Carta
de Poncio Pilato a César
La
historia de los tres años del ministerio de Cristo, su juicio, muerte,
sepultura y resurrección, por Poncio Pilato, copiado Abril 7 de 1893, del
pergamino original en Griego, localizado actualmente en la Biblioteca Vaticana
en Roma.
Por
el Rev. W. D. Mahan.
"Y
el que lo vio, da testimonio, y su testimonio es verdadero: y él sabe que dice
verdad, para que vosotros también creáis". Jn. 19:35.
La
colección más interesante de este récord fue publicada muchos años ha en
forma de libro bajo el título "The Archo Volume", pero lamentamos
tener que decir que este libro ya no lo imprimen, no obstante, mediante Dios,
confiamos algún día poder sacar los capítulos más interesantes en forma de
folleto.
La forma
en que este récord fue presentado por primera vez al mundo es expresado en las
propias palabras del autor, Rev. W. D. Mahan, como sigue:
"Por
el año 1856, mientras vivía en De Witt, Missouri, un caballero nombrado H. C.
Whydaman fue interrumpido en su viaje debido a la grande nevada, y paró en mi
casa por varios días. El era nativo de Alemania y uno de los hombres más
ilustres que yo he encontrado. Le encontré bastante comunicativo. Durante su
estancia conmigo me dijo que había pasado cinco años en la ciudad de Roma, y
la mayor parte del tiempo en el Vaticano donde había visto una Biblioteca
conteniendo quinientos sesenta mil volúmenes. Me dijo que había visto y leído
los récords de Tiberio César. En lo que fue llamado "Acti Pilati"
_que quiere decir "Las actas de Pilato"_, él había visto una
explicación del arresto, juicio y crucifixión de Jesús de Nazareth. Me dijo
que él creía que si se podía obtener un transcripto, sería muy interesante,
aunque dijo que no agregaba mucho a las enseñanzas aceptadas comúnmente por el
cristianismo. Así que, después de unos meses me puse a buscar al señor
Whydaman.
Yo recibí
el siguiente documento y tengo que confesar que, a pesar de que no es inspirado,
sin embargo las palabras ardían en mi corazón como las palabras de Cristo en
el corazón de sus discípulos; y yo estoy convencido, así como del espíritu
que nos alienta, que tiene que ser verdad. Estoy enterado que a pesar de que los
judíos estaban sujetos a los romanos, sin embargo, retenían todavía su
autoridad eclesiástica, y los romanos ejecutaban los decretos de ellos sobre
sus súbditos.
Sabiendo
que una historia tal no se podía hallar en todo el mundo, y estando
profundamente interesado yo mismo, así como cientos de personas a quienes lo leí,
he concluido darlo al público. Al recibir noticias de este informe de Pilato
comencé a investigar el asunto, y después de muchos años de pruebas y gastos
considerables, encontré que habían muchos record semejantes todavía
preservados en el Vaticano en Roma y en Constantinopla. Por tanto, procuré la
asistencia necesaria, y el 21 de Septiembre de 1883 embarqué para aquellas
tierras lejanas para hacer la investigación personalmente.
Creyendo
que ningún evento de tanta importancia para el mundo como lo es la muerte de
Jesús de Nazareth podía haber ocurrido sin algún récord hecho por sus
enemigos en juzgados, legislaciones e historias, yo comencé la investigación
del asunto."
Como ya
se ha dicho, sus esfuerzos incansables fueron coronados con los más gratos
resultados. He aquí el transcripto:
A Tiberio
César, Emperador de Roma, Noble Soberano, Salud:
Tan
turbulento era el pueblo que yo vivía con el terror de una insurrección momentánea,
ya que no tenía soldados suficientes para evitarlo. Yo sólo tenía un centurión
sobre cien hombres a mi mando. Le pedí refuerzo al perfecto de la Siria, el
cual me informó que apenas él tenía suficientes tropas para defender su
propia provincia.
Yo temo
que la sed insaciable de conquistar para extender nuestro imperio más allá de
nuestra capacidad para defenderlo, será la causa de la derrota final de todo
nuestro gobierno. Yo vivía en oscuridad del público porque no sabía qué harían
esos sacerdotes para influenciar a la gentuza; no obstante, traté de estar al
tanto de los deseos de la gente. Entre los distintos rumores que llegaron a mis
oídos había uno que llamó mi atención en particular. Un joven, se dijo,
apareció en Galilea predicando con una noble unción una nueva ley en el nombre
de Dios que le había enviado. Al principio yo estaba sospechoso creyendo que su
idea era levantar al pueblo contra los romanos, pero muy pronto fue quitado mi
temor. Jesús de Nazareth hablaba más bien como amigo de los romanos que de los
judíos.
Pasando
un día por el lugar de Siloé donde había una grande concurrencia, observé en
el medio del grupo a un joven que, apoyado contra un árbol, se dirigía con
calma a la multitud. Me dijeron que era Jesús. Esto podía haberlo adivinado fácilmente,
¡era tanta la diferencia entre él y los que le escuchaban! Su cabello y barba
de color dorado le daba a su apariencia un aspecto celestial. Parecía tener
unos treinta años de edad. Nunca he visto un semblante más dulce y sereno. ¡Qué
contraste entre él y sus oyentes de patilla negra y color quemado! No queriendo
interrumpirle con mi presencia continué mi paseo, pero hice seña a mi
secretario que se juntara al grupo y escuchase. El nombre de mi secretario es
Manlius, nieto del jefe de la conspiración que acampó en Etruria, esperando
por Cataline. Manlius era un antiguo residente de Judea y era digno de mi
confianza.
Entrando
en el pretorio encontré a Manlius el cual me relató las palabras de Jesús en
Siloé. Nunca había yo leído en las obras de los filósofos algo que se podía
comparar a las máximas de Jesús. Uno de los judíos rebeldes que eran tan
numerosos en Jerusalén, le preguntó si era lícito pagar tributo a César. Jesús
le replicó: "Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de
El". Era por la sabiduría de sus dichos que yo concedí tanta libertad al
Nazareno. En primer lugar, estaba en mi poder arrestarle y deportarle a Pontus,
pero esto sería contrario a la justicia que caracteriza al gobierno romano en
todos sus tratos con los hombres. Este hombre no era ni rebelde ni de una sedición.
Yo le di mi protección son que él lo supiera. El tenía libertad para hablar,
accionar, reunir y dirigirse al pueblo. Para escoger discípulos sin impedimento
de algún mandato del pretorio. Si sucediera que la religión de nuestros
antepasados fuese usurpada por la religión de Jesús, Roma deberá la primera
reverencia. Mientras que yo, un miserable, habré sido el instrumento de lo que
los judíos llaman providencia, y nosotros destino.
Esta
libertad ilimitada dada a Jesús provocaba a los judíos, no a los pobres sino a
los ricos y poderosos. Es verdad que Jesús era severo con los últimos, y esta
era una razón política, según mi opinión, por refrenar la libertad del
Nazareno. "Escribas y fariseos _les decía_, generación de víboras. Sois
semejantes a sepulcros blanqueados, que de fuera se muestran muy hermosos, mas
de dentro están llenos de huesos de muertos".
Otras
veces escarnecía la limosna de los ricos y soberbios, diciéndoles que las
blancas de los pobres eran más preciosas delante de los ojos de Dios. Nuevas
quejas llegaban a diario al pretorio contra las insolencias de Jesús. Siempre
me informaban que algún desafortunio le esperaba. No sería la primera vez que
Jerusalén había apedreado a aquellos que se llamaban a sí mismos profetas, y
si el pretorio rehusaba hacer justicia, apelarían al César.
No
obstante, mi conducta fue aprobada por el senado y recibí promesa de refuerzos
después de la guerra de Parthian. Siendo muy débil para suprimir una sedición,
adopté un medio que prometía establecer la tranquilidad de la ciudad. Sin
someter al pretorio a concesiones humillantes, yo escribí a Jesús solicitando
una entrevista con él en el pretorio. El vino. Usted sabe que por mis venas
corre sangre mixta de españoles y romanos tan incapaz de temor como lo es la
emoción pueril.
Yo
caminaba hacia mi Basílica cuando el Nazareno apareció, y mis pies parecían
estar clavados con bandas de hierro al pavimento de mármol, y mi cuerpo se
estremecía como un reo culpable, a pesar de que él estaba en perfecta calma.
El Nazareno tenía la calma de la inocencia. Cuando llegó donde yo estaba, se
paró e hizo señal que parecía decir: "Aquí estoy", aunque no habló
una palabra. Por algún tiempo contemplé con admiración este tipo de hombre
extraordinario. Un tipo de hombre desconocido a los numerosos pintores quienes
han dado forma y figura a todos los dioses y héroes. No había nada de oposición
en su carácter, sin embargo, me atemoricé y temblé al aproximarle.
"Mi
petición, pues, no digo mi mandato, es que seas más circunspecto y moderado en
tus discursos por no despertar la soberbia de tus enemigos y que ellos hagan
levantar contra ti la estúpida gentuza y me obliguen a emplear los instrumentos
de la ley."
El
Nazareno, con calma, replicó: "Príncipe de la tierra, tus palabras
proceden de la verdadera sabiduría. Dile al torrente que se detenga en medio de
la montaña porque de otra manera desarraigará los árboles del valle; y el
torrente te dirá que él obedece a las leyes de la naturaleza y al Creador. Sólo
Dios sabe para donde fluyen las aguas del torrente. De cierto te digo: antes que
florezca la rosa de Sarón será derramada la sangre del justo."
"Tu
sangre no será derramada" dije yo con profunda emoción. "Por tu
sabiduría tú eres de más estima para mí que todos los turbulentos y
soberbios fariseos quienes abusan de la libertad que les es dada por los
romanos. Ellos conspiran contra César y convierten su libertad en temor, dando
a entender a los incultos que César es un tirano y que busca la ruina de ellos.
Miserables e insolentes; no saben que el lobo del Tíber a veces se viste de
piel de oveja para cumplir sus fines. Yo te protegeré contra ellos. Mi pretorio
será tu asilo sagrado de día y de noche".
Jesús
movió la cabeza y con sonrisa triste y divina dijo: "Cuando llegue el día
no habrá asilos para el Hijo del hombre." Y apuntando al cielo agregó:
"Lo que está escrito en el libro de los profetas tiene que ser
cumplido."
"Joven",
dije nuevamente, "me obligas a convertir mi petición en una orden. La
seguridad de mi provincia que ha sido confiada a mi cargo así lo requiere. Tú
debes observar mis órdenes; conoces las consecuencias. Que tengas felicidad. ¡Adiós!"
"Príncipe
de la tierra", replicó Jesús, "las persecuciones no proceden de ti,
yo las espero de otros y las enfrentaré en obediencia a mi Padre, quien me ha
enseñado el camino. Refrena, pues, tu prudencia mundanal, no está en tu poder
arrestar a la víctima al pie del tabernáculo de expiación." Diciendo
esto desapareció como una sombra resplandeciente detrás de las cortinas de la
Basílica. Tuve un gran alivio porque me sentía como si tuviera un peso muy
grande encima del cual no podía deshacerme en su presencia. Entonces los
enemigos de Jesús se dirigieron a Herodes el cual reinaba entonces en Galilea
para obrar su venganza en el Nazareno. Si Herodes hubiera consultado a sus
propias inclinaciones, él hubiera ordenado inmediatamente la muerte de Jesús;
empero, aunque era muy orgulloso de su dignidad real, él temía cometer un acto
que pudiera disminuir su influencia con el Senado, o como yo tenía miedo del
mismo Jesús. Pero no podía ser que un oficial romano fuese atemorizado por un
judío.
Previamente,
Herodes me había visitado en el pretorio y levantándose para despedirse después
de una conversación insignificante, me preguntó cuál era mi opinión sobre el
Nazareno. Yo le dije que Jesús me parecía ser uno de esos grandes filósofos
que a veces producen las grandes naciones; que su doctrina en ninguna manera era
sacrílega, y que la intención de Roma era dejarle la libertad de hablar,
justificada por sus acciones. Herodes se sonrió maliciosamente, y saludándome
con un respeto irónico partió.
Se
aproximaba la gran fiesta de las judíos, y la intención de ellos era
aprovechar el alboroto de la plebe porque ésta siempre se manifestaba en las
solemnidades de la pascua. La ciudad rebozaba de una plebe tumultuosa que
clamaba por la muerte del Nazareno. Mis amigos me informaron que el tesoro había
sido usado para sobornar al pueblo. El peligro estaba aproximándose. Un centurión
romano fue insultado. Yo escribí al prefecto de la Siria por cien soldados de
infantería y otros tantos de caballería, pero él declinó mi petición. Yo me
vi sólo con un puñado de veteranos en medio de una ciudad rebelde, y muy débil
para refrenar un desorden; así que no me quedaba otra alternativa que
soportarlo. Echaron mano a Jesús, y la sedición que nada temía del Pretorio,
creyendo lo que su líder les había dicho: "que yo guiñaba el ojo a esta
sedición", continuaron vociferando: "¡Crucifícale, crucifícale!"
Tres
poderos partidos se juntaron en combinación contra Jesús: Primeramente los
herodianos y saduceos, cuya conducta sediciosa parecía haber procedido de un
doble motivo: Ellos aborrecían al Nazareno y temían el yugo romano. Ellos
nunca me podían perdonar por haber entrado en la Santa Ciudad con banderas que
llevaban la imagen del Emperador romano. Y, a pesar de que en ese instante yo
había cometido un error fatal, sin embargo el sacrilegio no les pareció menos
en sus ojos. Había otra ofensa también arraigada en sus pechos: Yo les había
propuesto a ellos emplear parte del dinero del tesoro para erigir edificios de
utilidad pública. Mi proposición fue escarnecida.
Los
fariseos eran enemigos declarados de Jesús. A ellos no el importaba el
gobierno. Ellos soportaban con amargura las reprensiones severas que durante
tres años el Nazareno les había lanzado donde quiera que iba. Siendo muy débiles
y cobardes para accionar por sí solos; ellos habían aprovechado el pleito
entre los herodianos y los saduceos.
Además
de estos tres partidos yo tenía que contender con la desordenada gentuza que
siempre está lista a unirse a la sedición y aprovecharse de la confusión y la
alteración del orden. Jesús fue arrastrado delante de Caifás el Sumo
Sacerdote, el cual hizo un acto de aparente sumisión. Envió el preso a mí
para que yo pronunciara su sentencia y procurara ejecución. Yo le contesté que
como Jesús era Galileo, el asunto entraba bajo la jurisdicción de Herodes, y
ordené que le mandaran para allá. El astuto tetrarca, con un pretexto de
humildad, delegó su derecho al teniente que fue de parte de César, y la suerte
del hombre cayó en mis manos. Muy pronto el palacio había adquirido el aspecto
de una ciudadela asediada. Cada momento se aumentaba el número de la sublevación.
Jerusalén estaba inundada con grandes grupos de gentes de las montañas de
Nazareth. Toda Judea parecía estar congregada en la ciudad santa.
Mi
esposa, que era de los Gauls quienes pretendían ver el futuro; llorando se echó
a mis pies diciendo: "¡Cuidado, cuidado! No tengas que ver con aquel
justo, porque hoy he padecido mucho en sueños por causa de él. Anoche le vi en
una visión: caminaba sobre las aguas; volaba sobre las alas del viento; él
hablaba a la tempestad y los peces de la laguna y todos le obedecían. He aquí
el torrente de Hebrón fluía con sangre. Las columnas del templo se rompieron y
encima del sol hay un velo de luto. ¡Ay, Pilato!, el mal te espera si no
atiendes a las palabras de tu mujer. Huye de la ira del Senado romano. Huye del
enojo de César."
A esa
hora ya la escalera de mármol crujía bajo el peso de la multitud. El Nazareno
fue devuelto de nuevo a mí. Yo procedí a la Sala de Justicia seguido de una
guardia, y en tono severo pregunté al pueblo cuál era su demanda. "La
muerte del Nazareno, rey de los judíos." "La justicia romana, dije
yo, no castiga a tales ofensas con la pena de muerte." Pero la implacable
gentuza sólo daba gritos: ¡Crucifícale, crucifícale!" La vociferación
enfurecida hacía menear los cimientos del palacio. Sólo había uno que parecía
estar en perfecta calma en medio de la vasta multitud: era el Nazareno.
Después
de muchos esfuerzos inútiles por protegerle de la furia de sus perseguidores,
adopté el medio que me pareció el único por el cual poder salvar su vida. Yo
propuse que como era costumbre
Tomado de la revista :El Mensajero de los Postreros Días_(edición antigua) Organo Oficial de la Iglesia IEISCC, con permiso de su editor: Apostol Director de la Iglesia Evangélica Internacional Soldados de la Cruz de Cristo