A JOSÉ JOAQUÍN PALMA
Palma amigo:
Te devuelvo tu libro de versos: ¡no te lo quisiera devolver! Gustan los pobres peregrinos de oír de cerca de sí, en la larguísima jornada, rumor del árbol lejano, canción del propio mal, ruido del patrio río. ¡Bien hayan siempre los versos, hijos del recuerdo, creadores de la esperanza! ¡Bien hayan siempre los poetas, que en medio a tanta humana realidad anuncian y prometen la venidera realidad divina! Lejos nos lleva el duelo de la patria: apenas si, de tanto sufrir, nos queda ya en el pecho fuego para calentar a nuestra mujer y nuestros hijos. Pero puesto que la poesía ungió tus labios con las mieles del verso, canta, amigo mío, el mar tormentoso, semejante al alma; el relámpago, semejante a la justicia de los hombres; el rayo que quebranta nuestras palmas; los bravos pechos que llenan con su sangre nuestros arroyos. Cuando te hieran, ¡canta! Cuando te desconozcan, ¡canta! Canta cuando te llamen errante y vagabundo, que este vagar no es pereza, sino desdén. Canta siempre, y cuando mueras, para seguir probablemente lejos de aquí cantando, deja tu lira a tu hijo, y di como Sócrates a sus discípulos en la tragedia de Giacometti: "¡Suona, el anima canta!"
Tú naciste para eso. El rocío brilla; el azahar perfuma; el espíritu asciende; canta el bardo. Trabaja enhorabuena; pero cuando dejes la pluma, toma la lira. ¿No ves qué concierto de simpatías levantan unos cuantos versos tuyos? ¿Qué cortejo de amigos te sigue? ¿Cuántos ojos de mujer te miran? ¡Miradas de mujer, premio gratísimo! Es que lleva el poeta en su alma excelsa la esencia del alma universal!
Tú eres poeta en Cuba, y lo hubieras sido en todas partes. Mudan con los tiempos las cosas pequeñas: las grandezas son unas y constantes. Tal fue el hombre viejo, tal el nuevo. Ni lágrimas más amargas que las que llora Homero, ni sacrificio más noble que el de Leandro. Safo dio el salto de Léucades: porque lo den desde el Sena, ¿es menos heroico el salto de las modernas numerosas Safos?
Tú, Palma, hubieras sido aeda en Grecia, scalder en Escocia, trovador en España, rimador de amores en Italia. ¡Rimador de amores! Tú eres de los que leen en las estrellas, de los que ven volar las mariposas, de los que espían amores en las flores, de los que bordan sueños en las nubes. Se viene acá a la tierra unas cuantas veces cada día, y el resto ¡oh amigo! se anda allá arriba en compañía de lo que vaga. ¡Rimador de amores! a ti, poeta tierno, no conviene el estruendo de la guerra, ni el fragor dantesco de los ayes, las balas y los miembros. Tú tienes más de azul de Rafael que del negro de Goya. Tu mundo son las olas del mar: azules, rumorosas, claras, y vastas. Tus mujeres son náyades suaves, tus hombres, remembranzas de otros tiempos.
Tú llevas levita, y no la entiendes. Tú necesitas la banda del cruzado. Vives de fe; mueres de amor.
Si estuviéramos en los dichosos tiempos mitológicos- ¡en aquellos en que se creía! -tú creerías de buena voluntad que dentro del pecho llevabas una alondra. Nosotros, los que te oímos, sabemos que la llevas en los labios.
Hay versos que se hacen en el cerebro: -éstos se quiebran sobre el alma: la hieren, pero no la penetran. Hay otros que se hacen en el corazón. De él salen y a él van. Sólo lo que del alma brota en guerra, en elocuencia, en poesía, llega al alma. Hay poetas discutidos. Tú eres un poeta indiscutible. Cabrá mayor corrección en una estrofa, no más gracia y blandura; parecerán una palabra o giro osados; pero como el espíritu anima las facciones, la poesía, espíritu tuyo, anima tus versos.
Tus versos parecen hechos a la sombra del cinamomo de la Biblia. El genio poético es como las golondrinas: posa donde hay calor. Cierras el Evangelio de San Mateo, y ora envuelto en el fantástico albornoz, ora ceñida la invencible cota, cantas trovas dulcísimas, como aquellas que debió oír en los jardines de la Alhambra Lindaraja. Tienes en tus versos el encaje de las espadas de taza de nuestros abuelos; los vivos y coloreados arabescos, menudas flores de piedras, sutil blonda de mármol de la Aljafería y de los alcázares. Eres perezoso como un árabe, bueno como un cristiano, galante como un batallador de la Edad Media.
Tú no conoces el río de hiel en que empapaba su estilo Juvenal; no te visita el Genio de la Tormenta; no turba tus sueños la sombría visión apocalíptica, coronada de relámpagos, segadora de malvados, sembradora de truenos. Los romanos te dieron su elegía; los mártires, su unción; los árabes su décima y su guzla.
Comprimida en la forma, habrá un momento en que la dureza del lenguage no exprese bien la delicadeza de tu espíritu. Aquí un consonante, allí un pie largo: la fragua no está templada siempre a igual calor. Pero estas cosas, que te las diga un crítico. Yo soy tu amigo. Cuando tengo que decir bien, hablo. Cuando mal, callo. Este es el modo mío de censurar.
Y luego, tú tienes un gran mérito. Nacido en Cuba, eres poeta cubano. Es nuestra tierra, tú lo sabes bien, un nido de águilas; y como no hay aire allí para las águilas; como cerca de los cadalsos no viven bien más que los cuervos, tendemos, apenas nacidos, el vuelo impaciente a los peñascos de Heidelberg, a los frisos del Partenón, a la casa de Plinio, a la altiva Sorbona, a la agrietada y muerta Salamanca. Hambrientos de cultura, la tomamos donde la hallamos más brillante. Como nos vedan lo nuestro, nos empapamos en lo ajeno. Así, cubanos, henos trocados, por nuestra forzada educación viciosa, en griegos, romanos, españoles, franceses, alemanes. Tú naciste en Bayamo, y eres poeta bayamés. No corre en tus versos el aire frío del Norte; no hay en ellos la amargura postiza del Lied, el mal culpable de Byron, el dolor perfumado de Musset. Lloren los trovadores de las monarquías sobre las estatuas de sus reyes, rotas a los pies de los caballos de las revoluciones; lloren los trovadores republicanos sobre la cuna apuntalada de sus repúblicas de gérmenes podridos; lloren los bardos de los pueblos viejos sobre los cetros despedazados, los monumentos derruidos, la perdida virtud, el desaliento aterrador: el delito de haber sabido ser esclavo, se paga siéndolo mucho tiempo todavía. Nosotros tenemos héroes que eternizar, heroínas que enaltecer, admirables pujanzas que encomiar: tenemos agraviada a la legión gloriosa de nuestros mártires que nos pide, quejosa de nosotros, sus trenos y sus himnos.
Dormir sobre Musset; apegarse a las alas de Víctor Hugo; herirse con el cilicio de Gustavo Bécquer; arrojarse a las cimas de Manfredo; abrazarse a las ninfas del Danubio; ser propio y querer ser ajeno; desdeñar el sol patrio, y calentarse al viejo sol de Europa; trocar las palmas por los fresnos, los lirios del Cautillo por la amapola pálida del Darro, vale tanto, (oh, amigo mío! tanto como apostatar. Apostasías en Literatura, que preparan muy flojamente los ánimos para las venideras y originales luchas de la patria. Así comprometeremos sus destinos, torciéndola a ser copia de historia y pueblos extraños.
Nobles son, pues, tus musas: patria, verdad, amores. ¿Quién no te ha dicho que tus versos susurran, ruedan, gimen, rumorean? No hay en tí fingidos vuelos, imágines altisonantes, que mientras más luchan por alzarse de la tierra, más arrastran por ella sus alas de plomo. No hay en ti las estériles prepotencias de lenguaje, exuberante vegetación vacía de fruto, matizada apenas por solitaria y, entre las hojas, apagada flor. En un jardín, tus versos serían violetas. En un bosque, madreselvas. No son renglones que se suceden: son ondas de flores.
Tú eres honrado, crees en la vida futura: tienes en tu casa un coro de ángeles; vuelas cada verano para llevarles su provisión de cada invierno. Tú naciste con la ira a la espalda, el amor en el corazón, y los versos en los labios. ¿A qué decirte más? Deja que otros te lo digan mejor.
En tanto, está contento, porque has sabido ser en estos días de conflictos internos, de vacilaciones apóstatas, de graves sacrificios, y tremendas penas, poeta del hogar, poeta de la amistad, poeta de la patria.
Tu amigo
José Martí
Guatemala, 1878
A MANUEL A MERCADO
Septiembre 14, [1888]
Mi hermano querido:
Recibo en este instante su carta del 8. ¿Cómo iba yo a atreverme a mandarle a "Ramona" sin esta autorización final de Ud., después de que la hubiese leído? El querer bien consiste en ahorrarle inquietudes a aquel a quien se quiere: y no había yo de echar ésta encima de Ud. mientras creyera que pudiera serle motivo de algún enojo. Yo no tengo que decirle con palabras cómo le pago su determinación de serme útil. De viejo está Ud. sentado en mi alma de donde nadie lo ha de levantar. Venda o no venda a "Ramona", me importa un comino. Lo que me importa es que Ud. me quiera bien, y se sienta bien querido. A Lola, dígale que no puedo pensar en ella sin pensar en su casa reposada; a discreta media luz, con el mantel resplandeciente, y el vaso de flores en la mesa. Es increíble lo que ayuda en las penas de la vida la memoria de un asilo amigo. Soy tenaz en hablar de esto, porque el beneficio es tenaz. Padezco, y suelo calmarme recordándolo. Andan manos en la sombra. -Y ¿qué piensa su hijo Manuel del indio Alejandro? Para que él lo lea voy a traducir del inglés, del inglés de Inglaterra, un hermosísimo libro: John Halifax, caballero. Enseña amablemente el arte de ser hombre. Aunque no sé yo qué tenga que ir a buscar en libros quien tiene el mejor ejemplo en casa.
Le prometí hablarle a la larga de los dos libros, y ahora me arrepiento, no porque no me dieran ocasión para decir mucho, y muy de mi gusto, sino porque su carta viene muy ministerial, como de quien no tiene mucho tiempo para escribir y leer.
El libro de Gustavo se lee sin levantar los ojos; pero México es todavía mucho más bello. Por todo el libro corre como una vena de tristeza, que ha de ser también característica del hombre, y ya me pareció notársela en medio de los esfuerzos y astucias de su juventud. La persona del autor, cuando se enseña demasiado, daña al libro; pero allí está la persona con medida, y como debe estar, puesto que es a la vez una obra de descripciones e impresiones. Sólo que yo no concibo libro sobre México que no deje delante de los ojos al cerrarse una montaña azul, y un ramo de flores. Si yo escribiese sobre México, no me parecería que escribía, sino que hacía un ramo. Yo he visto muchas tierras, y más de una americana, ¿pero dónde el color y la grandeza natural que en ella? El hombre rebelde, el indio pintoresco, la atmósfera serena, la naturaleza maravillosa. Yo podría hacer sobre México una epopeya nueva, aunque dicen que ya no se puede hacer, si me fuera dado por unos cuantos años emanciparme de la fatiga del mundo. Estrofas como peñascos luminosos. El hombre, a pesar de las perversiones y apetitos comunes a la especie, completa en México la naturaleza. Y eso es lo que tiene de mejor el libro de Gustavo: que el hombre mexicano aparece bien en él, no arcaico y canijo, sino impetuoso y libre.
Y puesto que ya entré en prosa, le diré que leí con atención el libro de Puga y Acal. Ayer leía yo que el fundador de la casa de Vanderbilt dividía a los hombres en dos especies: los que pueden hacerse ricos, y los que no pueden. En otras dos especies se les pudiera dividir, que es en afirmativos y negativos. Gutiérrez Nájera, celebrando en un artículo encantador los últimos versos de Peón Contreras queridísimo, es un afirmativo. Un negativo, es Puga y Acal. A mí, por supuesto, me gusta más alabar que censurar, no porque no censure también yo, que hallo en mi indignación contra lo injusto y feo mi mayor fuerza, sino porque creo que la censura más eficaz es la general, donde se señala el defecto en sí y no en la persona que lo comete, con lo cual queda el defecto tan corregido como del otro modo, sin dar lugar a que el censurado lo tome a mala parte, o encone el defecto, creyendo la crítica maligna y envidiosa. Pero yo sé que entre las variantes del espíritu está la belicosa; y que es grande la tentación de arremeter conta la opinión errónea y las famas que ponen en peligro la pureza y beldad del pensamiento, por las que el hombre literario llega a sentir verdadera pasión. La doctrina crítica de Puga es sana, y lo sería más aún si no la tuviera limitada por su escuela filosófica. Pero si hubiera de señalar en su libro la nota saliente, no sería ésta, ni el ajuste casi constante entre la idea y la expresión, sino cierto odio de caballero a la crítica brutal, de callos y caracoles, que en España priva ahora, y en otras tierras además de España, donde copian lo peor de Clarín, que dista de Larra, a quien lo asemejan, lo que dista en su pueblo un aguador de un duque, y en lo mejor no es lo que parece, porque la idea es delgada como un hilo; y para la forma mete los brazos hasta el hombro en Quevedo. Su novela "La Regenta" sí es buena, aunque empiece hurtando a Thackeray, y debían distribuirla gratis los gobiernos en los pueblos católicos. Que Puga no es así, aunque se ayude de Clarín una vez que otra, se le ve en su mismo pseudónimo de Brummel; y aunque se pudiera tachar de incompleta su crítica, se la habría siempre de alabar por elegante. ¿Por qué, -aparte de simpatías por la persona y del clamor de la pelea,-no aparece que haya escrito su crítica a nuestro Juan de Dios, con la misma mano enguantada con que escribió las que han dado asunto a Díaz Mirón y a Gutiérrez Nájera para sus dos admirables respuestas? Aquí entró sin duda lo personal, contra la voluntad acaso del crítico, que parece de veras dispuesto a verle al poeta los versos, y no las verrugas. Porque a un monte no se le ha de describir por los pedruscos, sino por la majestad con que se levanta a pesar de ellos, aunque sea obra piadosa y necesaria la de decirle al caminante donde están, para que no se dañe los pies en el camino. La crítica no es censura ni alabanza, sino las dos, a menos que sólo haya razón para la una o la otra. Y en Juan de Dios es obvio que lo loable es más que lo digno de censura: ¡mil veces más! ¿Pues que a todos es dado mover así los corazones, sin enseñar de su dolor más que lo necesario para dar carácter y sazón a su poesía? Demasiado personal no se debe ser; pero ¿sin ser personal, cómo ser poeta? Viene aquí a cuento decir que, con todas las investigaciones de La Motte, y con todos los parafraseos y críticas rehervidas de Don Juan Varela; no he leído opinión más justa y completa sobre el sentido del Fausto que la que da Gutiérrez Nájera en su carta. Claro es que Juan de Dios sacrifica al consonante algo más de lo que debiera; pero esto no es culpa de él tanto como del consonante. Sus defectos, los tienen todos; pero sus cualidades ¿cuántos la tienen? ¿Su poesía de jacinto, su sencillez amable? ¿Su ternura profunda y dolorosa?
Y por aquí le seguiría yo conversando, si no tuviera delante, como mirándome con ceño, su carta ministerial. Ya acabo. Desdichadamente, no es para ir con Ud. a la Alameda. Mamá, llena de nietos, y tan leal a la casa de Mercado como yo. ¿Le he dicho el gran dolor de que, con aquellos ojos tan hermosos, se nos está quedando ciega?
Lo último será hablarle de mí, para decirle que no creo que estoy ahora muy enfermo, o que no lo estoy cuando le escribo.
Un abrazo de su hermano
José Martí
¿Y el libro último del muy ingrato de Peón? ¿Y el de versos de Peza?
A ENRIQUE HERNANDEZ MIYARES
New York, 17 de marzo, 1889
Sr. D. Enrique Hernández Miyares
Director de La Habana Elegante
Mi estimado señor:
Ni tiene la semana para mí día más grato que el lunes, cuando encuentro en mi mesa, entre los periódicos de Cuba, La Habana Elegante, a la que celebraría aquí por el arte de su composición y algo de ala y acero que brilla a menudo en sus versos y en su prosa, si no tuviera que pedirle el favor de la hospitalidad, para aludir a lo que de unas líneas mías sobre nuestro Bachiller, censura en el sesudo artículo "En la Antropológica", Un Colaborador Asiduo.
Y aun me atrevo a creer, viviendo tan lejos de Cuba, como vivo, que no me negará usted su acogida por intruso, puesto que a ningún enamorado se le puede culpar porque pretenda excusarse de la tacha con que le presentan delante de su novia.
No por lo que se dice "En la Antropológica" que el señor Montoro me honró, señalando alguna opinión mía, en apoyo de la suya siempre valiosa, sobre los méritos de Bachiller como escritor, que no son de seguro cuantos hubieran podido ser, ni tan escasos que un crítico deba suprimir los que le adornaron, al censurar los que no tuvo.
Y veo que Un Colaborador Asiduo, a quien agradezco las palabras de estimación que sólo puedo deber a la benevolencia de la amistad, alude a lo que se sirve llamar "mi juicio", que rechaza en redondo, sin decir cuál sea, por la culpa, que habría sido censurable, de alabar fuera de medida, sin discreción ni verdad, al que valió tanto que no podrán lastimarle la fama ni biógrafos turiferarios ni póstumas rencillas.
Pero yo no dije de Bachiller lo que el "Colaborador Asiduo", sin ocasión tal vez para ver por sí mis líneas, supone; ni opiné sin estudio y fundamento, en un caso de esta dignidad, ni puse en Bachiller méritos que no pueda hallarle quien lo lea, ni celebré el lenguaje, sino donde a pesar de sus defectos merece celebración, ni extremé la alabanza por más que para dicha mía se me vaya la mano con más gusto al encomio que al vituperio.
He aquí lo que dije:
"En esas biografías (de cubanos ilustres) es donde, con la fuerza del asunto, se muestra más elegante y agraciado aquel estilo suyo, deslucido por su hábito de emitir sin condensar, que no le venía por cierto de falta de poder para mirar de arriba, en sus ramas y relaciones, las ideas madres, sino por aquel bello desinterés con que escribía, más cuidadoso de la noticia útil que a otro sirviera como a él, que de la fama que pudiera venirle por la galanura en expresarla.
"El no tiene el afán del color, ni le persigue la vocal vecina: ni brega con el pensamiento hasta que lo ha puesto en caja durable, su adjetivo no pinta, ni su verbo es preciso, ni muestra en parte alguna de su obra, a no ser en su discurso inaugural de la cátedra de Derecho y Religión, aquel afán más generoso acaso que el descuido de servir al lector la idea tersa y resplandeciente en plato de oro.
"Pero ese mismo estilo, que con puntuarlo mejor dejaría obras de permanente belleza en literatura, abunda, a poco que se le mire, en frases de sentido sumo, o súbita energía, o arranques de delicado sentimiento, o cierta leve vena de donaire que nunca lo abandona. En lo que no falla amenudo es en el arte de componer, de que sus biografías son muestra excelente, porque sabe fundar el carácter de modo que éste se enseñe por sí antes que lo retoque y complete el biógrafo, y no se pone en lugar del que escribe, ni confunde épocas, ni pierde ocasión de embellecer el relato, donde viene a cuento, con descripciones propias y amenas, que resultan tnn vivas, después de medio siglo, como acabadas de hacer. Pero es la moderación y cierta mezcla del ímpetu del país y de la lengua togada lo que da a su estilo el tono vivo que viene de expresar lo que se siente. "La Naturaleza nunca nos engaña. "Amo la discusión racional como aborrezco la disputa". "Religión, sí; pero no permita el cielo que la hipocresía ocupe el lugar del convencimiento". "Los ministros del Altísimo", "la fe de sus mayores", "los consuelos de la religión", "los honores de la toga". "Cumplid con los deberes sociales, y respetad los derechos ajenos". No le gustaba en las polémicas, ni aun en la defensa de sus mismas ideas, "tanta alusión y amargura, ni un fuego excesivo". Le indignaba "la miseria de las nulidades que no pueden soportar el mérito ajeno". De España le admiraba esta frase: "Dios no quiere otra cosa sino que se observe constantemente el orden" ".
No es mi intención mantener mi juicio, que perdurará si vale, y caerá si fue injusto, sino dejarlo escrito como es, para que él me condene o me defienda. ¿Por qué no se ha de decir lo bueno de un autor, sobre todo después de haber enumerado sus faltas y descuidos? ¿Ni qué defensa tiene si es escritor honrado, el que halla la razón, tal vez loable, de un defecto, y señala el defecto y no lo que lo excusa? ¿O se ha de estudiar el estilo aparte del carácter, y no como producto de él? ¿O manda el arte de escribir negar a un escritor unas condiciones porque le falten otras? ¿O es mucho adjetivo para Bachiller llamarlo como lo llamé yo, al recapitular sus méritos, "literato diligente"?
No en todas sus obras escribió Bachiller con el esmero de sus biografías y discursos; ni cultivó los dotes que como a pesar suyo resaltan en su estilo; ni puede presentársele como modelo de prosistas: pero sería injusto ocultar las sorpresas gratas del lector al recorrer aquellas páginas de los "Elogios", donde campean con su virtud ingenua nuestros próceres; y sus "Biografías", sentidas o indignadas. Siempre nos interesa, y a veces nos cautiva. Suele sorprendernos por su elegancia y precisión que las había luego de desdeñar por completo. Corre fácil el párrafo, con abundancia y número. Compara con oportunidad, alaba con fervor, increpa en períodos de aliento, donde se le ve el pensar noble, y aun en algunas repeticiones y cortes de esos que dan al lenguaje animación y música. Tiene un modo natural y como involuntario de revelar la época y el carácter en un rasgo bien observado y dispuesto. No es el arte de ahora casi perfecto, e insaciable, sino una fácil sencillez donde el abandono no oscurece la gracia, ni lo imitado y retórico desluce lo indígena e individual. En esas mismas imitaciones, más ambiciosas a veces que felices, se le ve un mérito, y es el de su carácter modesto y leal, criado en la admiración de aquellos maestros de nuestro país que hablaban a la vez la lengua de la Enciclopedia y la de los clásicos latinos. Bachiller no es el primero ni el último de nuestros escritores. Ni hemos de removerle ahora con polémicas estériles las cenizas.
El que padece escribiendo, por dar fuerza a lo que pinta y trasmitió al lector la emoción que lo posee, con la variedad de la música, el colorido del cuadro y la limpieza de la escultura; el que sujeta el arranque de la expresión, que busca por lógica el nivel de la impresión y es falsa cuando no se ajusta a ella o no la trasmite en el grado y vigor en que la siente; el que con la naturaleza por modelo, aspira a poner en el lenguaje que la describe el monte y el gusano; con preferencia por el monte; a asir y clavar en el papel la mariposa que vuela, el águila que pasa; a levantar con palabras, de modo que se les vea, la palma majestuosa, con sus coloquios y rumores, y el volcán chispeante, con sus tinieblas y su fuego; ése estima las dotes necesarias para el trabajo hermoso, dondequiera que las halle, aun cuando no sea con la abundancia que quisiera, como en el campo de batalla ve un soldado con ternura a otro que combate bien, sin volverle la espalda porque sale vencedor, ni maltratarlo porque cae vencido.
Ruego a usted, señor Director, que me perdone en gracia de lo raro del suceso, por el espacio que le robo; y dé en mi nombre gracias sinceras, por su alabanza y su censura, al elegante escritor que recata su mérito bajo la firma de *Un Colaborador Asiduo+.
Queda sirviéndole su aftmo. paisano
José Martí
A MANUEL DE LA CRUZ
New York, 3 de junio de 1890
Sr. Manuel de la Cruz
Amigo mío:
¿Cómo empezaré a decirle el cariño, la agitación, la reverencia, el júbilo, con que leí de una vez, por sobre todo lo que tenía entonces entre manos, sus "Episodios de la Revolución" de Cuba? No he tenido últimamente una hora de reposo, para decirle con qué orgullo he visto, como si fuera mía, esta obra de Ud., y en cuánto tengo su piedad patriótica y su arte literario; pero para releer los "Episodios" no me ha faltado tiempo, porque, sean cualesquiera mis quehaceres, no puedo tropezar con el libro sin tomarlo de la mesa con ternura, y leer de seguido páginas enteras. Por supuesto que he de escribir sobre él, por gusto mío, para que sepa el mundo de nuestros héroes, y de su historiador, más de lo que sabe. Es historia lo que Ud. ha escrito; y con pocos cortes, así para que perdurase y valiese, para que inspirase y fortaleciese, se debía escribir la historia. ¡Y la vergüenza, y la veneración, con que se va leyendo el libro! Ya nada nuevo podremos hacer los que vinimos después. Ellos se han llevado toda la gloria. En las notas que fui poniendo al margen, como guía para las líneas que he de escribir, hallo que he puesto en tres ocasiones poco más o menos esta misma frase: "Hay veces en que se desea besar el libro". Los caballos debió Ud. preparar; porque leer eso, para todo el que tenga sangre, es montar a caballo.
Yo no quiero más que acusarle recibo de este libro radiante y conmovedor. Harto sabe Ud. de qué hoguera le nació, y con qué cuidados lo fue rematando y bruñendo. ¿Qué le diría de nuevo, con decirle lo que todo el mundo ve: la viveza de la acción, la realidad de los escenarios, la armonía entre los sucesos y la lengua en que los pinta, la pasión por nuestros héroes, que se ve en el esmero con que los describe y la capacidad rara de meter los brazos hasta el hombro en el color, sin apelmazarlo ni revolverlo, sino que de las escenas más revueltas y confusas sale Ud. triunfante y desembarazado, con el campo detrás, como en el "Zig-Zag" y "En la Crimea", lleno de golpes verdes, con chispazos de oro?
De los héroes, no he de hablarle. Se lee el libro temblando. Los del Apure, arremetiendo desnudos, con la lanza en la boca, contra la cañonera del río, no hicieron más que los de Santa Teresa. Páez en las Queseras, por lo que toca al arrojo, no le saca ventaja a Fidel Céspedes en el Hatibonico. Llame vil al que no llore por su Sebastián Amábile. Para mi hijo ni quiero más gloria que la de Viamonde. ¿Quién puede pensar en su Agüero sin que se le salten las sienes? Se ve la caballería, la fuga, el amanecer épico, el descanso. La naturaleza va como coreando a los héroes. Ud. los fija en la mente, con su habilidad singular, por lo colorido e inolvidable del paisaje. Hay páginas que parecen planchas de aguafuerte, porque para Ud. es cera la palabra, y la pluma buril. Huele su prosa donde ha de haber olor; y donde debe, suena. ¿Que no sé yo el trabajo que le ha costado a Ud. la marcha de Gómez por la llanura de San Agustín? El que lo quiera leer de prisa no podrá, o lo tachará de obscuro, cuando en realidad no lo es, sino que el color es tan intenso y la factura tan cerrada, que ha de leerse sin perder palabra, por ser cada línea idea o matiz. Al principio parece que la mucha fuerza de color va a sofocar el incidente, o que el brío de la luz no va a dejar ver bien las figuras, o que del deseo de concretar y realzar puede venir alguna confusión; pero el que sabe de estas cosas ve pronto que no tiene que habérselas con un terminista, que se afana por dar con voces nuevas, sino con un artista en letras, que lucha hasta expresar la idea con su palabra propia. Desde que leí un cuento de Ud., sobre cierto capitán de partido, vi que entendía el carácter y adoraba el color, y que lo único que le sobraba era mérito. Otro le peleará un adjetivo o le disputará un verbo; yo, que sé lo que se suda en el taller, saludo con un fuerte apretón de manos al magnífico trabajador.
¿Me permite, en muestra de mi agradecimiento por haberse acordado de mí, y de mi alegría porque le ha salido a mi patria un buen libro, mandarle las primicias de mi traducción de Moore, en la parte que pueda conmover el corazón cubano, que es aquel de los cuatro poemas del "Lalla Rookh" donde pinta penas como las de Cuba, con el amor que él tenía a su Irlanda? El poema va traducido en verso blanco, por voluntad del editor y no por la mía; no porque no ame yo el verso blanco, como que escribo en él, para desahogar la imaginación, todo lo que no cabría con igual fuerza y música en la rima violenta; sino porque a Moore no se le puede separar de su rima, y no es leal traducirlo sino como él escribió, alardeando del consonante rico, y embelleciendo a su modo, con colgaduras y esmaltes, los pensamientos. Pero Ud. hallará que hay versos que están como deben, puesto que restallan como latigazos: y me les perdonará sus faltas, por el afecto con que se los envío, y porque los escribí pensando en Cuba.
¿Le diré que tiene en mí un amigo? Nada más tiene que decir, a quien también conoce el valor de las palabras, quien le admira tanto el arte de las suyas como su paisano y servidor
José Martí
120 Front Street
Jose Maria Vargas Vila fue un novelista colombiano, un poco mas joven que Marti. Vivio desterrado de su patria casi toda su vida. Durante años residio en Nueva York y fue muy amigo y admirador de Marti. En 1894 publico un articulo muy elogioso sobre nuestro Apostol y él se lo agradece en esta preciosa carta.
A JOSE MARIA VARGAS VILA
Señor José M. Vargas Vila
Mi amigo generosísimo:
Mida, por lo callado, lo profundo de mi agradecimiento. ¿Por qué aguardé hasta hoy para escribírselo? Porque siempre, desde niño, fuí encogido y brusco para decir las cosas de mi corazón. Porque de años atrás sólo estoy en pie por la esperanza de ser útil, y tengo como invencible horror-aunque nunca obré mal ni pensé mal-de cuanto me pone ante mí propio. Es tal vez como un eco de los primeros espantos que me causó el mundo. Me ha mimado, como me mima ahora usted; pero; ¿qué me importa, si con un dolor solo puede exceder todas sus caricias, y basta para afearlo irremediablemente el conocimiento de la injusticia y pena que hay en él? Me quedó como una hosquedad de mis primeros choques con el interés y soberbia de la existencia. La convicción de mi utilidad relativa me tiene vivo; pero me amarga y exaspera la imposibilidad de ser verdaderamente útil, contra tanto obstáculos como opone a la verdad la vida -Un pobre gamo acorralado; -eso soy yo: y huyo, de los que se acercan, como usted, a mi corral con la mano llena de azúcar.
Yo le amo a usted la palabra rebelde y americana, como hoja de acero con puño hecho a cincel, con que cruza las espaldas sumisas o los labios mentirosos: yo le amo la hermandad con que se liga usted, en este siglo de construcción y de pelea, con los que compadecen y sirven al hombre, contra los que lo encapotan y oprimen: yo le amo la perspicacia y ternura con que miró usted, en la fuente de toda mi energía que es la piedad infatigable de mi corazón.
Al pintar los méritos que usted cree ver en mí, sólo pintó los suyos: no traduce bien sino quien es capaz de crear lo que traduce: no se suponen en los demás sino las virtudes que se llevan en sí. Déjeme que lo abrace, con la alta tristeza de los que se despiden antes de entrar en el combate y el placer profundo de hallar un alma soberana, piadosa, sincera, erguida, amiga. Mi honor más grande es haberle parecido útil y bueno.
De su artículo sobre mí no le puedo decir, sin embargo, mucho: no lo he podido leer sino una vez, y como por sobre ascuas. La que sí he leído más es esa justicia de usted a nuestro maestro Rojas Garrido, que con una mano echaba atrás la traílla venenosa de los tiempos viejos, y los acogotaba y les burlaba los dientes, y con la otra, en la lava de nuestra época y país, moldeó la república. Lo que de usted habrá de quedar, entre las cosas mayores que han salido ya del horno de su mente, es su juicio indignado y definitivo, sobre ese hombre de pompa y reflejo en quien se ve la nulidad de la inteligencia, siquiera sea tan expresiva y coloreada como la suya, cuando sirve de peldaño y disfraz a un alma vana y arrogante. No es la inteligencia, recibida y casual, lo que da al hombre honor; sino el modo con que la usa y la salva. No hay más que un modo de perdurar: y es servir. Es rebelde el hombre por naturaleza y echará siempre abajo a cuantos crean que se le puedan poner por delante o por encima.
El gusto es ir en la columna de marcha, como usted y como yo, confundido con la pena, bregando y perdonando, llorando, rugiendo, levantando al caído, cayendo. Todo es gozo cuando se pelea por la luz del mundo.
Y ahora ¿me perdona mi silencio? Y me espera a almorzar con Zumeta y Alfonso. Voy detrás de la carta.
Su
José Martí
Marzo 14, 1894
A GONZALO DE QUESADA Y ARÓSTEGUI
Montecristi, 1 de abril de 1895
Gonzalo querido:
De mis libros no le he hablado. Consérvenlos; puesto que siempre necesitará la oficina, y más ahora: a fin de venderlos para Cuba en una ocasión propicia, salvo los de la Historia de América, o cosas de América-geografía, letras, etc. -que ud. dará a Carmita a guardar, por si salgo vivo, o me echan, y vuelvo con ellos a ganar el pan. Todo lo demás lo vende en una hora oportuna. Ud. sabrá cómo. Envíemele a Carmita los cuadros, y ella irá a recoger todos los papeles. Ud. aún no tiene casa fija, y ella los unirá a los que ya me guarda. Ni ordene los papeles, ni saque de ellos literatura; todo eso está muerto, y no hay aquí nada digno de publicación, en prosa ni en verso: son meras notas. De lo impreso, caso de necesidad, con la colección de La Opinión Nacional, la de La Nación, la del Partido Liberal, la de la América hasta que cayó en Pérez y aun luego la del Economista, podría irse escogiendo el material de los seis volúmenes principales. Y uno o dos de discursos y artículos cubanos. No desmigaje el pobre Lalla Rookh que se quedó en su mesa. Antonio Batres, de Guatemala, tiene un drama mío, o borrador dramático, que en unos cinco días me hizo escribir el gobierno sobre la independencia guatemalteca. La Edad de Oro, o algo de ella sufriría reimpresión. Tengo mucha obra perdida en periódicos sin cuento; en México del 75 al 77-en la Revista Venezolana, donde están los arts. sobre Cecilio Acosta y Miguel Peña: -en diarios de Honduras, Uruguay y Chile-en no sé cuantos prólogos: -a saber. Si no vuelvo, y usted insiste en poner juntos mis papeles, hágame los tomos como pensábamos:
I. Norteamericanos.
II. Norteamericanos.
III. Hispanoamericanos.
IV. Escenas Norteamericanas.
V. Libros sobre América.
VI. Letras, Educación y Pintura.
Y de versos podría hacer otro volúmen: Ismaelillo, Versos Sencillos, y lo más cuidado o significativo de unos Versos Libres, que tiene Carmita. No me los mezcle a otras formas borrosas, y menos características.
De los retratos de personajes que cuelgan en mi oficina escoja dos Ud., y otros dos Benjamín. Y a Estrada, Wendell Phillips.
Material hallará en las fuentes que le digo para otros volúmenes: el IV podría doblarlo, y el VI.
Versos míos, no publique ninguno antes del Ismaelillo; ninguno vale un ápice. Los de después, al fin, ya son unos y sinceros.
Mis Escenas, núcleos de dramas, que hubiera podido publicar o hacer representar así, y son un buen número, andan tan revueltas, y en tal taquigrafía, en reversos de cartas y papelucos, que sería imposible sacarlas a la luz.
Y si Ud. me hace, de puro hijo, toda esa labor, cuando ya ande muerto, y lo sobra de los costos, lo que será maravilla, ¿qué hará con el sobrante? La mitad será para mi hijo Pepe, la otra mitad para Carmita y María.
Ahora pienso que del Lalla Rookh se podría hacer tal vez otro volúmen. Por lo menos, la Introducción podría ir en el volúmen VI. Andará Ud. apurado para no hacer más que un volúmen del material del VI. El Dorador pudiera ser uno de sus artículos, y otro Vereshagín y una reseña de los pintores impresionistas, y el Cristo de Munckazy. Y el prólogo de Sellén, -y el de Bonalde, aunque es tan violento, -y aquella prosa aún no había cuajado, y estaba como vino al romper, -Ud. sólo elegirá por supuesto lo durable y esencial.
De lo que podría componerse una especie de Espíritu, como decían antes a esta clase de libros, sería de las salidas más pintorescas y jugosas que Ud. pudiera encontrar en mis artículos ocasionales. ¿Qué habré escrito sin sangrar, ni pintado sin haberlo visto antes con mis ojos? Aquí han guardado los En Casa en un cuaderno grueso: resultan vivos y útiles.
De nuestros hispanoamericanos recuerdo a San Martín, Bolívar, Páez, Peña, Heredia, Cecilio Acosta, Juan Carlos Gómez, Antonio Bachiller.
De norteamericanos: Emerson, Beecher, Cooper, W. Phillips, Grant, Sheridan, Whitman. Y como estudios menores, y más útiles tal vez, hallará, en mis correspondencias, a Arthur, Hendricks, Hancock, Conkling, Alcott, y muchos más.
De Garfield escribí la emoción del entierro, pero el hombre no se ve, ni lo conocía yo, así que la celebrada descripción no es más que un párrafo de gacetilla. Y mucho hallaraá de Longfellow y Lanier, de Edison y Blaine, de poetas y políticos y artistas y generales menores. Entre en la selva y no cargue con rama que no tenga fruto.
De Cuba ¿qué no habré escrito?: y ni una página me parece digna de ella: sólo lo que vamos a hacer me parece digno. Pero tampoco hallará palabra sin idea pura y la misma ansiedad y deseo de bien. En un grupo puede poner hombres: y en otro, aquellos discursos tanteadores y relativos de los primeros años de edificación, que sólo valen si se les pega sobre la realidad y se ve con qué sacrificio de la literatura se ajustaban a ella. Ya usted sabe que servir es mi mejor manera de hablar. Esto es lista y entretenimiento de la angustia que en estos momentos nos posee. ¿Fallaremos también en la esperanza de hoy, ya con todo al cinto? Y para padecer menos, pienso en usted y en lo que no pienso jamás, que es en mi papelería.
Y falló aquel día la esperanza-el 25 de marzo. Hoy 1 de Abril, parece que no fallará. Mi cariño a Gonzalo es grande, pero me sorprende que llegue, como siento ahora que llega, hasta a moverme a que le escriba, contra mi natural y mi costumbre, mis emociones personales. De ser mías sólo, las escribiría; por el gusto de pagarle la ternura que le debo: pero en ellas habrían de ir las ajenas, y de eso no soy dueño. Son de grandeza en algunos momentos, y en los más, de indecible y prevista amargura. En la cruz murió el hombre en un día: pero se ha de aprender a morir en la cruz todos los días. Martí no se cansa, ni habla. ¿Conque ya le queda una guía para un poco de mis papeles?
De la venta de mis libros, en cuanto sepa Ud. que Cuba no decide que vuelva, o cuando-aún indeciso esto-el entusiasmo pudiera producir con la venta un dinero necesario, Ud. la dispone, con Benjamín hermano, sin salvar más que los libros sobre nuestra América-de historia, letras o arte-que me serán base de pan inmediato, si he de volver, o si caemos vivos. Y todo el producto sea de Cuba, luego de pagada mi deuda a Carmita: $220.00. Esos libros han sido mi vicio y mi lujo, esos pobres libros casuales, y de trabajo. Jamás tuve los que deseé, ni me creí con derecho a comprar los que no necesitaba para la faena. Podría hacer un curioso catálogo, y venderlo, de anuncio y aumento de la venta. No quisiera levantar la mano del papel, como si tuviera la de Ud. en las mías; pero acabo, de miedo de caer en la tentación de poner en palabras cosas que no caben en ellas.
Su
J. Martí