos todos juntos? Y los días se suceden y los peligros. ¿Qué nos pasa por ahí, que andan tan lentos? Aquí, lo que cuesta trabajo es refrenar el entusiasmo. -Y a su amigo, escribir. Debo gran carta a Teodoro Pérez y a Dobarganes. Figueredo, me olvidó. A Soria, le respondo en seguida una carta muy noble. Perdóneme que acabe, y que le ruegue, aunque está de más, que ponga allí el hombro a la tarea que nos ha de permitir, sin exclusiones ni reservas, la unión gloriosa de todos. Para esa obra sí le quedan fuerzas a su amigo cariñoso.

José Martí

De esta trascendental carta de Martí hay dos versiones: la de la carta auténtica y la que se publicó en Patria.  Las palabras que aparecen entre corchetes son las que en la versión del periódico corrigen las de la carta original. 


AL GENERAL MÁXIMO GÓMEZ

Santiago de los Caballeros, Santo Domingo
13 de Septiembre de 1892

Sr. Mayor General del Ejército
Libertador de Cuba
Máximo Gómez

Señor Mayor General:

El Partido Revolucionario Cubano, que continúa, con su mismo espíritu de creación [redención] y equidad, la República donde acreditó Ud. su pericia y su valor, y es la opinión unánime de cuanto hay de visible del pueblo libre cubano, viene hoy a rogar a Ud., previa meditación y consejos suficientes, que repitiendo [renovando] su [el] sacrificio(1) ayude a la revolución como encargado supremo del ramo de la guerra, a organizar dentro y fuera de la Isla el ejército libertador que ha de poner a Cuba, y a Puerto Rico con ella, en condición de realizar, con métodos ejecutivos y espíritu republicano, el [su] deseo manifiesto y legítimo de su independencia.

Si el Partido Revolucionario Cubano fuese una mera intentona, o serie de ellas, que desatase sobre el sagrado suelo de la patria una guerra tenebrosa, sin composición bastante ni fines de desinterés, o una campaña rudimentaria que pretendiese resolver con las ideas vagas y el valor ensoberbecido los problemas complicados de ciencia política de un pueblo donde se reunen, entre vecinos codiciados o peligrosos, todas las crudezas de la civilización y todas sus capacidades y perfecciones;-si fuese una revolución incompleta, de más adorno [palabras] que alma, que en el roce natural y sano con los elementos burdos que ha de redimir, vacilara o se echase atrás, por miedo a las consecuencias naturales y necesarias de la redención, o por el puntillo desdeñoso de una inhumana y punible superioridad;-si fuese una revolución falseada, que por el deseo de predominio o el temor a la sana(2) novedad o trabajo directo de una república naciente, se disimulase bajo el lema santo de la independencia, a fin de torcer, con el influjo ganado por él, las fuerzas reales de la revolución, y contrariar, con una política sinuosa y parcial, sin libertad y sin fe, la voluntad democrática y composición equitativa de los elementos confusos e impetuosos del país;-si fuese un ensayo imperfecto, o una recaída histórica, o el empeño novel del apetito de renombre, o la empresa inoportuna del heroismo fanático, -no tendría derecho el Partido Revolucionario Cubano a solicitar el concurso de un hombre cuya gloria merecida, en la prueba larga y real de las virtudes más difíciles, no puede contribuir a llevar al país(3) más conflictos que remedios, ni a arrojarlo en una guerra de mero sentimiento o destrucción, ni a estorbar y corromper, como en otras y muy tristes ocasiones históricas, la revolución piadosa y radical que animó a los héroes de la guerra de Yara, y le anima a Ud., hoy como ayer, la idea y el brazo.

Pero como el Partido Revolucionario Cubano, arrancando del conocimiento sereno de los elementos varios y alterados de la situación de Cuba, y del deseo de equilibrarlos en la cordialidad y la justicia, es aquella misma revolución decisiva, que al deseo de constituir un pueblo próspero con el carácter libre, une ya, por las lecciones [pruebas] de la experiencia, la pericia requerida para su ordenación y gobernación;-como el Partido Revolucionario Cubano, en vez de fomentar la idea culpable de caer con una porción de cubanos contra la voluntad declarada de los demás, y la odiosa ingratitud de desconocer la abnegación conmovedora, y el derecho de padres de los fundadores de la primera república, es la unión, sentida e invencible, de los hijos de la guerra con sus héroes, de los cubanos de la Isla con los que viven fuera de ella, de todos los necesitados de justicia en la Isla, hayan nacido en ella o no, de todos los elementos revolucionarios del pueblo cubano, sin distingos peligrosos ni reparos mediocres, sin alardes de amo ni prisas de liberto, sin castas ni comarcas, -puede el Partido Revolucionario Cubano confiar en la aceptación de Ud., porque es digno de sus consejos y de su renombre [su consejo y renombre].

La situación confusa del país, y su respuesta bastante a nuestras preguntas, allí donde no ha surgido la solicitud vehemente de nuestro auxilio; nos dan derecho, como cubanos que vivimos en libertad, a reunir enseguida, y mantener dispuestos, en acuerdo con los de la Isla, los elementos con que podamos favorecer(4) la decisión del país. Entiende el Partido que está ya en guerra, así como que estamos ya en república, y procura sin ostentación ni intransigencia innecesaria, ser fiel a la una y a la otra. Entiende que debe reunir, y reune, los medios necesarios para la campaña inevitable, y para sostenerla con empuje; y que,-luego que tenemos la honrada convicción de que el país nos desea y nos necesita, y de que la opinión pública aprueba los propósitos a que no podríamos faltar sin delito, y que no debemos propagar si no los hemos de cumplir,-es el deber del Partido tener en pie de combate su organización, reducir a un plan seguro y único a todos sus factores, levantar sin demora todos los recursos necesarios para su acometimiento, y reforzarlos sin cesar, y por todas partes, después de la acometida. -Y al solicitar su concurso, señor Mayor General, esta es la obra viril que el Partido le ofrece.

Yo ofrezco [invito] a Ud., sin temor de negativa, [a] este nuevo trabajo, hoy que no tengo más remuneración que brindarle [para ofrecerle] que el placer del sacrificio y la ingratitud probable de los hombres. El tesón con que un militar de su pericia,-una vez que a las causas pasadas de la tregua sustituyen las causas constantes de la revolución, y el conocimiento de sus yerros remediables,-mantiene la posibilidad de triunfar allí donde se fue ayer vencido; y la fe inquebrantable de Ud. en la capacidad del cubano para la conquista de su libertad y la práctica de las virtudes con que se le ha de mantener en la victoria, son prueba sobrada [pruebas suficientes] de que no nos faltan los medios de combate, ni la grandeza de corazón, sin la cual cae, derribada o desacreditada, la guerra más justa. Ud. conoció, hombre a hombre a aquellos héroes incansables [inmortales.] Ud. vio nublarse la libertad, sin perder por eso la fe en la luz del sol. Ud. conoció y practicó aquellas virtudes que fingen desdeñar, [afectan ignorar] o afean de propósito(5), los que así creen que alejan el peligro de verse obligados, de nuevo o por segunda vez(6), a [o] imitarlas, y que sólo niegan los que en la estrechez de su corazón no pueden concebir mayor anchura, o los soberbios que desconocen en los demás el mérito de que ellos mismos no se sienten capaces. Ud., que vive y cría a los suyos en la pasión de la libertad cubana, ni puede, por un amor insensato de la destrucción y de la muerte, abandonar el retiro respetado y el amor de su ejemplar familia, ni puede negar la luz de su consejo, y su enérgico trabajo, a los cubanos que, con su misma alma de raíz, quieren asegurar la independencia amenazada de las Antillas y el equilibrio y porvenir de la familia de nuestros pueblos de América.

Los tiempos grandes requieren grandes sacrificios; y yo vengo confiado a pedir [rogar] a Ud. que deje en manos de sus hijos nacientes y de su compañera abandonada la fortuna que les está levantando con rudo trabajo, para ayudar a Cuba a conquistar su libertad, con riesgo de la muerte: vengo a pedirle que cambie el orgullo de su bienestar y la paz gloriosa de su descanso por los azares de la revolución, y la amargura de la vida consagrada al servicio de los hombres. Y yo no dudo, señor Mayor General, que el Partido Revolucionario Cubano, que es hoy cuanto hay de visible de la revolución en que ud. sangró y triunfó, obtendrá sus servicios en el ramo que le ofrece, a fin de ordenar, con el ejemplo de su abnegación y su pericia reconocida, la guerra republicana que el Partido está en la obligación de preparar, de acuerdo con la Isla, para la libertad y el bienestar de todos sus habitantes, y la independencia definitiva de las Antillas.

Y en cuanto a mí, Señor Mayor General, por el término en que esté sobre mí la obligación que me ha impuesto el sufragio cubano, no tendré orgullo mayor que la compañía y el consejo de un hombre que no se ha cansado de la noble desdicha, y se vio día a día durante diez años en frente de la muerte, por defender la redención del hombre en la libertad de la patria.

Patria y Libertad.

El Delegado

José Martí

Notas al pie:

(1) En la publicada en Patria, se añade aquí la frase"con que ilustró su nombre".

(2) Tachada "sana" en Patria.

(3) En Patria añade la palabra "afligido".

(4) "Mantener" en Patria.

(5) Omitido en Patria: "o afean de propósito".

(6) Sustituído en Patria: "de nuevo o por segunda vez"  por "a continuarlas".

AL GENERAL ANTONIO MACEO

New York, mayo 25 de 1893Sr.
General Antonio Maceo

Mi amigo y general:

No empiece por extrañar la letra ajena, porque mi compañero de trabajo es su amigo de Ud., Gonzalo de Quesada, Secretario hoy de nuestras labores y esperanzas a ver si volvemos con la ayuda del país a rematar lo que Ud. comenzó con su valor incomparable: le pide otra vez la patria, como va Ud. viendo, toda su bravura. Pero ni por mano de este amigo querido le escribiría, sino por la mía propia, a no ser que estoy en cama, sin moverme más que para las obligaciones.

Mañana tomo el vapor, con rumbo a Ud., aunque parándome por el camino a arreglos previos, y espero, sin aparato y anuncio de ninguna especie, estar en Puerto Limón del 15 al 30 de junio.

Ardo en deseos de verlo. Ya le escribí de Nueva Orleans, a Ud. y a Flor. Ya sé que Ud. me conoce el alma bien, y que sólo espera de ella lealtad y cariño. Con igual tesón vigilo por nuestra Patria, donde no hay problema que no se pueda resolver con honor y justicia, -y por la gloria de los que han creado con sus servicios. Precisamente tengo ahora ante los ojos *La protesta de Baraguá+, que es de lo más glorioso de nuestra historia. Ud. sabrá algún día para lo que vive este amigo de Ud.

¿A qué hablarle de lo de Holguín, ni de nada, si nos vamos a ver? Mejor ha sido que me detuviera la noticia cuando iba a verlo a fin de abril, porque hoy estamos ya sobre seguro, y ahora podemos hablar con la concordia de las horas grandes, como si estuviéramos ya más cerca de las cosas.

Si Ud. quiere hacerme alguna observación previa a mi viaje, aunque ya conoce mi sencillez y discreción, y que procuro estar a todo, escríbamela a Jamaica, por cualquiera de los amigos, que por allí creo tener que pasar.

A mi amiga María, la más prudente y celosa guardiana que pudo dar a Ud. su buena fortuna, dígamela otra vez todo mi respeto y cariño. Ahora volveré a ver a una de las mujeres que más han movido mi corazón: a la madre de Ud.

Seguiría conversándole, pero el quehacer es mucho. Espéreme con los brazos abiertos, que ya yo sé por mi cuenta que lo único que pudiera faltar a Ud. es la ocasión, que ahora se renueva, de mostrarse grande. A sus hermanos, y a los míos, todos cuantos cubanos viven por ahí, saluda cariñosamente en Ud. hasta el día de mi callada visita, su amigo,

José Martí

AL GENERAL ENRIQUE COLLAZO

New York, 8 de mayo de 1894

Sr. General Enrique Collazo
La Habana

Mi muy estimado amigo:

Con alegría grande cumplo hoy por medio de la carta adjunta, los avisos que de tiempo en tiempo he enviado a Ud., en estricto acuerdo con el desarrollo, seguro, a la vez que vigilante, de sucesos que sabía yo bien que a la hora precisa-la de la acción cercana, sin demasiada preparación visible-habían de pasar por sus manos. De mi particular gusto en ello, y aun diré que de mi parte en ello, Ud. tiene ya prueba bastante, aunque no llegue tal vez a entender todo el afecto y especial cariño con que veo esta parte principal puesta en Ud. *Yo le diré que Ud. es como nosotros+, me dijo una vez el General Gómez hablando sobre Ud.-Ud. lo ha sentido ya y ve en mí un hermano.

Cuanto dijese sobre otras cosas sería redundante, y va explicado en la carta adjunta, escrita de acuerdo con la Delegación y por ésta suscrita y confirmada. Debo sólo regocijarme de que vea Ud. que hay ya la certeza de ese sistema de prudencia, concordia y división de trabajo con que en tan breve tiempo hemos llegado de tan poco a tanto.

Tenía Ud. razón, por los engaños y cobardías de la época pasada, en temer que yo, en mi humilde parte, no fuese el hombre de verdad y sencillez que soy, sino un llenapáginas, ambicioso y sin riñón; o que era yo víctima del patriotismo inactivo, y de miedos literarios a la obra cruda y sana que hay que hacer. Pero vea ahora la pureza y ternura con que se unen, sin un solo embozo, ni semilla de separación futura, los elementos necesarios, y que a Ud. mismo pudieran parecer opuestos, de la revolución.

Ni en espíritu, ni en detalle, me separo un ápice del vigor y la nobleza del General Gómez. Así le envié a decir al anunciarle-para calmar su duda natural-la situación próxima de que hoy le va la prueba.

Con la fuerza de lo hecho puedo asegurarle que me empleo ahora mismo en lo que falta por hacer, con el mismo cuidado por la Isla, y el mismo respeto a las vidas allá, que he demostrado hasta hoy. Sigo viaje a cubrir mi trabajo verdadero y hacer de camino parte de él. Pero antes voy al Cayo, a esperar respuesta de Ud., que me puede ir por el portador de ésta, y aguardo con la natural impaciencia.

Por otra mano remití a Ud. los 400 pesos que le anuncia el General, y aquí incluyo orden al portador, por $75.00, para que, sin el peligro a que estaría hoy expuesta cualquier comunicación mía, por portador digno al Camagüey, envíe Ud. por mano, por primera vía, esta carta, del General y mía, al Marqués. Aquí he aguardado hasta dar con hombre totalmente seguro. Pero éste no tiene razón natural para seguir al Príncipe. Ud. escogerá allí bien su mensajero.

Para mayor tranquilidad de Ud. y para el éxito de nuestras labores, debo decir a Ud. que de ningún modo intervendré-ni en cosas de acción, armas, etc., me he permitido intervención anterior-en la organización que ahí desee Ud. darse. Las personas, todas, que a mí hayan venido, recibirán recado de ponerse a las órdenes de Ud. Y sólo daré ese recado a gente de toda seguridad. De Matanzas, D. y B. piden sin cesar armas, sin que hasta hoy vea yo modo cierto de su arribo, ni creo debo obrar en esto aparte de Ud., lo cual les dirá Ud. que los conoce, si le parece bien decírselo, porque yo no usaré el nombre de Ud., si Ud. no me autoriza. Ud. está ahí y Ud. conoce mejor los peligros que hay que obviar. Pero desearía respuesta sobre lo de Matanzas, o que Ud. los acalle, para que no crean desdén o debilidad lo que no es más que previsión y disciplina. Deseo también su autoridad para hablar de Ud. a Juan Gualberto Gómez.

Para el miércoles próximo de la entrante semana, habré llegado al Cayo, y allí desearía hallar, para seguir viaje en seguida, respuesta de Ud. al General y a mí. Sólo me queda espacio para felicitarle con calor por su publicación última, que tan eficazmente contribuye a echar por tierra, en el instante de la arremetida, al único enemigo que verdaderamente tiene la felicidad de nuestra patria: la soberbia incapaz de esos hombres tímidos.

Aguarda, impaciente y cariñoso, noticias de Ud., su

J. Martí

Notas al pie:

(1) Domínguez y Betancourt.

A JUAN GUALBERTO GÓMEZ

Enero 17 [1895]

Amigo queridísimo:

No emplearé palabra innecesaria para las amargas noticias que tengo que comunicarle; y que el cable habrá en parte anticipado, así como mi última carta a Ud.: y sustituiré el lamento inútil con la declaración de que renuevo inmediatamente por distinto rumbo, la labor que la cobardía de un hombre ha asesinado. Ante todo, déjeme declarar a U., y en U., a todos nuestros amigos, de todas partes, -que es mi primer pensamiento el de redimir a la Isla de toda obligación de sujetar sus movimientos a los que de afuera no han de cesar, y han de rematarse con fortuna, mas sin el derecho de impedir que el país surja por sí, y sin la traba de esta espera, si juiciosamente cree que en condiciones de éxito, o de mantenimiento por un plazo ya más dilatado, puede surgir sin nuestra conjunción. Ese es mi primer pensamiento. Ayudar, sí. Oprimir, o encabezar a la fuerza, no. Lo que yo creo, luego lo diré, aquí mismo. Pero antes sepa esa decisión fundamental.

Junto a Aguas Verdes(1) y el enviado de Gómez(2), mis muy nobles compañeros en esta gran tristeza, he visto desvanecerse la ocasión inmediata compuesta con tanta felicidad, y en condiciones tales, que aun al desaparecer contribuye a unir más a todos nuestros mantenedores, aumenta el respeto público, y deja vivas todas nuestras fuerzas, sin más daño real, fuera de la pérdida reparable, que el de haber de postergar nuestra conjunción con la isla, mientras se salva la distancia y el tiempo que no admiten reducción, y el de sujetar acaso ahí, si así se cree prudente, toda la labor preparada, hasta mi anuncio que puede estar muy cercano, si llego a fin en el rumbo a que inmediatamente me echo, -o puede tardar más, tardar meses, -y no más, -si el primer rumbo falla.

Cuanto el cable ha debido decirles es cierto, aunque en tan pocas manos estaba la labor, grande como era, que aún no pueden ni acaso podrán, sino insinuar que fuese nuestra, lo que no intento esconder, ni debe esconderse, porque el menor provecho que puede sacarse de esta desventura es el respeto y la fe que en el país ha de infundir la magnitud del esfuerzo intentado, y sólo revelado por nosotros mismos. Tres vapores, con cargo amplio, y excelente, iban a caer a la vez sobre la isla. Al salir el primero, se echan sobre él, y se pierde la quinta parte del armamento total, cuyo resto parece hasta hoy salvado. La salvación de los vapores era imposible, y desde principios de diciembre viví en agonía, porque al haber de confiarme a un coronel cubano escogido por un grupo de expedicionarios para conducirlos, se negó; ya en los días mismos de salir, de hacerlo en las condiciones aceptadas por las cabezas de los demás grupos, aseguró por su honor que podría proporcionarme para su grupo un barco en condiciones preferibles, y después de saber que no lo podía conseguir, y de haber revelado a pesar de eso su objeto; me obligó a ir en persona, usando de un nombre que no estaba autorizado a usar, a la misma oficina donde con ese nombre había contratado felizmente mi agente un vapor, cuyo hecho ya sabía el coronel antes de hacerme ir y sólo me advirtió al final de la conversación. Desde ese instante corrió el aviso a los dueños, lo que aún se hubiera podido burlar, e iba burlado; pero el mismo coronel, depositario de una parte de las armas, compradas desde hace más de un año para estar pronto a cualquier sorpresa, las envió al ferrocarril, de donde debían ir por larga distancia en nuestros vagones a nuestro almacén y nuestro muelle, -las envió digo, manifestadas como artículos militares, y con las cajas de cápsulas descubiertas, a pesar de mi instrucción expresa, lo que forzó a variar de vehículo, con once días de pérdida, y el riesgo de la publicidad de la llegada a muelle ajeno, que aun se pudo acallar, pero ahora pudiera servir, y está sirviendo de argumento, contra la devolución de las armas. Y aun eso se habría podido vencer si, a pesar de no conocer detalle alguno de toda la combinación, más personas que el agente, leal hasta el sacrificio, y yo, de una parte, y de otra el coronel y el corredor a quien reveló y me llevó a revelar el objeto después de saber que no se podía obtener, no se hubiese enviado de New York denuncia expresa de la salida-de los únicos barcos que ellos conocían, y no del tercero que conocíamos sólo el agente y yo-en los momentos precisos para que se sorprendiese el barco con el cargo y los hombres.. La serenidad de un joven fiel y valeroso, aún más que las demás medidas por mí tomadas, salvó el primer peligro del registro; y con sus personas, el escándalo y prisión tan poco útiles, como hoy nos es beneficioso el respeto inspirado por nuestra discreción y sigilo. Eso pasó. Ahora, a lo que ha de remediarlo. Observese y recuerde sólo, y haga entender, mi cuidado vehemente por evitar a la isla todo riesgo y engaño hasta que de nuestra parte la labor de arrancada no estuviese segura.

En vez de deplorar la demora inevitable de la labor de Uds. ahí-demora que pedía, ya decidido, en su última carta por uno o dos meses, el elemento culto de Cuba-importa ahora mismo fijar las condiciones en que hemos de continuar esta labor. Desvanecida hoy la posibilidad de conjunción inmediata que teníamos meditada, lo que me obliga en seguida a un viaje de consulta y a nuevas vías y esfuerzo nuevo, no debo ponerme en el camino de mi país-y al hablar de mí sólo hablo de las fuerzas que represento-ni debo subordinar el país a mi deseo punible de sofocarlo hasta estallar con él. Expresamente declaro que esta conjunción, que inmediatamente restableceré, ya en un plazo corto, relativamente, -o en otro más largo-no puede efectuarse hoy, por el tiempo forzoso para su renuevo, por rápido que sea. Y declaro también, que sin un día de pérdida, y sin haber perdido un solo respeto y ayuda, emprendo la nueva labor. Si el país cree, por lo que está en manos de Ud., que puede empezar sin aguardar, con probabilidades de éxito, sin esperanza de la dirección militar súbita, tal como la desea, hasta que no se ejusten los medios nuevos en que ya estoy, cumpla el país su voluntad que mi puesto, no es mandar sino servir. Si el país cree que debe aguardar, apagando todos los fuegos visibles, a la conjunción que promuevo, -sin pérdida de una sola ayuda-y con la precisión y rapidez de que en el movimiento frustrado tiene la prueba, -aguarde seguro de que lo sirvo, y le servimos todos, con la mayor rapidez humana, -y de que sin dilación alguna le diría inmediatamente la verdad si por desdicha que no es de esperarse, no pudiéramos ahora servirlo. Yo ato en haz aún más fuerte las emigraciones conmovidas y cariñosas, más cariñosas hoy que nunca, aliento con esa demostración visible la confianza de la Isla, vuelo con José María Rodríguez, el más virtuoso de los compañeros, y con el leal e impaciente A. Verdes, a ver a Gómez, y luego, y en seguida, a las nuevas formas, -y antes deseo, y debo, saber la decisión de Uds. Si aguardan, - acallen y fíen. Mi opinión personal es que jamás debe Occidente, jamás, empezar sin connivencia previa a Oriente, y alguna sólida conexión en las Villas, cuyo consejo indispensablemente habrían Uds. de demandar. No teman desmayo, ni esperas injustas. Andaremos como la luz. Aguardarían y sabrían pronto.

Aquí debo terminar, porque ya he dicho lo esencial. Ya ven Gener y M. en qué angustias vivía y a qué obligaciones imprevistas tenía que atender cuando no podía responder, ni a veces recibir sus cartas, -y serán justos-Ud. verá de ahí la llaga en que he vivido. Sólo un barco, amigo, llevaba 200 hs. -Veamos al frente. Aguarda ansioso su respuesta, más confiado que nunca en su juicio.

Su

M

Nota al pie:

(1)  Enrique Collazo.

(2)  El enviado era José María Rodríguez.

A GONZALO DE QUESADA Y ARÓSTEGUI 
Y BENJAMÍN GUERRA

[Montecristi] 26 de febrero [1895]

Gonzalo y Benjamín:

Les escribo a la vez si he de alcanzar el vapor de hoy, que ya les lleva mi carta-pálida e inútil- de hace unos tres días. Hoy recibimos el cablegrama de Uds., en que no puedo leer más que estas palabras, que aún resplandecen ante mí: *revolución en Occidente y en Oriente+. Empezamos, pues: ahora a ayudar y rematar la obra. Acá, se está en lo que se debe. Abracémonos en el dintel, y querámonos ahora más que nunca. Lo hemos hecho, y aún me parece sueño, Recio, pues, y sin noche, sobre las mismas líneas: caridad, energía y vigilancia. A lo concreto, de hoy, que el tiempo pasa: ya respondo por cable a las consultas de Uds.: en lo de Maceo, como verán por las cartas adjuntas, consecuencias rectas de mis temores y previsiones, pudiendo hacer Flor lo que Maceo no puede hacer, lo entrego a Flor, a que lo haga, y lo dé hecho a Maceo. Tal vez, -Benjamín o Ud. no recuerdan bien los cablegramas de Maceo y alguna conversación mía, -les sea confusa aquella parte de mi cablegrama de hoy en que digo: *assuageing cancerous rely if assignment muddle grand topple curb hussy forwardly+, esto es, *arranging cable answer if arms must go to custom house friend+. Este amigo, sépanlo por si reciben la respuesta por cable de Flor, es Julio Lassús, cubano empleado con puesto principal en la Aduana de Puerto Limón, a quien, sin compromiso, en tres cajas a lo más pueden ir 25 equipos iguales a los pedidos para por acá. Por el cablegrama imposible entenderá Flor que va el dinero, y se pondrá al trabajo. El comisionado es indispensable, para salvar el dinero, y lo que él significa. Eso está, pues. Y ahora )todo lo de allá? Supongo, ansioso, que las armas estarán en poder de Uds., y caso de que no, de lo primero que no tenga inmediato empleo paguen a Borden los $1,000 que pide, y en conciencia le debemos, o lo menos con que por ahora él se satisfaga. Le escribo unas líneas. Cubiertos por el instante los gastos presentes, sólo otro de momento se podría presentar, que teniendo las armas, y viendo modo de llevarlas en una goleta propia y pequeña a un cayo cercano, tomase allí de una picada los 20 ó 25 hombres útiles que pueden ir con Serafín. Tomás Collazo pudiera ir de capitán, si es ciudadano americano-Collazo entra a decirme que no lo es, -y pienso que acaso no necesite la ciudadanía para serlo: los detalles Uds. los verían. Una goleta de no más de $1,500 ó $2,000 puede sin peligro hacer este viaje, y con más seguridad de éxito que otra mayor. Charlie Hernández es indispensable en ese servicio. Esta es la única forma en que se podría prestar el servicio del Cayo; pero ni entrar en él debemos sin anuncio mío previo: baste a Serafín que pensemos ya en él, si en todo es preciso sigilo, en el Cayo, y con ellos, sólo deben saberlo, el mismo Serafín, cuando el bote de la goleta vaya a buscarlos, -o un mensajero a decirle que la goleta está al llegar adonde diga Charlie-y allí, como quienes van a pescar, la abordan, Pero lo que haya para eso, váyase juntando: estúdienlo, y ténganlo compuesto, pero aguarden aviso. En tanto ¿qué les tengo yo que decir? Todo sucede como lo teníamos previsto, y me conmueve, y llena de respeto, ese sacrificio y unanimidad. Todo ha de continuar con esa alma, enérgica y pura. Ya Cuba está encendida. De acá, se hace lo que se debe. El corazón de afuera, Uds. lo conocen, que lo han ayudado a hacer. Dejaremos organizado el servicio amplio-y continuo de socorros-de recursos de guerra, y no de hombres innecesarios; irá a ver a Uds. para esto un hombre del mayor valer: él sacará y hará llegar a Uds. a energía continua, a corazonada incesante con nuestros diversos centros, a demanda oportuna en cuanto nuestra llegada acabe de cerrar las bocas y corte las retiradas de una que otra bolsa egoísta, alleguen, para socorros inmediatos de guerra, y el único gasto imprevisto y pequeño de su distribución cuanto de todas partes, y por el día de trabajo mensual en que insistiré y quedará establecido de seguro se vaya recaudando. Nuestra independencia en solicitar, y el resultado visible de lo hecho sin pedir, hará mayores ahora, después del suceso, y lo que ha de seguir, las contribuciones de reserva. Ya les hablaré después sobre las menudencias: manifiesto a América, cartas a notables, organización menuda, y a muchas fuentes, del recurso continuo, poco de muchos, que es la base de la hacienda. Eso queda hecho. Lo de hoy, pues, es la moderación en la primera victoria, -el olvido sincero de toda provocación o diferencia, sin entregar por eso la casa, so capa de amistad repentina; a los que muy pronto, en cuanto no se les colmase el interés, procurarían echarla abajo, decir, día sobre día, que la guerra es para que españoles y cubanos puedan gozar de la tierra ordenada en paz, y que la revolución, generosa y serena, jamás tratará como enemigo, en el cubano de hoy, al autonomista de ayer, -abrir, sin apresuramiento pernicioso e innecesario, las fuentes de recursos que en seguida hallarán empleo, -y, muy principalmente, mantener reunidas a las emigraciones, a comunicación continua, valiéndose de cada ocasión, en la misma alma una, democrática sin lisonja, en que hemos juntado a ricos y a pobres, y que se ha de oponer, y se opondrá de sí misma, si no pierde la fe en nuestro cariño, a los que quieran negociarla o perturbarla. Ya Uds. lo habrán hecho allá, a la santa noticia: se habrán erguido en New York, habrán ido a Filadelfia, se habrán comunicado con la Florida, ¿a qué decirles?: habrán abierto los brazos, pero no habrán soltados las riendas.

De mi gratitud por Uds. -de mi emoción al verlos tan leales y precisos, en cosas que no admiten media alma ni demora, -de mi total confianza en que en Uds. queda, con la mayor suya, toda mi poca utilidad, y podré, gracias a Uds. llevar adentro mi alma de empuje y de cariño, mi fuerza de súplica y de junta, mi concepto y respeto de la realidad, de eso no les hablo. Es mucho, y hablaría mal. Fuera flaqueza verdadera si no hubiéramos podido distribuir así nuestra labor. Y en cuanto a forma lo esencial es eso: las emigraciones constituyeron con Cuba el partido revolucionario, iniciador de la revolución, que va a Cuba a entregarse al país, y continuará existiendo como partido, aunque sus organizaciones viables y autonómicas subsistan, hasta el día, y sólo hasta él, en que se constituya en Cuba la revolución, a fin de evitar la monstruosidad de antes: dos gobiernos para un solo país.

Bien, dar siempre sobre estos temas: 1ro., nueva alma, compacta y cordial, creada en las emigraciones, en lo social y en lo político, por el Partido Revolucionario, -alma franca, de cimento público, dócil a la virtud, indignada contra la perturbación, celosa del decoro personal, -único fin que justifica el sacrificio sangriento del patriotismo, -y enamorada del esfuerzo útil a que ve por término una patria de hermandad y justicia; 2do., una vez y otra, con uno u otro pretexto, sin que parezca, porque no es, lisonja o atracción excesiva, y por tanto síntoma de innecesaria debilidad, descabezar bravamente, reciamente, la conseja de que la revolución, encargada de poner en acuerdo viable los elementos opuestos del país, fallase al comenzar, por puerilidad indigna de hombres, rechazando como enemigos a los autonomistas-esta revolución, fundadora y augusta: a los vicios sociales sinuosos, de impotente y arruinada oligarquía, encubiertos en uno u otro carácter con el nombre de autonomismo, a eso sí se ha de rechazar, -pero no a los que, aunque hubiesen sido culpables de ellos, ya no lo fuesen: 3ro., alto y vibrante, que la revolución aspira a dejar en sus casas a los españoles respetuosos y productores: la caterva ladrona, se irá sola, y los españoles nos ayudarán a quitarnos la lepra, que se irá al mar, en cuanto no tenga que roer: pero en el país, como nuestros, como hombres respetados y útiles, los que nos respeten: esto es catecismo. Y, en el tema primero, ¡qué unanimidad de corazón, qué respeto al esfuerzo, qué gozo en el propio sacrificio, el de las emigraciones de hoy! ¡cuán imposible el renovar aquellos tiempos de odiosas discordias, en que las emigraciones se vinieron a convertir, no en un ala de la república, sino en predio o torneo de un gobierno rival del de la república! Hoy, aunque el puñal envenenado trajera mango de oro, nuestro pueblo experto rechazaría de un revés el puñal. Digamos a tiempo toda esa malignidad, son las frases que pongo entre comillas. Yo, en estos cuantos días, escribiré y les enviaré, para su instantánea y abundante distribución, los papeles necesarios de la Delegación para el país, para las emigraciones, para los pueblos de nuestra América, y en inglés para el Norte: y lo que el General, con su lengua de tajos, querrá sin duda decir al país. De él nada digo: él ha de leer esta carta. )Podíamos apetecer un alma pura y fuerte en una hora suprema, un alma recta y rápida? Cuanto deseamos, es. Padezcan y trabajen: su abnegación es ejemplo que avergüenza al nuestro. Ya a solas hablaré de él.

Las cuentas de acción, de la Tesorería, como aparecen de sus libros, y recuerde al enviarlas que, por falta de copia, encomendada a personas que no la pudieron terminar, puede haber dejado de recibir algún Consejo la cuenta pasada.

Adiós ya. Me falta mucho trabajo. Escriban a Serafín y Roloff. Envíen lo adjunto a Fernando generoso. A Teodoro, en mi nombre, a ver cómo, en seguida,, robustece la lotería. Yo aquí quedo, con el alma en fuego. Sálvensenos los detalles. No se me cansen un momento. Embellezcan y regularicen a Patria: mucha noticia ahora. Estrada escriba. Un fondo, con las ideas fijadas, vueltas y revueltas: todo lo de Cuba: y siempre, una amenidad revolucionaria-biografía o leyenda. Adiós. Lloraría si quisiera, al abrazarlos como los abrazo. Pero son lágrimas de las que miran al cielo, y caen sobre el corazón. Mucho cariño a las casas, a los hijos. ¡Arriba, sin cesar, con alma celadora y humilde! Y quieran un poco a su

J. Martí

No hay tiempo para más, ni para unas cuantas palabras públicas de aliento, y de súplica de ser generosos y dignos en nuestra amarga y grande alegría. Sépase que es el gran trabajo, y el honor a la palabra impotente. Hoy es el gran trabajo. Unanimidad, solemnidad; magnanimidad, precisión. Que en todo vaya esto.

Notas al pie:

(1) Costa Rica.

(2) Tomás Estrada Palma.

A TOMÁS ESTRADA PALMA

Enero 30 [1895]

Mi amigo nobilísimo:

Me voy sin su abrazo: Y no le debo escribir. Noticias terminantes de anoche compelen mi salida ahora mismo a Santo Domingo. Con virtud y la ayuda que de una semana a 12 días se me enviará-Gonzalo sale hoy a la Florida-todo es posible-y todo está en razón. ¿Volveré? Ni lo deseo ni lo espero. El honor de haber sido amado por Ud. me alentará y confortará en las horas cercanas del sacrificio.

Besa la mano a Veva y a sus hijitos, su

José Martí

 

Montecristi, 1 de abril [1895]

Sr. Tomás Estrada Palma

Acaso faltan pocas horas para emprender el camino, impedido y demorado hasta hoy; y las palabras son naturalmente escasas, e inútiles. No sé si en cuanto hago o pienso mereceré, como en cuanto hacía y pensaba por allá, el calor de su corazón, y el peso de su voto; pero, con la misma alma ¿cómo me equivocaré, ni fallaré? No habrá dolor, humillación, mortificación, contrariedad, crueldad, que yo no acepte en servicio de mi patria. Tal vez fuera nulo mi empeño de hacer entender plenamente a los hombres la absoluta consagración de un ser humano al bien ajeno, con desistimiento voluntario de todas las tentaciones o ambiciones que afean o desvían usualmente la mayor virtud: pero esa es mi consagración. Ella ha de inspirar en situaciones como la mía, cólera o desconfianza, y de antemano las he venido padeciendo, y en lo que me lastiman las sufriré, siempre que en mí no se lastime a mi patria. De ella, no cedo un ápice: de mí, cuanto sea preciso para las realidades y acuerdos que puedan salvarla. Me ayudará, y templará los excesos de mi vigilancia, mi ternura y gratiud por el mérito y sacrificio de los demás hombres. De las luchas de otros días me ha contado Ud. tantas cosas, y de mí sabe Ud. tanto y tan de cerca que es gusto grande mío el decirle que con las obligaciones me crece la capacidad de resignarme a todas ellas; y que a Cuba por el plazo breve o largo que sea mi deber estar allí, llevo un espíritu tan emancipado de la pasión, que sólo lo erguiré, aparte del modo suyo constante y necesario de andar erguido, cuando de su concesión o abatimiento viera yo sinceramente algún peligro para la patria.

Del pie que ponemos en ella le es prenda el manifiesto(1) que ya va en camino, y que el General suscribió con la Delegación, sin que ésta escondiese o recortase un solo pensamiento suyo, ni él hallará una sola idea aventurada o trabadora. Jamás escribí con tanto placer como esa vez. He escrito con placer muy pocas veces. Sólo gozo cuando sirvo, o allano.

Acabo, no de amarlo. Gracias por su alma, tan alta, y para mí tan tierna. Quiera a su amigo, y al amigo de su casa.

Su

Martí

Notas al pie:

(1) Manifiesto de Montecristi.

El General José Miró Argenter era catalán de nacimiento, pero se incorporó al ejército libertador y llegó a ser jefe de Estado Mayor de Antonio Maceo y panegirista suyo. Martí no alcanzó a conocerlo personalmente.

AL  GENERAL JOSÉ MIRÓ ARGENTER

Campamento Hato, 7 de mayo de 1895

Sr. General José Miró

Mi amigo y señor:

Al fin, en el placer superior del servicio abnegado de una causa pura, iba a conocer de cerca a Ud., y saludarle en persona, -ya que mis dos comisionados especiales, detenidos en Manzanillo uno y en la Habana otro, no pudieron traerle antes el saludo, -la pasión por la libertad que con razón le hace a Ud. mirar como propia la tierra que como a propio lo mira, y le ha movido a entrar, con sus cualidades superiores, a una vida que demanda el contínuo sacrificio de sí al bien común, y sólo nos da por premio verdadero la majestad de la estimación propia, y la fuerza y consuelo del cariño de los hombres capaces de entendernos y amarnos. -Y me empiezo a apartar de sus tierras con pena de que por ahora, en mi rápido viaje a los servicios que me sea dable prestar, no he de poder abrazarlo, ni gozar más de cerca del fruto de su pensamiento y el calor de su palabra.

A prudencia contínua, y sincera aceptación de la realidad útil, y sutil y provechoso conocimiento de nuestra larga historia y compleja constitución, hemos podido ir levantando esta obra unida, por la reflexión ordenada donde ha sido posible y la cooperación espontánea donde no pudo llegar el concierto, de todos los elementos hábiles, apetecibles o inevitables, de la revolución. Ya estamos en marcha, y en camino de victoria, -si no apeamos la mano a la pelea, sin más descanso que el de la independencia, y no perdemos de vista, en la delicada composición y trances de la guerra, toda esa realidad, de derechos previos o actuales, al respeto a lo cual debo, en mi humilde parte, cuanto he podido hacer, -con sofocación voluntaria de cien ímpetus y capacidades que pueden existir en mí, -para dar a mi patria, en pie sobre su suelo alzado, todos los elementos necesarios para su redención. -Si en algún hombre se puede fiar para que ayude a Cuba a componer, y hacer en todo viables, las fuerzas que necesita para el triunfo, y a acumular, en vez de restarle, sus elementos naturales e imprescindibles, él ha de ser de la especie poco común de hombre a que Ud. me parece pertenecer: -la de los que al empuje de la resolución en momentos críticos, unen la grandeza que jamás pone precio a sus servicios, -y el reconocimiento oportuno de la utilidad ajena. Servir es nuestra gloria, y no servirnos: y Ud. es de esa talla. Mucho puede Ud. hacer, con ayuda de la gente probada y vieja en la guerra y en esa comarca, por poner pronto en pie brillante de pelea continua a esa región, cargada de glorias, que a Ud. y a mí, que caemos mozos en esta contienda, nos costará trabajo imitar. Lo que haya que vencer y suavizar para esa labor, y aun aquello en que pudiera tener que vencerse, en justicia y oportunidad, Ud, mismo-eso es de su magnanimidad y prudencia, que de seguro adornan a Ud. En el mismo grado que el ímpetu, el talento y el valor.

En esa fe, y con tiempo más escaso del que desearía, saluda a Ud. con vivos deseos de verle de cerca alguna vez, y agradecimiento sincero por su ayuda en la causa de nuestro honor.

Su amigo affmo.

EL DELEGADO

JOSE MARTI