DOÑA JUANA LA LOCA
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En pobre y oscura celda
Junto a un corredor estrecho, Con miradores al río Que ella contempla en silencio, Pasa su angustiosa vida La que es señora de su reino. Juana la Loca la llaman, Mas nadie supo de cierto La clase de su locura, Que es para muchos misterio, Cual demente procedía Cuando acompañaba al féretro Que de su augusto marido Guardaba los fríos restos, Esperando que un prodigio Devuelva la vida al muerto, Porque lo ha profetizado Un fraile hipócrita o necio. Demente, sí, pero a causa De un amor profundo, intenso, Que la subyuga y exalta, Perturbando su cerebro; Amor que no merecía Quien fue de ese amor objeto Y murió dejando un alma Devorada por los celos. Mas el trastorno que nace De contrariados afectos, De crueles desengaños Y de injustos tratamientos, no oscurece el buen sentido, ni quita el juicio recto, que la reina desgraciada conserva en su cautiverio. Víctima de las torpezas Y criminales manejos Que fraguan arteramente Su padre sagaz y pérfido Y los nobles que le apoyan En sus planes y proyectos, Vióse la augusta señora Privada de sus derechos. Sábese que es enemiga De ese Tribunal sangriento, En mal hora introducido De sus padres por decreto; Aborrece la violencia Usada como elemento Para convertir las almas Que cambiaron de sendero; Y por sus nobles ideas Pierde el maternal afecto, Porque su madre, ante todo, Apoya el brutal imperio De la Inquisición, que oprime, La conciencia de los pueblos. Quieren privarla del trono, Aunque empleando los medios Que reprueban de consuno La razón y el Evangelio, Para evitar que la dama, Una vez dueña del reino, Deshaga lo que sus padres Con tan mal juicio hicieron. Y a la Inquisición despoje De sus ilícitos fueros; Porque Isabel la Católica Quiere con tenaz empeño Que la Inquisición domine Sobre el oprimido pueblo, Para que todas las almas Lleven, por gusto o por miedo, El yugo que impone Roma Sobre grandes y pequeños. |
Allí sufre la señora, Bajo duro cautiverio, Los calores del estío, Los rigores del invierno, Privada de todo auxilio, Falta de todo consuelo, A no ser el que recibe Del Padre que está en los cielos Y de su Santa Palabra, Que infunde gozo y aliento. Con esa fe salvadora De firme arraigo en su pecho, No acepta las ceremonias Ni ritos que son impuestos; No quiere asistir a misa, Pensando con buen criterio Que implica graves errores El sacrificio incruento. La confesión le repugna, y tiene razón en ello, porque el perdón, Dios tan solo es quien puede concederlo. Mas ¡ay! Que sus convicciones Le acarrean sufrimientos; Tiene espías y verdugos Que, sin respetar su sexo, Su edad ni su jerarquía, ¡La someten al tormento! Y no lo ignora su hijo, El gran rey Carlos Primero, Que recibe las noticias Del guardián de aquel encierro; Sabe que el Conde de Lerma Hace, cual otros, esfuerzos Por conseguir que la Reina Se muestre obediente al clero Mas no logran conseguirlo Por ningún procedimiento. Así, la noble señora Alcanza el honor excelso De ser una de las mártires Que por su fe padecieron; Su prisión y su martirio Duran prolongado tiempo; Sus sesenta y cuatro años, Sus dolores de alma y cuerpo, No imponen a los esbirros Ni compasión ni respeto; Mas murió como cristiana, Dice un testigo de crédito, Que presenció de su muerte El conmovedor suceso. “Salvador crucificado, Ayúdame”, tales fueron Las palabras pronunciadas En sus últimos momentos Por la Reina cuya muerte Para Cristo es un trofeo, Mas es Roma para siempre una nota de descrédito.
_Carlos Araujo Carretero
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