Esta carta la escribió Martí cuando no había cumplido aún diez años de edad, y es la más antigua página escrita por él.

CARTA A SU MADRE

Hanábana, octubre 23 de 1862

Estimada mamá: Deseo antes de todo que UD. esté buena lo mismo que las niñas, Joaquina, Luisa y mamá Joaquina. Papá recibió la carta de UD. con fecha 21, pues el correo del sábado que era 18 no vino, y el martes fue cuando la recibió; el correo -según dice él- no pudo pasar por el río titulado "Sabanilla" que entorpece el paso para la "Nueva Bermeja" y lo mismo para aquí, papá no siente nada de la caída lo que lo que tiene es una picazón que desde que se acuesta hasta que se levanta no le deja pegar los ojos, y ya hace tres noches que está así.

Ya todo mi cuidado se pone en cuidar mucho mi caballo y engordarlo como un puerco cebón, ahora lo estoy enseñando a caminar enfrenado para que marche bonito, todas las tardes lo monto y paseo en él, cada día cría más bríos. Todavía tengo otra cosa en que entretenerme y pasar el tiempo, la cosa que le digo es un "Gallo fino" que me ha regalado Dn. Lucas de Sotolongo, es muy bonito y papá lo cuida mucho, ahora papá anda buscando quien le corte la cresta y me lo arregle para pelearlo este año, y dice que es un gallo que vale más de dos onzas.

Tanto el río que cruza por la "finca" de Dn. Jaime como el de la "Sabanilla" por el cual tiene que pasar el correo, estaban el sábado sumamente crecidos, llegó el de acá a la cerca de Dn. Domingo, pero ya han bajado mucho.

Y no teniéndole otra cosa que decirle déle expresiones a mamá Joaquina, Joaquina y Luisa y las niñas y a Pilar déle un besito y UD. reciba de su obediente hijo que le quiere con delirio.

José Martí

Esta carta la escribió Martí  a los 16 años cuando cumplía presidio político en Cuba.

CARTA A SU MADRE DESDE EL PRESIDIO

10 de noviembre de 1869

Madre mía:

Hace dos días que escribí a Ud. con un francés que viene a ver a los Domínguez, no el que fue allá, y me ha dicho que no ha podido llevar la carta. Me prometió llevarla. Dígame si va.

Anteayer también escribí a Ud.; pero no he tenido con quien mandar las cartas y no quiero que pasen en la cantina por la puerta. Como escribo a Ud. rompo la carta de antier.

Ayer estuvo aquí el Fiscal y me preguntó con bastante interés por mi causa y su estado. Le dije lo que sabía; pero es muy extraño esto de que el que me ha de juzgar tenga que preguntarme por qué estoy preso. -Según me ha dicho, alguien le ha hablado de mí. -Los Domínguez y Sellén saldrán al fin en libertad, y yo me quedaré encerrado. Los resultados de la prisión me espantan muy poco; pero yo no sufro estar preso mucho tiempo. Y esto es lo único que pido. Que se ande aprisa, que al que nada hizo, nada le han de hacer. A lo menos, de nada me podrán culpar que yo no pueda deshacer.

Mucho siento estar metido entre rejas; -pero de mucho me sirve mi prisión. -Bastantes lecciones me ha dado para mi vida, que auguro que ha de ser corta, y no las dejaré de aprovechar. -Tengo 16 años, y muchos viejos me han dicho que parezco un viejo. Y algo tienen razón; -porque si tengo en toda su fuerza el atolondramiento y la efervescencia de mis pocos años, tengo en cambio un corazón tan chico como herido. Es verdad que Ud. padece mucho; -pero también lo es que yo padezco más. (Dios quiera que en medio de mi felicidad pueda yo algún día contarle los tropiezos de mi vida!

Estoy preso, y esta es una verdad de Perogrullo, pero nada me hace falta, sino es de cuando en cuando 2 ó 3 rs. para tomar café; -pero hoy es la primera vez que me sucede. -Sin embargo, cuando se pasa uno sin ver a su familia ni a ninguno de los que quiere, bien puede pasar un día sin tomar café. -Papá me dio 5 ó 6 rs. el Lunes. -Di 2 ó 3 de limosna y presté 2.

Tráiganme el Domingo a alguna de las chiquitas (3).

Esta es una fea escuela; porque aunque vienen mujeres decentes, no faltan algunas que no lo son.

Tan no faltan, que la visita de 4 es diaria. A Dios gracias el cuerpo de las mujeres se hizo para mí de piedra. -Su alma es lo inmensamente grande, y si la tienen fea, bien pueden irse a brindar a otro lado sus hermosuras. -Todo conseguirá la Cárcel menos hacerme variar de opinión en este asunto.

En la Cárcel no he escrito ni un verso. -En parte me alegra, porque ya Ud. sabe cómo son y cómo serán los versos que yo escriba.

Aquí todos me hablan del Sr. Mendive, y esto me alegra. -Mándeme libros de versos y uno grande que se llama *El Museo Universal+. Déle su bendición a su hijo.

Pepe

Notas al pie:

(1) Muy evidente

(2) Real, moneda de diez céntimos

(3) Sus hermanas

CARTA A LA MADRE

[1892]

Madre mía:

Todavía no me siento con fuerzas para escribir. No es nada, no es ninguna enfermedad; no es ningún peligro de muerte: -la muerte no me mata, caí unos días cuando la infamia (1) fue muy grande; pero me levanté. La gente me quiere, y me ha ayudado a vivir. Mucho la necesito: mucho pienso en Ud.: nunca he pensado tanto en Ud.: nunca he deseado tanto tenerla aquí. No puede ser. Pobreza. Miedo al frío. Pena del encierro en que la habría de tener. Pena de tenerla y no poderla ver, con este trabajo que no acaba hasta las diez y media de la noche. Bueno: los tiempos son malos, pero su hijo es bueno. -Nada más ahora: Ud. lo sabe todo: esta palabra de hijo me quema. Lea ese libro de versos (2): empiece a leerlo por la página 51. Es pequeño-es mi vida. Pero no crea que se afloja, ni que corre riesgo ninguno, ni que está en salud peor de lo que estaba este hijo que nunca la ha querida tanto como ahora.-

J. Martí

Notas al pie:

(1) Se refiere Martí a la ofensiva carta que le escribió el Coronel Enrique Collazo, desde La Habana por motivo de él criticar el libro A pie y descalzo escrito por Ramón Roa.

(2)  Se refiere a sus Versos Sencillos, y en particular a los que recuerdan los sucesos del Teatro Villanueva.

CARTA A LA MADRE 

Mayo 15 de 1894

Madre querida:

Ud. no está aún buena de sus ojos, y yo no me curo de este silencio mío, que es el pudor de mis afectos grandes y mi modo de queja contra la fortuna que me los roba y como venganza de esta fatal necesidad de hablar y escribir tanto en las cosas públicas, contra esta pasión mía del recogimiento, cada vez más terca y ansiosa.

Pero mientras haya obra que hacer, un hombre entero no tiene derecho a reposar. Preste cada hombre, sin que nadie lo regañe, el servicio que lleve en sí. ¿Y de quién aprendí yo mi entereza y mi rebeldía, o de quién pude heredarlas, sino de mi padre y de mi madre.?

Ahora voy al Cayo (1), por unos cuantos días y de allí sigo mi labor, más pura, madre mía, que un niño recién nacido, limpia como una estrella, sin una mancha de ambición, de intriga o de odio. Y vea-¿cuántas veces no se lo he dicho?-por qué no puedo escribirle.

A otros puedo hablar de otras cosas. Con Ud. se me escapa el alma, aunque Ud. no apruebe con el cariño que yo quisiera, sus oficios; y a esta tierra infeliz donde Ud. vive no le puedo escribir sin imprudencia, o sin mentira. Mi pluma corre de mi verdad: o digo lo que está en mí, o no lo digo. Luego, este hablar de sí mismo tan feo y tan enojoso. Déjeme emplear sereno, en bien de los demás, toda la piedad y orden que hay en mí. Y crea, porque es lo cierto, que en nada pudiera su hijo estar [mejor] empleado. Ni nada, aun en lo egoísta, hubiera podido adormecer mejor mi bárbara, mi inacabable pena. Muerde, muerde, no me la puedo arrancar del costado (2).

De ustedes sé sin cesar, más de lo que quiero yo que sepan de mí porque no les llegarían más que angustias. Esa Carmen no escarmienta: o es que es muy buena y por eso padece tanto. ¿Llegaré a tiempo para alegrarles un poco la casa?

Mi porvenir es como la luz del carbón blanco, que se quema él, para iluminar alrededor. Siento que jamás acabarán mis luchas. El hombre íntimo está muerto y fuera de toda resurrección, que sería el hogar franco y para mí imposible, adonde está la única dicha humana, o la raíz de todas las dichas. Pero el hombre vigilante y compasivo está aún vivo en mí, como un esqueleto que se hubiese salido de su sepultura; y sé que no le esperan más que combates y dolores en la contienda de los hombres, a que es preciso entrar para consolarlos y mejorarlos. Sólo los infelices que llegan pocas veces al poder y suelen llegar con demasiada ira, tendrán paces conmigo. La muerte o el aislamiento serán mi premio único: -y si vivo, la autoridad de mi conciencia, en los rincones de la gente buena y el trabajo, de que podré sacar siempre un migajón para mi hermana Carmen (3).

Allá dejo a Carmita (4) en Central Valley, que es un cesto de colinas, donde, en verano al menos, se puede vivir en pobreza alegre. Pasé allá unos días, con el hijo de Gómez (5), que me va sirviendo de hijo; y no volveré por allá en algún tiempo. Solas llegaron la madre y las hijas, en una fiera nevada; pero ya les ha salido flor a los manzanos y a los cerezos; y tienen su cría de pollos y su acre de hortalizas. No he conocido humildad y honradez como la de Carmita. Ahora le veré a Manuel; que volvió de sus paseos por el aire y aprende a tabaquero; para que se ejercite en la hermandad del hombre y en el decoro del trabajo. ¿Y ese gentil Oscar, que quisiera yo tener junto a mí, y ese Mario fundador, que ha de ayudarme a hacer un lindo pueblo de campo, y ese Alfredo paciente, leal y administrativo? Si empiezo a recordar, se me acongoja el alma, y llega turbia y ensangrentada al trabajo que tiene que hacer esta misma noche. Callo.

Sí, quisiera que me escribiesen todos, por el vapor de vuelta a Tampa, donde estaré, bajo sobre, a Ramón Rivera y Rivera, Ibor Factory, Tampa.

Y que me escribiesen sin pena, como si me estuviesen viendo todos los días. Yo las estoy viendo siempre, a mi Chata romántica, a mi Carmen digna, a mi dolorosa Amelia, a mi sagaz Antonia (6): yo no ceso de verlas un instante. Un rayo dejó una vez mudo a un hombre; ¿y no quieren que haya enmudecido yo?

A usted, madre mía, ni una palabra. La quiero y la sufro demasiado para eso. Toda la verdad y la tristeza de su hijo

José

(1) Cayo Hueso.

(2) Se refiere a la ausencia de su esposa y de su hijo.

(3) La únuca hermana que nació en Valencia, España.

(4) Carmen Miyares.

(5) Francisco ("Panchito") Gómez Toro, hijo del generalísimo, que acompañó a Martí durante una temporada.

(6) Las cuatro hermanas de Martí.

Esta es la última carta de Martí a su madre. Fue escrita desde Santo Domingo, cuando se preparaba para ir a Cuba acompañado del Generalísimo Máximo Gómez, al comienzo de la Guerra de Independencia, que él organizó.

CARTA A LA MADRE

Montecristi, 25 de marzo, 1895

Madre mía:

Hoy, 25 de marzo, en vísperas de un largo viaje, estoy pensando en Ud. Yo sin cesar pienso en Ud. Ud. se duele en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; y ¿por qué nací de Ud. con una vida que ama el sacrificio? Palabras, no puedo. El deber de un hombre está allí donde es más útil. Pero conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía, el recuerdo de mi madre.

Abrace a mis hermanas, y a sus compañeros. ¡Ojalá pueda algún día verlos a todos a mi alrededor, contentos de mí! Y entonces sí que cuidaré yo de Ud. con mimo y orgullo. Ahora, bendígame, y crea que jamás saldrá de mi corazón obra sin piedad y sin limpieza. La bendición.

Su

J. Martí

Tengo razón para ir más contento y seguro de lo que Ud. pudiera imaginarse. No son inútiles la verdad y la ternura. No padezca.

CARTA A SU HIJO 

1 de abril de 1895

Hijo:

Esta noche salgo para Cuba: salgo sin tí, cuando debieras estar a mi lado. Al salir, pienso en tí. Si desaparezco en el camino, recibirás con esta carta la leontina (1) que usó en vida tu padre. Adiós. Sé justo.

Tu

José Martí

(1) Cadena de oro.

 

CARTA A SU HERMANA AMELIA #1

[Nueva York, 1880]

Tengo delante de mí, mi hermosa Amelia, como una joya rara y de luz blanda y pura, tu cariñosa carta. Ahí está tu alma serena, sin mancha, sin locas impaciencias. Ahí está tu espíritu tierno, que rebosa de ti como la esencia de las primeras flores de mayo. Por eso quiero yo que te guardes de vientos violentos y traidores, y te escondas en tí a verlos pasar: que como las aves de rapiña por los aires, andan los vientos por la tierra en busca de la esencia de las flores. Toda la felicidad de la vida, Amelia, está en no confundir el ansia de amor que se siente a tus años con ese amor soberano, hondo y dominador que no florece en el alma sino después del largo examen, detenidísimo conocimiento, y fiel y prolongada compañía de la criatura en quien el amor ha de ponerse. Hay en nuestra tierra una desastrosa costumbre de confundir la simpatía amorosa con el cariño decisivo e incambiable que lleva a un matrimonio que no se rompe, ni en las tierras donde esto se puede, sino rompiendo el corazón de los amantes desunidos. Y en vez de ponerse el hombre y la mujer que se sienten acercados por una simpatía agradable, nacida a veces de la prisa que tiene el alma en flor por darse al viento, y no de que otro nos inspire amor, sino del deseo que tenemos nosotros de sentirlo;-en vez de ponerse doncel y doncella como a prueba, confesándose su mutua simpatía y distinguiéndola del amor que ha de ser cosa distinta, y viene luego, y a veces no nace, ni tiene ocasión de nacer, sino después del matrimonio, se obligan las dos criaturas desconocidas a un afecto que no puede haber brotado sino de conocerse íntimamente.-Empiezan las relaciones de amor en nuestra tierra por donde debieran terminar.-Una mujer de alma severa e inteligencia justa debe distinguir entre el placer íntimo y vivo, que semeja el amor sin serlo, sentido al ver a un hombre que es en apariencia digno de ser estimado,-y ese otro amor definitivo y grandioso, que, como es el apegamiento inefable de un espíritu a otro, no puede nacer sino de la seguridad de que el espíritu al que el nuestro se une tiene derecho, por su fidelidad, por su hermosura, por su delicadeza, a esta consagración tierna y valerosa que ha de durar toda la vida.-Ve que yo soy un excelente médico de almas, y te juro, por la cabecita de mi hijo, que eso que te digo es un código de ventura, y que quien olvide mi código no será venturoso. He visto mucho en lo hondo de los demás, y mucho en lo hondo de mí mismo. Aprovecha mis lecciones. No creas, mi hermosa Amelia, en que los cariños que se pintan en las novelas vulgares, y apenas hay novela que no lo sea, por escritores que escriben novelas porque no son capaces de escribir cosas más altas-copian realmente la vida, ni son ley de ella. Una mujer joven que ve escrito que el amor de todas las heroínas de sus libros, o el de sus amigas que los han leído como ella, empieza a modo de relámpago, con un poder devastador y eléctrico-supone, cuando siente la primera dulce simpatía amorosa, que le tocó su vez en el juego humano, y que su afecto ha de tener las mismas formas, rapidez e intensidad de esos afectillos de librejos, escritos-créemelo Amelia-por gentes incapaces de poner remedio a las tremendas amarguras que origina su modo convencional e irreflexivo de describir pasiones que no existen, o existen de una manera diferente de aquella con que las describen. ¿Tú ves un árbol? ¿Tú ves cuánto tarda en colgar la naranja dorada, o la granada roja, de la rama gruesa? Pues, ahondando en la vida, se ve que todo sigue el mismo proceso. El amor, como el árbol, ha de pasar de semilla a arbolillo, a flor, y a fruto.-Cuéntame Amelia mía, cuanto pase en tu alma. Y dime de todos los lobos que pasen a tu puerta; y de todos los vientos que anden en busca de perfume. Y ayúdate de mí para ser venturosa, que yo no puedo ser feliz, pero sé la manera de hacer feliz a los otros.

No creas que aquí acabo mi carta. Es que hacía tiempo que quería decirte eso, y he empezado por decírtelo.-De mí, te hablaré otro jueves.-En éste sólo he de decirte que ando como piloto de mí mismo, haciendo frente a todos los vientos de la vida, y sacando a flote un noble y hermoso barco, tan trabajado ya de viajar, que va haciendo agua.-A papá que te explique esto que él es un valeroso marino.-Tú no sabes, Amelia mía, toda la veneración y respeto ternísimo que merece nuestro padre. Allí donde lo ves, lleno de vejeces y caprichos, es un hombre de una virtud extraordinaria. Ahora que vivo, ahora sé todo el valor de su energía y todos los raros y excelsos méritos de su naturaleza pura y franca. Piensa en lo que te digo. No se paren en detalles, hechos para ojos pequeños. Ese anciano es una magnífica figura. Endúlcenle la vida. Sonrían de sus vejeces. El nunca ha sido viejo para amar.

Ahora, adiós de veras.

Escríbeme sin tasa y sin estudio, que yo no soy tu censor, ni tu examinador, sino tu hermano. Un pliego de letra desordenada y renglones mal hechos, donde yo sienta palpitar tu corazón y te oiga hablar sin reparos ni miedos-me parecerá más bella que una carta esmerada escrita con el temor de parecerme mal.-Ve: el cariño es la más correcta y elocuente de todas las gramáticas. Di ¡ternura! y ya eres una mujer elocuentísima.

Nadie te ha dado nunca mejor abrazo que éste que te mando.

¡Que no tarde el tuyo!

Tu hermano

J. Martí

CARTA A SU HERMANA AMELIA #2

New York, Febrero 28 [1883]

Mi muy querida Amelia:

Tú no me lo querrás creer, por estos odios míos, siempre crecientes, a poner en el papel las cosas íntimas del alma; pero el día en que supe tus bodas, como te creí dichosa, me sentí de fiesta. Hice visitas, canté un poco, y hablé algo más (que) de ordinario.-Porque me estoy volviendo silencioso.-Tu marido me parece noble persona, y me inspira confianza.-Y tú tienes tantas y tan sólidas virtudes, y has salido de tal escuela de abnegación, y recibiste de la naturaleza tales prendas de calor de corazón y de bondad que, de seguro, cualesquiera que sean tus dolores naturales,-serás dichosa. Hacerte sufrir, sería como estrujar con manos brutales un lirio. ¿Serás dichosa?-Porque para serlo es sólo es sólo necesario-aun en medio de las tormentas más recias de la fortuna-sentirse amado, encalorado, acompañado, bien cuidado, bien envuelto por alguien.-Pero este bien no se tiene sino ocasionando otro semejante. Nadie se dará jamás-sino a quien se dé a él.-E irresistíblemente, cuando una criatura se siente con la dulce dueñez de otra, se vuelve a ella, como cordero a su madre, cuando llueve o nieva, y se refugia en ella. Tú eres abierta, sincera, caliente de corazón, caritativa, pura, generosa. Quien no lo es,-es odioso, cualesquiera que sean sus galas de inteligencia o de hermosura.-Y si la falta de todas esas buenas cualidades es lamentable en el hombre,-en la mujer, que creemos urna y hogar natural de ellas, es abominable.-Pero así como el alma se aparta con disgusto de los de corazón frío, y mente calculadora y reservada, así se entrega con júbilo y sin rebozo a los de espíritu sencillo y ardiente, mano acariciadora, y pensamiento abierto. Es ley natural infalible de los que estos dan,-esto tengan;-y que los que esto no dan, no tengan esto.-Sé que tu marido te estima, y que tú eres como la luz del sol, que mientras más se la goza, se la gusta más. Pero esas dotes de alma en que tú abundas pueden tanto, que aunque te tuviera algún día en menos de lo que tú vales, volvería a tí de nuevo, aflijido de lo que hubiese visto, y más enamorado después de la experiencia, del contraste de tu alma luminosa y serena.-No puedo hacerte en mis grandes pobrezas, regalo mejor que esta profecía en tu mes de boda. De mamá he de hablarte ahora.-Meses hace que tengo ya pensado, y dicho, lo que intento hacer. Papá vendrá a mi lado, como imagino que él lo desea, apenas cedan los fríos, que será para marzo, o para fines de abril.

Anoche puse fin a la traducción de un libro de lógica, que me ha parecido-a pesar de tener yo por maravillosamente inútiles tantas reglas pueriles-preciosísimo libro, puesto que con el producto de su traducción puedo traer a mi padre a mi lado. Papá es, sencillamente, un hombre admirable. Fue honrado, cuando ya nadie lo es. Y ha llevado la honradez en la médula, como lleva el perfume una flor, y la dureza una roca. Ha sido más que honrado: ha sido casto.-Sangre invisible, me ha caído dentro del alma a torentes.-En mí hay una especie de asesinado, y no diré yo quién sea el asesino. Pero nada me ha hecho verter tanta sangre como las imágenes dolientes de mis padres y mi casa.-Ahora, ya engrueso. Uds. reposan. Nadie más que yo trabaja. Papá puede venir a descansar. Me aflije sólo que mamá tenga que vivir en casa extraña. Desde el mes de abril recibirá, mes por mes, veinte o veinticinco pesos oro. Este, no le puedo mandar más que diez, que acaso vayan, si no hallo otro modo más seguro, dentro de esta misma carta, en un billete americano, que tu buen José me hará el favor de cambiar para mamá. Dos razones hay que me impiden pensar,-como de otro modo hubiera sin vacilación resuelto,-que mamá y Antonia viniesen también a mi lado. La más importante es-que traer acá a Antonia, que es ahora rosal en flor, sería como encarcelarla en un castillo de nieve. Y mamá, a poco, suspiraría con razón por volver a la tierra donde están sus hijas y sus amigas, y cuanto halaga y mantiene vivo el corazón, que aquí sólo de fuerza heroica si es mozo, o de haber resuelto ya, por matrimonio o por haber vivido bastante, los problemas de la existencia,-que vivo.

Ya no tengo un momento. Si he de escribir una línea a Carmen, no puedo contestar hoy a José. Esta carta es ya para él y el sábado le escribiré la suya.

Tú me pides muchas cartas, tú-feliz-escríbeme sin cesar, y oblígame a ellas. Y no me mires como a hermano alejado, sino como a parte de tu mismo cuerpo.

J. Martí

(1) Nociones de Lógica por Stanley Jevons.

(2) Juego de niños.

(3)  Su hermana Carmen, la Valenciana

José García era el esposo de su hermana Amelia.

CARTA A JOSÉ GARCÍA 

(1884)

Mi muy querido hermano:

Ya veo que tengo un hijo más, y que el lirio de mi casa ha echado una nueva flor.

Hace Ud. bien en ponerse contento, porque la vida sólo es bella por el deber y por la casa. ¡Todo lo demás engaña! ¡Y la misma casa engaña a veces, y toma uno por oro puro lo que no es...!

Pero a Ud. no le sucederá eso porque sé cuán bien lo quiere Amelia, y cuán bien merece Ud. ser querido.

Chata (1) está en su puesto a la cabecera de la enferma, porque no le cabe la bondad en el corazón. Yo recuerdo que hasta una prohibición de su marido desafió para ser buena con mi mujer, e ir a cuidarnos a nuestro hijo. Dígale que Pepe me escribe todas las semanas, con los mismos puntos y adornos en las letras que hacía yo de muchacho: se acaba de examinar, y está muy contento de su éxito y de un pajarito que se ha traído del campo, y está criando fuera de la jaula.

Ya sé que mamá no tendrá paz hasta que no vea al nuevo nieto. Ella no sabe ya vivir sino pensando en ellos. Cuando estuvo aquí, todo era contar sus peculiaridades y sus gracias. Bien que la recordamos este verano, donde por la merced de Dios estamos viviendo debajo de los árboles a la orilla del mar. Pienso con pena en lo que a ella le gustan los baños, aunque le perecería raro, como me parece a mí, lo muy público que aquí los baños son, y tener que enseñar en la playa libremente lo que se reserva entre las gentes honradas para el misterio de la alcoba.

Pero ella se bañaría, sin embargo, y yo tendría tanto placer en verla contenta, como pena tengo ahora en desearlo en vano. Me atreví a pensar en que volviera a cruzar el mar; pero no pudo ser.

Cuídeme bien a Amelia, que es flor fina, y da más aroma mientras el aire es más suave. Sé con gusto que no ha podido tocarle en suerte mejor jardinero, ni a Ud. hermano que más lo quiera y más lo estime que

José Martí

(1)  Leonor, la hermana mayor de Martí.

Don Mariano Martí y Navarro falleció en la Habana el 2 de febrero de 1887.

CARTA A JOSÉ GARCÍA  

Febrero, 1887

Mi querido José:

No hubiera querido recibir de otras manos la noticia de la muerte de mi padre. En la carta de Ud. he sentido su último calor. Si ya Ud. no fuera hermano mío, por la ternura con que me quiso a mi padre lo sería. Ud. entendió su santidad, e hizo en la tierra por premiarla. El lo quería a Ud. como a un hijo preferido. Es de hijo el sollozo con que Ud. me ha anunciado su muerte. Yo no lo he visto a Ud. nunca; ¡pero ya me parece que lo he conocido toda mi vida!

Yo tuve puesto en mi padre un orgullo que crecía cada vez que en él pensaba, porque a nadie le tocó vivir en tiempos más viles ni nadie a pesar de su sencillez aparente salió más puro en pensamiento y obra, de ellos. ¡Jamás, José, una protesta contra esta austera vida mía que privó a la suya de la comodidad de la vejez! De mi virtud, si alguna hay en mí, yo podré tener la serenidad; pero él tenía el orgullo. En mis horas más amargas se le veía el contento de tener un hijo que supiese resistir y padecer. Yo, con toda mi costumbre de las palabras, y con toda mi ternura, no podría pintarlo mejor que como Ud. me lo pinta: "un ángel con canas". ¡Ah José! Sólo se saben ver en los demás las condiciones que se tienen en sí. Trastornos horrendos y alejamientos grandes suele traer la vida, pero nunca dejaré de ver a Ud. dando un beso en la frente de mi padre, y reemplazando al hijo ausente.

Este dolor, José, me tiene muy confuso el pensamiento. ¡No he podido pagar a mi padre mi deuda en la vida! Ya ¿dónde se la podré pagar? No es que haya muerto lo que me entristece, sino que haya muerto antes de que yo pudiera pregonar la hermosura silenciosa de su carácter, y darle pruebas públicas y grandes de mi veneración y de mi cariño. Pero ¿qué falta le hice, si lo tenía a Ud.? Juntos, José, Ud. y yo, iremos a visitarlo algún día.

Martí

Francisco Zayas-Bazán era el suegro de José Martí.

CARTA A FRANCISCO ZAYAS-BAZAN  

Progreso, 28 de febrero de 1887

Las grandes acciones deciden pronto de los grandes parentescos;-ya sé como debo comenzar a usted mis cartas:-padre mío. Me da usted mi mayor riqueza, y mejor gloria; me da usted a mi Carmen de mi vida.-Merecida la tengo con mi alma, y aún más la mereceré con mis trabajos; pero los nuevos años de mi existencia, ya florida, serán para consolar las soledades de quien con tan noble facilidad la envía de sus brazos a los míos.

Parece carta de mi Carmen la de usted, por lo que me la alabo, aplaudo y leo. La tengo por arras de mis bodas, y la estimo en todo el valer que le dan la entereza y hábitos de justa reserva de su espíritu.-Quiérame vivamente, que con esto gozaremos usted y yo.

Debo a usted cuenta de una vacilación de mi cariño. Tan poderoso es mi amor a Carmen, que logró desconcertar un instante la común virilidad de mis ideas, y hacerme concebir mi vuelta a México, como si yo tuviera el derecho de volver hasta después de haber empleado cuanta intrepidez y fuerza de acción hay en mi alma. No hay para mí más ley que la satisfacción de mi conciencia: bien pagué con mis tormentos íntimos la culpable idea de volver antes de batallar, A batallar iba a México también; pero no se es digno de satisfacer sus pasiones sino cuando se es capaz de dominarlas.

El dolor con que la imaginación enérgica de Carmen leyó la carta en que confiaba, a ella y a usted mis pensamientos,-de tal manera que ni ella ni usted hubieran debido dudar del resultado final de ello,-le hizo ver en mí intentos ni pensados ni escritos.-No lucho un sólo instante entre las atenciones a que debo yo dar la preferencia: ya tengo bien madurado y decidido lo que debo hacer. He ayudado a mi familia con más que humanas fuerzas, entre martirios increíbles y silenciosos de horror no comprendidos.-Mi hermana vivirá con su marido; el resto de mi casa vivirá ahora como antes vivía, y tal vez mejor que antes, porque mi padre será colocado holgadamente.-Yo, que a Carmen debo la resurrección de mis fuerzas y mi sacudimiento de tan injustas trabas y tan mortales agonías, a Carmen me consagro ahora por completo: sé lo que quieren las realidades de la vida, y el respeto que debo a su ventura. Si mis padres no pudieran vivir sin mí, volvería a mis padres;-pero esto no ha de ser ahora, por fortuna. Mi familia misma debe agradecer esta libertad en que me deja;-porque en ella robustezco mi experencia, educo mis hábitos con trabajos nuevos, y con el cariño ejemplar de Carmen rejuvenezco y hermoseo mi corazón.

En tanto, soy de la que me anima y me comprende.-Ayudaré siempre a mi casa; que mi fortuna sería criminal si no amparase su pobreza, y no es a un hijo a quien toca condenar la buena o errada conducta de sus padres. Los ayudaré cordialmente, cuando, abastecida mi alma del hermoso cariño de mi esposa, nos sonría juntos la ventura que siempre compensa al que obra bien.-Mientras,-más trabajaré para la que más y mejor me ame.-Ya no me queda un sólo reproche en mi conciencia.

Hablaría a usted largamente de mis esperanzas y firmezas, y de los pintorescos y peligrosos accidentes de mi viaje; pero esperan por mí para cerrar la valija del correo. No creo en los éxitos fantásticos; pero si creo en las honrradeces productivas. Tengo fe en el cariño que me impulsa, y en la tenacidad de mi carácter;-téngala usted en mi palabra ardiente, en la sinceridad que me capta amigos, en la solidez de mi conducta, en esta fuerza extraña con que suelo conmover y entusiasmar;-riquezas que suelen ser tardías, sin ser por eso menos valiosas y reales, pero que en un solo día de fortuna hacen el camino que una inteligencia común tarda toda una vida en recorrer. Dondequiera que he estado, he tenido, aun a pesar mío, halagador renombre;-y éste siempre me lo he conquistado en un día solo. Así logré a mi Carmen. Así haré mi fortuna. Nada en mí sigue hasta ahora la vía de las existencias ordinarias.

Descontento termino esta carta, que gozo enseñando mi alma a usted.-Conozco ya la suya, y es uno de mis más vivos deseos el de devolverle con las solicitudes de mi afecto la calma, la juventud y la alegría.

Tengo perpetuo día de fiesta con su amorosa y respetable carta. Su hijo me llama en ella; crezca cada día el amor que le inspiro, como en mí crece la veneración cariñosa con que a mi alma hablo de usted.-Abrace a sus hijas,-todas ellas excelentes criaturas, y estime y quiera a su hijo nuevo.

José Martí