AL GENERAL MÁXIMO GÓMEZ
New York, 20 de octubre de 1884
Señor General Máximo Gómez
New York
Distinguido General y amigo:
Salí en la mañana del sábado de la casa de Ud. con una impresión tan penosa, que he querido dejarla reposar dos días, para que la resolución que ella, unida a otras anteriores, me inspirase, no fuera resultado de una ofuscación pasajera, o excesivo celo en la defensa de cosas que no quisiera ver yo jamás atacadas, -sino obra de meditación madura: ¿qué pena me da tener que decir estas cosas a un hombre a quien creo sincero y bueno, y en quien existen cualidades notables para llegar a ser verdaderamente grande! -Pero hay algo que está por encima de toda la simpatía personal que Ud. pueda inspirarme y hasta de toda razón de oportunidad aparente; y es mi determinación de no contribuir en un ápice, por amor ciego a una idea en que me está yendo la vida, a traer a mi tierra a un régimen de despotismo personal, que sería más vergonzoso y funesto que el despotismo político que ahora soporta, y más grave y difícil de desarraigar, porque vendría excusado por algunas virtudes, establecido por la idea encarnada en él, y legitimado por el triunfo.
Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento; y cuando en los trabajos preparativos de una revolución más delicada y compleja que otra alguna, no se muestra el deseo sincero de conocer y conciliar todas las labores, voluntades y elementos que han de hacer posible la lucha armada, mera forma del espíritu de independencia, sino la intención, bruscamente expresada a cada paso, o mal disimulada, de hacer servir todos los recursos de fe y de guerra que levante el espíritu a los propósitos cautelosos y personales de los jefes justamente afamados que se presentan a capitanear la guerra, ¿qué garantías puede haber de que las libertades públicas, único objeto digno de lanzar un país a la lucha, sean mejor respetadas mañana? ¿Qué somos, General?, ¿los servidores heroicos y modestos de una idea que nos calienta el corazón, los amigos leales de un pueblo en desventura, o los caudillos valientes y afortunados que con el látigo en la mano y la espuela en el tacón se disponen a llevar la guerra a un pueblo, para enseñorearse después de él? ¿La fama que ganaron Uds. en una empresa, la fama de valor, lealtad y prudencia, van a perderla en otra? -Si la guerra es posible, y los nobles y legítimos prestigios que vienen de ella, es porque antes existe, trabajado con mucho dolor, el espíritu que la reclama y hace necesaria: y a ese espíritu hay que atender, y a ese espíritu hay que mostrar, en todo acto público y privado, el más profundo respeto-porque tal como es admirable el que da su vida por servir a una gran idea, es abominable el que se vale de una gran idea para servir a sus esperanzas personales de gloria o de poder, aunque por ellas exponga la vida, -El dar la vida sólo constituye un derecho cuando se la da desinteresadamente.
Ya lo veo a Ud. afligido, porque entiendo que Ud. procede de buena fe en todo lo que emprende, y cree de veras, que lo que hace, como que se siente inspirado de un motivo puro, es el único modo bueno de hacer que hay en sus empresas. Pero con la mayor sinceridad se pueden cometer los más grandes errores; y es preciso que, a despecho de toda consideración de orden secundario, la verdad adusta, que no debe conocer amigos, salga al paso de todo lo que considere un peligro, y ponga en su puesto las cosas graves, antes de que lleven ya un camino tan adelantado que no tengan remedio.
Domine Ud., General, esta pena, como dominé yo el sábado el asombro y disgusto con que oí un inoportuno arranque de Ud. y una curiosa conversación que provocó a propósito de él el General Maceo, en la que quiso, ¡locura mayor! -darme a entender que debíamos considerar la guerra de Cuba como una propiedad exclusiva de Ud., en la que nadie puede poner pensamiento ni obra sin cometer profanación, y la cual ha de dejarse, si se la quiere ayudar, servil y ciegamente en sus manos. ¡No: no, por Dios!: ¿pretender sofocar el pensamiento, aun antes de verse, como se verán Uds. mañana, al frente de un pueblo entusiasmado y agradecido, con todos los arreos de la victoria? La patria no es de nadie: y si es de alguien, será, y esto sólo en espíritu, de quien la sirva con mayor desprendimiento e inteligencia.
A una guerra, emprendida en obediencia a los mandatos del país, en consulta con los representantes de sus intereses, en unión con la mayor cantidad de elementos amigos que pueda lograrse; a una guerra así, que venía yo creyendo-porque así se la pinté en una carta mía de hace tres años que tuvo de Ud. hermosa respuesta, -que era la que Ud. ahora se ofrecía a dirigir; -a una guerra así el alma entera he dado, porque ella salvará a mi pueblo; -pero a lo que en aquella conversación se me dio a entender, a una aventura personal, emprendida hábilmente en una hora oportuna, en que los propósitos particulares de los caudillos pueden confundirse con las ideas gloriosas que los hacen posibles; a una campaña emprendida como una empresa privada, sin mostrar más respeto al espíritu patriótico que la permite, que aquel indispensable, aunque muy sumiso a veces, que la astucia aconseja, para atraerse las personas o los elementos que puedan ser de utilidad en un sentido u otro; a una carrera de armas por más que fuese brillante y grandiosa; y haya de ser coronada por el éxito, y sea personalmente honrado el que la capitanee; -a una campaña que no dé desde su primer acto vivo, desde sus primeros movimientos de preparación, muestras de que se la intenta como un servicio al país, y no como una invasión despótica; -a una tentativa armada que no vaya pública, declarada, sincera y únicamente movida, del propósito de poner a su remate en manos del país, agradecido de antemano a sus servidores, las libertades públicas; a una guerra de baja raíz y temibles fines, cualesquiera que sean su magnitud y condiciones de éxito-y no se me oculta que tendría hoy muchas-no prestaré yo jamás mi apoyo-valga mi apoyo lo que valga,-y yo sé que él, que viene de una decisión indomable de ser absolutamente honrado, vale por eso oro puro, -yo no se lo prestaré jamás.
¿Cómo, general, emprender misiones, atraerme afectos, aprovechar los que ya tengo, convencer a hombres eminentes, deshelar voluntades, con estos miedos y dudas en el alma? -Desisto, pues, de todos los trabajos activos que había comenzado a echar sobre mis hombros.
Y no me tenga a mal, General, que le haya escrito estas razones. Lo tengo por hombre noble, y merece Ud. que se le haga pensar. Muy grande puede llegar a ser Ud. -y puede no llegar a serlo. Respetar a un pueblo que nos ama y espera de nosotros, es la mayor grandeza. Servirse de sus dolores y entusiasmos en provecho propio, sería la mayor ignominia. Es verdad, General, que desde Honduras me habían dicho que alrededor de Ud. se movían acaso intrigas, que envenenaban, sin que Ud. lo sintiese, su corazón sencillo, que se aprovechaban de sus bondades, sus impresiones y sus hábitos para apartar a Ud. de cuantos hallase en su camino que le acompañasen en sus labores con cariño, y le ayudaran a librarse de los obstáculos que se fueran ofreciendo-a un engrandecimiento a que tiene Ud. derechos naturales. Pero yo confieso que no tengo ni voluntad ni paciencia para andar husmeando intrigas ni deshaciéndolas. Yo estoy por encima de todo eso. Yo no sirvo más que al deber, y con éste seré siempre bastante poderoso.
¿Se ha acercado a Ud. alguien, General, con un afecto más caluroso que aquel con que lo apreté en mis brazos desde el primer día en que le ví? ¿Ha sentido Ud. en muchos esta fatal abundancia de corazón que me dañaría tanto en mi vida, si necesitase yo de andar ocultando mis propósitos para favorecer ambicioncillas femeniles de hoy o esperanzas de mañana?
Pues después de todo lo que he escrito, y releo cuidadosamente, y confirmo, -a Ud., lleno de méritos, creo que lo quiero: -a la guerra que en estos instantes me parece que, por error de forma acaso, está Ud. representando, -no:-
Queda estimándole y sirviéndole,
José Martí
AL GENERAL ENRIQUE COLLAZO
New York, 12 de enero de 1892
Sr. Enrique Collazo
Señor:
Amargo es el deber de censurar públicamente a quien desalienta a su pueblo en la hora en que parece que van a serle muy necesarios los alientos; más amarga me es, por mirar yo a todo cubano como a hermano mío, la obligación de contestar la infortunada carta que con fecha 6 de enero se sirvió Ud. dirigirme, y me causó más pena que enojo, porque en ella revela Ud. la capacidad de ofender sin razón, y muestra su desconocimiento lamentable de la obra de generosidad y de prudencia con que la emigración, aleccionada por los sucesos anteriores y posteriores a la guerra, se dispone a no recaer en el divorcio y abandono que Ud. y el autor de A pie y descalzo censuran con justicia, mas no con la viveza y tesón con que los censuro yo desde hace 12 años, ni con el empeño que desde entonces pongo en evitar que la guerra nueva fracase y se desvíe por el culpable desacuerdo entre el país que ha de combatir y la emigración que ha de ayudarlo. ¿Y qué hace Ud., señor Collazo, desde hace doce años, para salvar a su patria de los peligros en que la dejó una guerra personal y descompuesta; para desentrañar y publicar sus errores, a fin de no caer de nuevo en ellos; para disponer con lo viejo y lo nuevo una guerra honrada y de bien público, que no nos traiga más males de los que se lleve; para juntar sin cobardía ni gazmoñería los elementos indispensables al triunfo duradero de una guerra que no es lícito desear, ni posible impedir? ¿O pudo descuidarse, cuando se preveía la ineficacia de los remedios de la paz arrodillada, el deber de preparar, con respeto al voto del país y al decoro de los cubanos, la guerra que habría de suceder a aquellas tentativas inútiles? ¿O se cumple este deber en la silla, singularmente segura, del empleado de gobierno; la silla que ha de quemar a quien peleó contra él,-o narrando en un libro sombrío, a las puertas mismas de la guerra inevitable, todo lo que la pueda hacer temible, con silencio astuto y riguroso sobre los recursos con que habría de contar, y las causas por que la guerra anterior vino a caer, y la grandeza que hace adorable y útil el sacrificio, y da majestad imperecedera a los sacrificados?
Este es el párrafo mismo que dio motivo a la carta de Ud.: *¿O nos ha de echar atrás el miedo a las tribulaciones de la guerra, azuzado por gente impura que está a paga del gobierno español; el miedo a andar descalzo, que es un modo de andar ya muy común en Cuba, porque entre los ladrones y los que los ayudan, ya no tienen en Cuba zapatos sino los cómplices y los ladrones? (Pues como yo sé que el mismo que escribe un libro para atizar el miedo a la guerra dijo en versos, muy buenos por cierto, que la jutía basta a todas las necesidades del campo en Cuba, y sé que Cuba está otra vez llena de jutías, me vuelvo a los que nos quieren asustar con el sacrificio mismo que apetecemos, y les digo ¡mienten!+)
Yo no hablo en este párrafo, Sr. Collazo, como pretende Ud. hacer creer, de *los que militaron en la Revolución y viven ahora en Cuba+. Vivan o no en Cuba, los que militaron en la revolución son para mí los hombres de quienes dije hace dos años: *Sí; se nos salta el corazón, de celos y de gratitud, cuando oímos la historia de aquellos hechos de indecible bravura que ha de poner en lo más alto del firmamento la admiración del hombre; de aquellos hechos que no se pueden oír sin que se llene como de luz toda nuestra carne mortal, o sin sentir como que la mar se hace puente, y nos vamos detrás del ejemplo ilustre, adonde la tierra nos llama+. Vivan o no en Cuba, los que militaron en la revolución son los hombres de quienes dije hace tres meses: *Y es lo primero este año, porque ha pasado por el aire una que otra ave de noche, proclamar que nunca fue tan vehemente ni tan tierno en nuestras almas el culto de la revolución. Aquellos padres de casa, servidos desde la cuna por esclavos, que decidieron servir a los esclavos con su sangre, y se trocaron en padres de pueblo; aquellos propietarios regalones, que en la casa tenían su recién nacido y su mujer, y en una hora de transfiguración sublime, se echaron selva adentro, con la estrella en la frente; aquellos letrados entumidos que al resplandor del primer rayo saltaron de la toga tentadora al caballo de pelear; aquellos jóvenes angélicos que del altar de sus bodas o del festín de la fortuna salieron, arrebatados de júbilo celeste, a sangrar y morir, sin agua y sin almohada, por nuestro decoro de hombres; aquellos son carne nuestra, y entrañas y orgullos nuestros, y raíces de nuestra libertad, y padres de nuestro corazón, y soles de nuestro cielo, y del cielo de la justicia, y sombras que nadie ha de tocar sino con reverencia y ternura. ¡Y todo el que sirvió es sagrado! El que puso el pie en la guerra; el que armó un cubano de su bolsa; el que quiso la Revolución de buena fe, y le sacrificó su porvenir y su fortuna, ya lleva un sello sobre el rostro, y un centelleo en los ojos que ni su misma ignominia le pudiera borrar luego+. El que peleó en la Revolución es santo para mí, Sr. Collazo. El que hace industria de haber peleado en la Revolución, o goza después de ella entre sus enemigos de un influjo superior al que tuvo entre sus compatriotas, o usa de su influencia para aflojar la virtud renaciente de un país que necesita de toda su virtud, ése bajará ante mí los ojos, Sr. Collazo, aunque haya militado en la Revolución; y los bajará ante todo hombre honrado.
No sé yo con qué especial derecho se dirige Ud. a mí, y con Ud. sus compañeros; cuanto yo dije de *paga del Gobierno español+, se refiere a la *gente impura que azuza el miedo a las tribulaciones de la guerra+; a no ser que Ud. y sus compañeros deseen contarse entre los que azuzan el miedo, que es de quien dije lo de la paga. Y ni de Ud. ni de ellos lo creo, Sr. Collazo. Ud. ha firmado la carta del día 6, por ignorancia increíble de la labor revolucionaria de estos doce años, y por el mal consejo de iras viejas contra la emigración, y en otro tiempo justas. Un solo punto habría habido a lo sumo que levantar en el párrafo mío que Ud. cita, pasando por alto la consideración piadosa con que puse en una parte general lo de la paga, para que tocara el blanco sin herir, y en otra lo especial y directo sobre el libro. ¿Está o no al servicio del Gobierno español el revolucionario que publica un libro precipitado en que se acumulan los horrores de la guerra, y se narran sus obstáculos sin narrar sus recursos, y se enumeran los elementos hostiles sin enumerar los amigos, en los instantes en que parece volver a pensar en la guerra el país? Si está al servicio del Gobierno español, no tiene derecho a que se considere desinteresado un libro que favorece indirectamente al Gobierno a quien sirve. Esto he dicho, y no más. Levántese el punto.
¡Qué dolor éste de añadir pena, por culpa de Ud., a la que tendrá de seguro, y más si erró sin voluntad, el autor de un libro considerado por cuantos cubanos conozco, sin una sola excepción, -por cuantos hombres de la guerra conozco, y tengo entre ellos amigos muy amados, -como una falta grave contra la verdad y la patria, como una obra culpable de la astucia o del despecho! Mucho pudiera decir, y no lo digo: a mí me duele mucho, Sr. Collazo, todo error cubano; con mi sangre lo quisiera borrar, en vez de publicarlo con mi pluma. Pero diré, por culpa de Ud., que si es noble decir la verdad, lo noble es decirla toda. Ocultar la verdad es delito; ocultar parte de ella, la que impele y anima, es delito: ocultar lo que no conviene al adversario, y decir lo que le conviene, es delito. Cuando es constante el riesgo de que, por falta de solución tan inmediata como los males que piden remedio, acude el país a la guerra de la desesperación, -peca grandemente contra su deber quien contribuye a propagar la creencia en la inutilidad del sacrificio indispensable.
Y no es que nos infunda por acá temor, como Ud. dice, la pintura del sacrificio que nos enamora, ni que hablemos acá para quitarnos el miedo de unas cuantas hojas de papel. Aquí hablamos para que se oiga allá lo que allá no se puede decir; para levantar la piel podrida; para sacar la sangre al rostro de los cansados y los olvidadizos; para provocar cartas como la de Ud., en que el ataque injusto a un hombre que no ha manchado su mano con el salario que le pagan sus enemigos, sea al menos ocasión de enseñar cuánta virtud patriótica subsiste en los que vivieron demasiado en ella para que pudieran olvidarla. Hablamos para que se sepa que los cubanos que vivimos en el extranjero no vivimos enconados contra el cubano de la Isla, ni echándole en cara una situación de la que no se puede desembarazar; sino ardiendo en amor por él, y en deseo de juntar con él los brazos. Echemos atrás, Sr. Collazo, las guerras de personas, o de corrillo imperial y desdeñoso, o de casta cegata y empedernida; y echemos, Sr. Collazo, adelante las guerras públicas y generosas. (Pues si para algo vivo es para impedir, caso de que tal peligro hubiese, que cayera sobre Cuba una guerra que no fuere, desde su raíz hasta su fin, y en métodos como en propósitos, para el bien igual y durable de todos los cubanos! )Y no ha oído estos días a miles de hijos de Cuba proclamar, sin una sola voz de disentimiento, ni de rico ni de pobre, ni de negro ni de blanco, ni de patriota de ayer ni de patriota de hoy, ni de hombre de guerra ni de hombre de paz, que *El Partido Revolucionario Cubano no tiene por objeto llevar a Cuba una agrupación victoriosa que considere la Isla como su presa y dominio, sino preparar, con cuantos medios eficaces le permita la libertad del extranjero, la guerra que se ha de hacer para el decoro y bien de todos los cubanos, y entregar al país la patria libre?+.
No hablamos aquí, Sr. Collazo, para caer en aquel triste estado de antes, cuando los héroes, abandonados por la guía incapaz de las emigraciones, tuvieron tiempo para gangrenarse de manera que a alguno le ha llegado acaso la gangrena al corazón; sino para impedir, como decía ayer un cubano en Cayo Hueso, que *vuelvan a ir por vías opuestas, según fueron, la revolución magnífica y conmovedora, la revolución radical y reconstructora de dentro de la Isla, y aquella de miedos y melindres, de formas y reservas, de corbatín y puño de oro, de lo que en algunos instantes parecieron más deseosos de entregar la patria al extranjero que de auxiliar su independencia+. No hablamos aquí para rechazar fuerza alguna, de ayer o de hoy, que coadyuve al bien de la patria; ni para repeler, so pretexto de haberla servido, a los que quieran servirla. Pues, ¿qué suerte guardan, Ud. y sus tres compañeros, a los cubanos que por causas notorias no pudieron tomar parte de soldado en la guerra anterior; porque no vivían en Cuba al pie de su caballo; porque los sacaba la policía del barrio glorioso; porque salieron del banco de la escuela al banco de la prisión; porque la cárcel o la enfermedad o la pobreza los tuvo lejos de los embarcaderos de la guerra en los primeros años de las expediciones; porque luego no hubieran tenido más modo de ir al campo que echarse a nado al mar? ¿De modo que, para Ud. y sus tres compañeros, los que no pudimos servir a la patria con las armas llevaremos perennemente el marchamo de cobardes, y estamos incapacitados de servirla, o la hemos de servir como réprobos mal admitidos en la iglesia, aun cuando hayamos alzado del polvo la bandera de la Revolución en los instantes en que los que acababan de abandonarla se sentaban a la mesa del Gobierno español? ¡Pues vale más haber recogido del polvo la bandera, que servir al interés del enemigo, hiriendo por el costado a quien la lleva, en el instante en que se le ponen alrededor las fuerzas necesarias para la batalla!
Y ahora, Sr. Collazo, ¿qué le diré de mi persona? Si mi vida me defiende, nada puedo alegar que me ampare más que ella. Y si mi vida me acusa, nada podré decir que la abone. Defiéndame mi vida. Sé que ha sido útil y meritoria, y lo puedo afirmar sin arrogancia, porque es deber de todo hombre trabajar porque su vida lo sea: responder a Ud. sería enumerar los que considero yo mis méritos. Jamás, Sr. Collazo, fuí el hombre que Ud. pinta. Jamás preferí mi bienestar a mi obligación. Jamás dejé de cumplir en la primera guerra, niño y pobre y enfermo, todo el deber patriótico que a mi mano estuvo, y fue a veces deber muy activo. Queme Ud. la lengua, Sr. Collazo, a quien le haya dicho que serví yo *a la madre patria+. Queme Ud. la lengua a quien le haya dicho que serví en algún modo, o pedí puesto alguno, al Partido Liberal, o que, en eso de la Diputación hice más que oír al capitulado que me vino a tentar inútilmente, no sé en servicio de quién, la vanidad oratoria, y escribir, en respuesta a un ilustre santiaguero, la carta, tomada por la policía al portador, en la que dije que, caso de venirme diputación semejante, se entendiera que la aceptaba para defender en el Parlamento español lo único que a mi juicio puede defender allí, para bien de la Isla y de España, un cubano sensato: la independencia de Cuba. ¡Y con el pie en el barco de la guerra estaré, y si me encargasen que tentara la independencia por la paz, haría esperar el barco y la tentaría! Y en cuanto a lo de arrancar a los emigrados sus ahorros, ¿no han contestado a Ud. en juntas populares de indignación, los emigrados de Tampa y de Cayo Hueso? ¿No le han dicho que en Cayo Hueso me regalaron las trabajadoras cubanas una cruz? Creo, Sr. Collazo, que he dado a mi tierra, desde que conocí la dulzura de su amor, cuanto hombre puede dar. Creo que he puesto a sus pies muchas veces fortuna y honores. Creo que no me falta el valor necesario para morir en su defensa.
Y aquí cumple, Sr. Collazo, que aluda a lo que se sirve Ud. decirme sobre "darnos las manos en la manigua". Puede ser que el espíritu patriótico que resplandece en su carta, y la consagración de que a mis ojos gozan cuantos pelearon por la libertad, me permitieran olvidar, al darle la mía, que la mano de Ud. es la de un hombre que ha calumniado a otro. Vivo tristemente de un trabajo oscuro, porque renuncié hace poco, en obsequio de mi patria, a mi mayor bienestar. Y es frío este rincón y poco propicio para visitas. Pero no habrá que esperar a la manigua, Sr. Collazo, para darnos las manos; sino que tendré vivo placer en recibir de Ud. una visita inmediata, en el plazo y país que le parezcan convenientes.
Queda sirviéndole su compatriota,
José Martí.
A FRANCISCO MARÍA GONZÁLEZ
New York, 23 de marzo de 1892
Sr. Francisco María González,
Secretario de la Comisión Recomendadora de las Bases y Estatutos del Partido Revolucionario Cubano
Distinguido compatriota:
Sobre Ud. como Secretario, y sobre mí como Presidente, recayó el honor y la obligación de mediar entre los clubs cubanos organizados y que se organizaran en la emigración, y la Comisión Recomendadora de las Bases y Estatutos del Partido Revolucionario Cubano que fueron unánimemente aprobadas en las dos solemnes sesiones de Cayo Hueso por la junta representativa de que formaban parte, entre probados patriotas de ese venerado asilo, los presidentes de los clubs que hasta aquella fecha existían. Y sobre mí recayó además la misión de proponer las Bases y Estatutos a los clubs organizados o que se organizaran en el Continente. Transcurrido ya con largueza el tiempo que la cordura y el respeto aconsejaban dar al libre estudio de las Bases y Estatutos que habían de ratificar los clubs cuyos presidentes los habían aprobado ya, -tiempo que se debió dejar transcurrir para que no pareciese esta obra trascendental y por tantos años anhelada, un mero alarde de patriotismo pasajero, o abuso de un noble entusiasmo, vengo a cumplir, y a invitar a Ud. a que cumpla, el deber de reunir, en descargo de nuestra misión, a los presidentes de los clubs de esa localidad, a fin de darles conocimiento de las gestiones de la Comisión ante los demás Clubs, y convidarlos solemnemente a declarar formado en definitiva el Partido Revolucionario Cubano, y proceder a los detalles de elección y proclamación que lo pondrán en obra.
Es lo primero, Sr. Secretario, mostrar justo regocijo por el patriotismo, impaciente a la vez que juicioso, con que los clubs de Tampa y New York acogieron por unanimidad, en el día mismo de su presentación, las Bases y Estatutos. Una sesión bastó en Tampa para su acogida en la *Liga Patriótica+, y en el Club *Ignacio Agramonte+. Una sesión también bastó en los clubs *Independientes+, *José Martí+, *Pinos Nuevos+, *Borinquen+ e *Independientes de Cubanacán+. Cada uno de ellos, salvo estos dos últimos, remitió a Ud. a su hora por el cable el anuncio de su ingreso en el partido; y la virtud de los cubanos del Cayo se habrá visto recompensada y entendida en la confianza y hermandad con que Tampa y New York, sin una sola voz de disentimiento, respondieron a su convite. Y como para que no pudiera abrigarse duda del alma unánime de los cubanos revolucionarios de New York, y de los puertorriqueños que con igual unanimidad generosamente se les juntan, acordaron los presidentes de los clubs convocar a una ratificación pública de las Bases y Estatutos, en cuya ocasión memorable resplandecieron el efecto por las emigraciones hermanas, -la convicción de que el demorar su unión sería hoy verdadera complicidad con el enemigo, -y el ansia apenas contenida de poner inmediatamente nuestras fuerzas en empleo. Y es justo decir que en aquella fiesta, como en las sesiones de aceptación en Tampa, emuló la emigración la grandeza patriótica de los días ejemplares y recientes en que los cubanos del Cayo aprobaron de antemano, con una fuerza de fe que fuera delito desviar o entibiar, y con tácito y firme decreto que no se puede desatender, el propósito de unir las fuerzas revolucionarias de Cuba en los momentos en que el país se madura para la revolución, y está en peligro de que se pongan a su cabeza, por la ventaja del lugar, los elementos coloniales que no alientan con el espíritu verdadero.
Y es de deber y conveniencia pública tomar nota del hecho, fausto para el porvenir, de verse unidos hoy en el trabajo patriótico aquellos factores que por una razón u otra se habían mirado antes con sequedad o con desvío. Un fuego igual anima al hombre de armas y al patriota del destierro, al artesano y al de otras labores, al cubano de un color y al de otro; y es de advertir, para que jamás renazcan los recelos que la mala guía de la época anterior pudo sembrar entre los emigrados revolucionarios, -que mucha parte de los afiliados a los clubs procede de nuestro Cayo noble, -y que saludan todos con alborozo la era nueva de la obra común, así como repelerían con indignación la tentativa de hacerles llevar, o solicitar directa o indirectamente, voz de preferencia en los asuntos en que el triunfo es posible sólo con un plan de equidad donde ningún grupo de emigrados funja como señor de los demás. Goza profundamente con este respeto mi corazón republicano.
Aprobadas desde su presentación las Bases y Estatutos del Partido Revolucionario Cubano por los clubs de Tampa y New York, pude desde aquel instante, cediendo al afán público, solicitar de Ud., como lo hago hoy, que, en descargo de nuestros deberes, invitara a los clubs de Cayo Hueso, por medio de sus presidentes, a hacer pública la ratificación, y constituir definitivamente el partido; y la tentación en mí fue mucha, por el anhelo que me consume de poner mano, en la medida de mi capacidad, a la ordenación de las energías, aisladas hoy, que necesitamos para la victoria, y por el grave temor de que caigan sobre la guerra los mismos intereses y los mismos miedos que torcieron y defraudaron la guerra pasada. Del pueblo es la guerra, y hay que ordenarla de modo que no defraude al pueblo. -Pero la ansiedad del patriotismo hubiera podido parecer como el deseo de violentar la franca opinión de los cubanos del Cayo, que a estas horas sin duda habrán ya hecho lo que, en respuesta a su invitación, tienen hecho de tiempo atrás sus hermanos. A tiempo pedí a Ud. que moviera a los señores presidentes a hacer examinar, y ratificar si lo creyesen bien, las Bases y Estatutos aprobados; y antes dudaré de mí que de un patriotismo de cuyo vigor y pureza fui, en días inolvidables, tan agradecido como indigno objeto. Mas toda premura en el cumplimiento de mi deber como presidente de la Comisión Recomendadora, por mucho que la recomendara y excusase la activa santidad del patriotismo, habría podido parecer como el intento de aprovechar con algún otro fin la nobleza pública de mis compatriotas: y yo por sobre todas las cosas aborrezco la tentativa de pesar indebidamente sobre el ánimo de los hombres libres. Estimo, por mi parte, que no habrá habido demora innecesaria, y que no serán los cubanos del Cayo, proclamadores entusiastas de la unión cubana en una visita reciente, los que demoren o entorpezcan la unión de los cubanos.
Es, en verdad, caso de angustia para todo corazón patriótico, -y de remordimiento, después de saber cuánto podemos, -la menor dilación en congregarnos con autoridad y fuerza y respeto bastantes para juntar los elementos revolucionarios del país, y juntarnos con ellos, no en nombre de un entusiasmo desvanecido e impotente, sino en el nombre poderoso de todos. El deber principal de la emigración es ordenar los elementos de la guerra que no se puede ordenar en el país, y el patriotismo de las emigraciones habría sido pueril e inútil si no cumpliese con este deber. (Ya hoy mismo pueden los cubanos enemigos de la revolución, los cubanos autonomistas, decir, como han dicho en su última asamblea, que ellos son la única fuerza organizada que vela por el país, -y hay que pasar por la vergüenza de no contestarles, porque nosotros no nos hemos organizado aún, y es la verdad que ellos son la única fuerza organizada! Para combatir a nuestros adversarios, tenemos que mostrarnos superiores a ellos. Y la ansiedad de nuestro patriotismo debe ser mayor ahora que, abocándose cada día más a la guerra del país, pudiese ir cayendo naturalmente la dirección de la guerra, por nuestra desidia, en manos de los que no llevasen a ella la experiencia de la política de la guerra, y la vasta humanidad, y el ánimo republicano, que llevamos nosotros. Si la guerra cae en esas manos, -si el último esfuerzo del país es abatido por haberlo dejado ir a esas manos, no sabríamos donde esconder nuestras cabezas culpables. Sería nuestra la gran culpa.
Pero yo sé sobradamente que hemos visto el mal, y le ponemos a tiempo el remedio. Y como urge recoger discreta e inmediatamente las fuerzas revolucionarias del país, -como urge convidar a la obra a todos los que tienen historia y prestigio y capacidad para ella, -como urge allegar toda especie de medios y simpatías y fondos, -como urge impedir que la guerra caiga bajo la guía de los que perviertan su espíritu o después de ella hagan otras guerras necesarias, -debemos acudir, y acudimos, Ud. como Secretario y yo como Presidente de la Comisión Recomendadora, a rogar a los presidentes de los clubs que hubiesen ya aceptado las Bases y Estatrutos, caso de que la mayoría de ellos unida al voto unánime de Tampa y Cayo Hueso compusiese mayoría patente e indisputable, -que, en acuerdo con la disposición de los clubs de Tampa y New York, le doy fe, fijen para un día dado, que pudiera ser el 8 de abril, la fecha de elección de Delegado y Tesorero, y constitución consiguiente y efectiva del Cuerpo de Consejo, que completan el Partido, -y otra fecha para su proclamación unánime en el extranjero, que pudiera ser, señor Secretario, nuestro glorioso Doce de Abril.
Y el señor Secretario se servirá comunicarme el resultado, para dar noticia oportuna a estas emigraciones ansiosas.
Saluda a Ud., con afectuosa consideración,
Su compatriota,
José Martí
A JULIO SANGUILY
[Diciembre, 1894]
Mi amigo Gener:
De veras que no quisiera responderle su carta injusta a Aguas Verdes y a mí, ya porque yo sé que Ud. escribe esas cosas, en el calor del momento, cuando, contra toda verdad, se cree desatendido sin razón, -ya porque lo sustancial de ella, sobre remesa de fondos, queda contestado precisamente en mis cartas anteriores. Pudiera haberme apenado su carta de Ud. pero nada diré a Ud. que lo apene. Déjeme sólo repetirle que el concepto formado por Ud. de las fuentes de recursos de la sociedad, y de la dificultad, hasta hoy vencida, de atender a necesidades grandes y varias con fuentes cegadas o mermadas, -es un concepto muy diverso del que la realidad debía inspirarle, a poco que piense Ud. en ella, -y de lo que creía tener merecido de Ud.-del verdadero carácter de Ud. -el hombre que tiene hasta ahora inquebrantable fe en la sanidad de su corazón y en la limpieza de su juicio.
Sólo me toca responder en breve, por espacio y prudencia, a los cuatro puntos principales de su carta.
1.-Sus alusiones a las noticias que dimos a Uds. en la carta del 8 sobre falta de declaración o ausencia de Gómez. La nueva lectura de las noticias probará a Ud. que ellas son la declaración a que Ud. alude, -y que, con poder, escrito, y total, trae en persona, y cumplimiento de los arreglos previos, el enviado de Gómez. No soy yo quien hablo: es Gómez. Yo, junto con el representante de Uds. autorizo, la parte de mi responsabilidad, bajo la inspección del enviado de Gómez, y el de Uds., y ellos declaran los acuerdos de forma y combinación tomada en virtud de las instrucciones definitivas de Gómez. Por eso, naturalmente, no debió seguir Aguas Verdes, su camino: porque el enviado trajo lo que él iba a buscar, -lo trajo, plena y solemnemente respondido. Es, pues, ese documento, -en que se garantiza no enviar el aviso hasta el encaminamiento ya indudable del resto de la labor, -la misma declaración personal y terminante de Gómez que Ud. indica.
2.-Los fondos; sin duda necesarios, y no sólo útiles, que Ud. y sus compañeros piden. En cuanto a mi sorpresa justa la comprenderá Ud. cuando, después de haber asistido con $7,000 en masa, y mucho más en detalle, al negocio local ahí, y de haber declarado, con aceptación de los socios, de que era ese, dadas las numerosas obligaciones, el último esfuerzo que de acá se podía hacer, recibo la muy injusta inculpación de mezquindad, por enviar aun para una comisión lo necesario para ella, y prometer $1,000 más sobre lo ya cumplido. Pero no se trata de mí, sino de Ud. Las cosas no se hacen con lo que se desea, sino con lo que se puede. ¿Cree Ud. que yo, que lo conozco, tomo al pie de la letra su carta, -que Gener dará derecho mañana a que se diga que el negocio salvador para su familia, que toda su familia deseaba, -no se hizo porque no se pudo enviarle para su finca este dinero o el otro? Si se pudiera enviar, sería inicuo negarlo: -cuando no se puede, ni se contó jamás con la necesidad de él, ni ésta se avisó, ni entró ésta en los cálculos anteriores y ya inmutables, no es justo pedirlo con enojo, como si se le negase por placer, o necesitara esa espuela una conciencia firme. No pierdo aún la esperanza de acudir con algún esfuerzo de importancia a esos servicios positivos, y ese es mi anhelo: ¿cómo lo duda? Pero Ud. será quien se responda, aun en el caso de que no pudiera ser; ¿puedo poner en peligro seguro la obra total, que sólo cuenta con lo suficiente para ella, por atender a una de sus partes, -por atenderla más, porque ya ha sido atendida? ¿Desea Ud. mismo que por reforzar una parte, lo haga imposible todo?
3.-Lo de la casa. Nunca pensé poder llegar tan lejos, a pesar de la santidad de estos deberes personales, como Ud. desea, en un caso que me llega muy al corazón, como tantos otros que quedarán totalmente abandonados. Pero prometí y cumplo, aunque en esa amplia vida parezca-como a mí mismo en otras condicioens me parecería-ridículo lo que le digo, y pobre para su objeto. Ud. hallará para ese fin quinientos pesos. Pero no quiero que Ud. ignore de dónde van a venir. Un hombre pobre, un trabajador de toda la vida, me tiene una vez y otra ofrecida esa suma, que son todos sus ahorros. Yo no se la he aceptado nunca, -y se la voy a pedir, para Ud. El es Nicolás Salinas, y no sabrá jamás de este destino. Pero Ud. si quiero que lo sepa. Así se ha hecho, Gener, toda esta labor: de esa dificultad, y de esa pureza. ¿Verdad que será Ud. el último hombre que se sienta con razón para regañarme?
4.-Es lo que ya dije, lo de Aguas Verdes. De aquí tiene ahora mayor oficio, que por el mismo enviado de Gómez, se le asigna. No siguió, porque aquí vino a encontrarle la respuesta total a sus preguntas, que oyó con sus oídos y vio por sus ojos. No de mí. De Gómez.
Ahora, el correo se cierra, y yo le pongo aquí mi acostumbrado abrazo. No pierde fe en su justicia ni en su inteligencia.
Su amigo,
D-20 (José Martí)
A JULIO SANGUILY
[Diciembre, 1894]
Mi amigo Gener:
Imposible me sería ocultar a Ud. el amargo pesar que me causan las últimas de Ud., y en especial la que acabo de recibir por Ar. Ni deseo encarecer a Ud. el trastorno inmediato, e imperdonable acaso, en que me pone. Después de haber recibido Uds. la orden expresa y terminante que solicitaban; -después de haberse despedido Ud. mismo de Gómez, en carta que pasó por mí, anunciándole que por la simple afirmación de sus amigos de que se estaba listo, se iba Ud. al Oriente, sin esperar ni pedir firma, -después de saber Uds. lo que debe significar a estas horas, -dadas las instrucciones, -lo que en ella decíamos, -me anuncia Ud. terminantemente, que no comunicará las órdenes que le envía Gómez, -en la persona autorizada (por documento total y expreso y visto por su enviado de Uds. A. Verdes), en la persona de José María Rodríguez, -hasta que le vayan firmadas por Gómez, lo cual requiere un mes y veinte días a contar desde hoy, -y hasta que no se le envíen $5,000 para trabajos de colocación de gentes, que sólo pueden ser cuando reciba la orden firmada de aquí a un mes y veinte días, por la vía más pronta, -y $2,000 para su familia. ¡Y esto, en medio de mi esfuerzo y mi mayor voluntad, -cuando ya no debía perder tiempo en estas cosas, de enviar ahí la mayor suma posible! Ni de nada nos servirá enviar a Ud. ahora los $7,000 que exige, puesto que además requiere Ud. la orden firmada de Gómez. No oso, todavía no oso, leer esa carta de Ud. al representante de Gómez. Antes me dirijo de nuevo a Ud.: antes perderé ese tiempo precioso, mortal tal vez, hasta recibir la respuesta que de Ud. espero a mis cartas anteriores; ¡y cómo adelantar, a la hora de emprender camino, cuando me clava Ud. el brazo! ¡Ah, amigo Gener! ¿No habrá sido alguna injusta cólera la que le habrá hecho escribir esto? ¿Ud. el hombre que tenía en febrero organizado en V. Abajo un movimiento que ya iba a ser, sin firma de Gómez.ni conocimiento siquiera, ni liga alguna en la isla; -Ud. que según carta he vuelto a leer estaba dispuesto, a una simple indicación de sus amigos, a salir ya al Oriente sin firma de Gómez. -Ud. que jamás había hablado hasta hoy de firma de Gómez es quien ahora pone en duda la firma de Gómez, -total y absoluta, que ha visto su propio enviado A. Verdes? Réstame sólo aguardar su respuesta, y echar sobre Ud. entera la responsabilidad de las consecuencias de la intimación que de Ud. recibo, y de la brusca y fatal interrupción de mis labores-por lo menos hasta recibir de Ud. respuesta a esta carta, para la que con toda mi alma de cubano y de hombre indulgente, le pido aún especial consideración.
D-20
AL GENERAL ANTONIO MACEO
Montecristi, 26 de febrero de 1895
Sr. General Antonio Maceo
Al General escribo hoy, aún más que al amigo: la guerra, a que estamos obligados, ha estallado en Cuba. Y a la vez que la noticia de ella, que por obedecer a nuestros anuncios y arreglos nos revela su importancia, y nos llena de solemne deber, recibo de New York la confirmación de su declaración de Ud. -que a quien le conociese menos que yo parecería un obstáculo, injusto e imprevisto, pero que para mí no lo es. El patriotismo de Ud. que vence a las balas, no se dejará vencer por nuestra pobreza, -por nuestra pobreza, bastante para nuestra obligación.
El vapor del Norte sale momentos después de recibidos estos cables, y mi resolución tiene que ser inmediata. Conociendo hombre por hombre la fuente de nuestros recursos, y seguros de que no tendríamos más de lo imprescindible, ni menos, -una vez desviados nuestros vapores, escribí a Ud. a mi acelerada salida de New York, diciéndole que, ajustado con la Isla y a petición de ella el alzamiento- y teniendo presente lo que en Costa Rica vi, y traté con Flor y dije a Ud., sobre los modos de ir, -puse a su disposición, la suma de $2,000 en oro, única que podría ofrecerle, para un plan de salida igual al que lleva al General Gómez y a mí. Decidido rogué a Ud. que me pusiera por cable, lo que quería decir que Ud. estaba dispuesto a ir con ese plan; pero el cable me decía a la vez que necesitaba seis mil pesos, suma hoy imposible de allegar. Y hoy, estallada ya la revolución en Cuba, recibo otra vez la noticia de que Ud. considera indispensable, para su salida, la suma de cinco mil pesos oro: -suma que no se tiene, siendo así que se tiene en la mano la de dos mil, y está enfrente, ardiendo ya, la revolución en Cuba.
¿Qué hacer en este conflicto? Ud. debe ir, con su alta representación, y los valientes que están con Ud. Pero me dice una vez y otra que requiere una suma que no se tiene. Y como la ida de Ud. y de sus compañeros es indispensable, en una cáscara o en un leviatán, y Ud. ya está embarcado, en cuanto le den la cáscara, -y yo tengo de Flor Crombet la seguridad de que, con menos de la suma ofrecida, puede tentarse con éxito la salida de los pocos que de ahí pueden ir en una embarcación propia, -decido que Ud. y yo dejemos a Flor Crombet la responsabilidad de atender ahí a la expedición, dentro de los recursos posibles, porque si él tiene modo de que Uds. puedan arrancar de ahí con la suma que hay, ni Ud. ni yo debemos privar a Cuba del servicio que él puede prestar. Y él pondrá a las órdenes de Ud. la labor que Ud. me reitera que no puede hacer en su San José, sino por una suma hoy imposible, -y que no puede quedarse sin hacer, cuando hay quien la echa sobre sí, por una suma que se tiene, y la pondrá echa en manos de Ud. Ahora, detalles, abnegación, abandono de todo, menos de la idea de subir al tren y a la mar, costo de los pocos de San José que deben bajar a la costa, olvido inmediato de las cosas tentadoras de la tierra, para lo cual se requiere más valor que para encararse al enemigo ¿cómo he de proponerme yo hablar de estas cosas con Ud.? ¿A pedirle virtud? ¿A permitir que nadie dude de que la mostrará suprema? ¿A creer que hay en nadie más valor y desinterés que en Ud.? Cuba está en guerra, General. Se dice esto, y ya la tierra es otra. Lo es ya para Ud. y lo sé yo. Que Flor, que lo tiene todo a mano, lo arregle todo como pueda. ¿Que de Ud pudiera venirle el menor entorpecimiento? ¿De Ud. y Cuba en guerra? No me entrará ese veneno en el corazón. Flor tendrá sus modos. Del Norte irán las armas. Ya sólo se necesita encabezar. No vamos a preguntar, sino a responder. El ejército está allá. La dirección puede ir en una uña. Esta es la ocasión de la verdadera grandeza. De aquí vamos como le decimos a Ud. que vaya. Y yo no me tengo por más bravo que Ud., ni en el brío del corazón, ni en la magnanimidad y prudencia del carácter. Allá arréglense, pues, y ¡hasta Oriente! Cree conocerlo bien su amigo,
José Martí
A TOMAS ESTRADA PALMA
[Montecristi, marzo 16 de 1895]
Sr. Tomás Estrada Palma
Mi amigo muy querido:
Es Manuel carta viva, y él le contará mucho de mí, porque me ha visto vivir, y morir más-en estos días. Oigalo, y no le pierda palabra. Yo creo que al fin, podré poner el pie en Cuba, como un verdadero preso. Y de ella, se me echará, sin darme ocasión a componer una forma viable de gobierno ni a ajustar, como hubiera sido mi oficio, las diferencias ya visibles entre los que no entienden que para defender la libertad se debe comenzar abdicando de ella, -y los que a la misma libertad entregan, y vuelven la espalda, si no les viene en beneficio propio. Entre las realidades funestas, y las rebeldías imprudentes, me hubiera puesto yo, como me he puesto ahora: que no se me permitirá. ¿Qué rogarle desde ahora, sino que con el peso de sus declaraciones y de su respeto, contribuya desde ahí, y pronto, y de modo resonante, y del más eficaz y solemne que le ocurra, a impedir que en Cuba se prohiba, como se quiere ya prohibir, toda organización de la guerra que ya lleve en sí una república, que no sea la sumisión absoluta a la regla militar, a la que de antemano y por naturaleza se opone el país, y que detendría-o acaso cerraría totalmente el paso de las armas libertadoras? Esta es la ocasión y Ud. tiene voz de padre, y hallará modo, si lo cree oportuno, de hacerla oír discretamente. En mí, no pienso: tendré que poner de lado enteramente mi persona, para lograr tal vez, con la supresión de ella, alguna forma menos odiosa e imprudente. En todo lo de mi persona cederé, y ya la doy por muerta. Ni temo a la larga, porque conozco a nuestro país: no temo por él. Pero es preciso irle evitando estorbos desde ahora, y ponerle sangre buena en la raíz. De mí, ya le digo, voy preso, y seguro de mi inmediato destierro: -y también de la utilidad para mi patria de este martirio. No espere pues de mí, porque sería injusto, aquella ofuscación de la persona propia, y escondido deseo de noble premio, que pudieran entorpecer los acomodos indispensables, aun cuando ilógicos y violentos, a una realidad necesaria y urgente. Espere de mí, seguro, los más amargos sacrificios; ni extremaré, por la mayor justicia, conflicto de que, en vez de su victoria, nazca un desacuerdo fatal. Con esa alma vivo, y no habrá tentación alguna que me la mude: y a toda exigencia de naturaleza pública, si me viera en el doloroso caso de hacerla, precederá la desistencia total de mi persona. Dicho esto, de mí para Ud. innecesario, por la mayor tranquilidad de Ud., halle modo, si lo cree tan oportuno como lo creo yo, de expresar sus deseos o sus conceptos de manera que llegue a tiempo a Cuba, con la fuerza mayor de lo indirecto-para influir en que nuestro país se dé una ordenación tal que, ni incapacite la unidad y cencentración de la guerra, ni la dañe o acorrale por ir contra el propósito y espíritu de la revolución cubana. Esto lo escribo al vuelo, y a escondidas, -yo, ¡que me muero de vergüenza, en cuanto tengo un solo instante que ocultar la verdad! Pero Ud. juzga y conoce mis dolores, y cree sin duda necesario que yo le escriba a Ud. así.
Quiera aún un poco más a
Su amigo,
José Martí
A MANUEL A. MERCADO
Campamento de Dos Ríos, 18 de mayo de 1895
Señor Manuel Mercado:
Mi hermano queridísimo: Ya puedo escribir, ya puedo decirle con qué ternura y agradecimiento y respeto lo quiero, y a esa casa que es mía y mi orgullo y obligación; ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber-puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo-de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin.
Las mismas obligaciones menores y públicas de los pueblos-como ese de Ud. y mío, -más vitalmente interesados en impedir que en Cuba se abra, por la anexión de los imperialistas de allá y los españoles, el camino que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América, al Norte revuelto y brutal que los desprecia, -les habrían impedido la adhesión ostensible y ayuda patente a este sacrificio, que se hace en bien inmediato y de ellos.
Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas: -y mi honda es la de David. Ahora mismo, pues días hace, al pie de la victoria con que los cubanos saludaron nuestra salida libre de las sierras en que anduvimos los seis hombres de la expedición catorce días, el corresponsal del Herald, que me sacó de la hamaca en mi rancho, me habla de la actividad anexionista, menos temible por la poca realidad de los aspirantes, de la especie curial, sin cintura ni creación, que por disfraz cómodo de su complacencia o sumisión a España, le pide sin fe la autonomía de Cuba, contenta sólo de que haya un amo, yanqui o español, que les mantenga, o les cree, en premios de oficio de celestinos, la posición de prohombres, desdeñosos de la masa pujante, -la masa mestiza, hábil y conmovedora, del país, -la masa inteligente y creadora de blancos y negros.
Y de más me habla el corresponsal del Herald, Eugenio Bryson: -de un sindicato yanqui-que no será-con garantía de las aduanas, harto empeñadas con los rapaces bancos españoles, para que quede asidero a los del Norte; -incapacitado afortunadamente, por su entrabada y compleja constitución política, para emprender o apoyar la idea como obra de gobierno. Y de más me habló Bryson, -aunque la certeza de la conversación que me refería, sólo la puede comprender quien conozca de cerca el brío con que hemos levantado la revolución, -el desorden, desgano y mala paga del ejército novicio español, -y la incapacidad de España para allegar en Cuba o afuera los recursos contra la guerra que en la vez anterior sólo sacó de Cuba. -Bryson me contó su conversación con Martínez Campos, al fin de la cual le dio a entender éste que sin duda, llegada la hora, España preferiría entenderse con los Estados Unidos a rendir la Isla a los cubanos. -Y aún me habló Bryson más: de un conocido nuestro y de lo que en el Norte se le cuida, como candidato de los Estados Unidos, para cuando el actual Presidente desaparezca, a la Presidencia de México.
Por acá yo hago mi deber. La guerra de Cuba, realidad superior a los vagos y dispersos deseos de los cubanos y españoles anexionistas, a que sólo daría relativo poder su alianza con el gobierno de España, ha venido a su hora en América, para evitar, aun contra el empleo franco de todas esas fuerzas, la anexión de Cuba a los Estados Unidos, que jamás la aceptarán de un país en guerra, ni pueden contraer, puesto que la guerra no aceptará la anexión, el compromiso odioso y absurdo de abatir por su cuenta y con sus armas una guerra de independencia americana.
Y México, ¿no hallará modo sagaz, efectivo e inmediato, de auxiliar, a tiempo, a quien lo defiende? Sí lo hallará, -o yo se lo hallaré. -Esto es muerte o vida, y no cabe errar. El modo discreto es lo único que se ha de ver. Ya yo lo habría hallado y propuesto. Pero he de tener más autoridad en mí, o de saber quién la tiene, antes de obrar o aconsejar. Acabo de llegar. Puede aún tardar dos meses, si ha de ser real y estable, la constitución de nuestro gobierno, útil y sencillo. Nuestra alma es una, y la sé, y la voluntad del país; pero estas cosas son siempre obra de relación, momento y acomodos. Con la representación que tengo, no quiero hacer nada que parezca extensión caprichosa de ella. Llegué, con el General Máximo Gómez y cuatro más, en un bote en que llevé el remo de proa bajo el temporal, a una pedrera desconocida de nuestras playas; cargué, catorce días, a pie por espinas y alturas, mi morral y mi rifle; -alzamos gente a nuestro paso; -siento en la benevolencia de las almas la raíz de este cariño mío a la pena del hombre y a la justicia de remediarla; los campos son nuestros sin disputa, a tal punto, que en un mes sólo he podido oír un fuego; y a las puertas de las ciudades, o ganamos una victoria, o pasamos revista, ante entusiasmo parecido al fuego religioso, a tres mil armas; seguimos camino, al centro de la Isla, a deponer yo, ante la Revolución que he hecho alzar, la autoridad que la emigración me dio, y se acató adentro, y debe renovar conforme a su estado nuevo, una asamblea de delegados del pueblo cubano visible, de los revolucionarios en armas.. La revolución desea plena libertad en el ejército, sin las trabas que antes le opuso una Cámara sin sanción real, o la suspicacia de una juventud celosa de su republicanismo, o lo celos, y temores de excesiva prominencia futura, de un caudillo puntilloso o previsor; pero quiere la revolución a la vez sucinta y respetable representación republicana, -la misma alma de humanidad y decoro, llena del anhelo de la dignidad individual, en la representación de la república, que la que empuja y mantiene en la guerra a los revolucionarios. Por mí, entiendo que no se puede guiar a un pueblo contra el alma que lo mueve, o sin ella, y sé cómo se encienden los corazones, y cómo se aprovecha para el revuelo incesante y la acometida el estado fogozo y satisfecho de los corazones. Pero en cuanto a formas, caben muchas ideas, las cosas de hombres, hombres son quienes las hacen. Me conoce. En mí, sólo defenderé lo que tengo yo por garantía o servicio de la revolución. Sé desaparecer. Pero no desaparecería mi pensamiento, ni me agriaría mi oscuridad. Y en cuanto tengamos forma, obraremos, cúmplame esto a mí, o a otros.
Y ahora, puesto delante lo de interés público, le hablaré de mí, ya que sólo la emoción de este deber pudo alzar de la muerte apetecida al hombre que, ahora que Nájera no vive donde se le vea, mejor lo conoce y acaricia como un tesoro en su corazón la amistad con que Ud. lo enorgullese.
Ya sé sus regaños, callados, y después de mi viaje. ¡Y tanto que le dimos, de toda nuestra alma, y callado él! ¡Qué engaño es éste y qué alma tan encallecida la suya, que el tributo y la honra de nuestro afecto no ha podido hacerle escribir una carta más sobre el papel de carta y de periódico que llena al día!
Hay afectos de tan delicada honestidad...
Carta inconclusa dirigida a su amigo mexicano Manuel Mercado, desde el campamento de Dos Rios, el 18 de mayo de 1895, un dia antes de morir. Esta carta aparece en el tomo No. 20 de las Obras Completas de Jose Marti, paginas 161-16.