"Aún poseo un bien real, único alivio en mi última hora: ¡He amado! ¡De mi amor inmenso brota mi desencanto, mi nostalgia, mi muerte
Mi corazón, lo mismo que la primavera, tuvo amor. La luz se enamoró de la sombra. Mi corazón se enamoró, o, mejor dicho, yo me enamoré de la mujer más hermosa, pero más fría, entre todas las mujeres.
Cabellos castaños, que en realidad no son claros ni oscuros, ni forman un color definido; frente estrecha, preciosa, pero donde no cabe ningún pensamiento elevado; ojos grandes, aunque sin fondo; nariz, ni larga ni corta; mejillas sonrosadas, nunca pálidas; labios cerrados, jamás entreabiertos; la garganta y la mitad del pecho siempre al aire. Las manos afiladas y frías; los pies, demasiado pequeños; el talle... no sé si semejante al ciprés o a la palmera, y el aspecto, es decir, todo el cuerpo como un espejo frío, pero brillante, que está siempre esperando quien se mire en él. Mi corazón se enamoró, quiero decir, yo me enamoré de esta mujer bellísima a quien pudiera comparar con un lirio descolorido y avaro que bebe ansioso las lágrimas de la aurora, de la pobre aurora. Te amé y te amo con todo mi corazón, ¡oh Julia, tan amada como desdeñosa! ¡Tú lo eres todo; y sin ti, yo no soy nada! He querido a otras mujeres; pero ahora no comprendo cómo he podido querer a otras que no fueran semejantes a ti. Mi antiguo amor... ¡El que por ti siento ahora, me parece y en efecto lo es, el único amor de mi vida, el primero y el último!
Y mientras perdí el tiempo en pensar día y noche en mi amada sin igual, y mientras me alimenté con esperanzas halagüeñas, y con promesas dulcísimas, y con ensueños amorosos, y mientras la amé sólo con el alma, sin que el cuerpo perezoso y confiado aprovechara las horas que huyen precipitadas para nunca más volver; se acercó a mi amada sin igual un joven estudiante y le habló de amor real, que como es fuego se pasa pronto. Y me la arrebató por siempre, y la llamó su Julia, mientras yo fantaseaba y soñaba que la hermosa Julia era mía, ¡únicamente mía!
Me enamore de Julia con el alma, pero con el cuerpo, perezoso, la perdí. Traspasado el corazón por el agudo puñal de los celos, intranquilo en todas partes, loco y como huyendo de mí mismo, me fui al Rhin para olvidar a mi amada perdida. Y cuando mi pena, cada vez más grande, iba a romper mi pobre corazón desesperado encontré en Estrasburgo a Celina. Alta, morena, de ojos negros profundos, de trenzas oscuras y a la vez brillantes, de labios entreabiertos y nunca cerrados. Me acerqué a ella y ella se sonrió suavemente.
No la hable ni de sueños, ni de promesas, ni de esperanzas. No la hablé más que de realidades. Y tuve buen cuidado de que mi cuerpo no se quedara atrás cuando el alma intentaba correr inquieta.
Y a la caída de la tarde, con toda la galantería del más cumplido caballero, acompañé a la ninfa, morena y de ojos profundos, hasta la puerta de su casa, en la ciudad de Estrasburgo, tan renombrada por su gótica catedral. (Nota de Ferrán)
Correa: ¿Por qué se llama también Julia tu amor soñado y perdido?
Ferrán: Es un homenaje a Gustavo. Su pasión fue tan intensa que para escribir de amor ya no me viene otro nombre a la mente. Todos nos prendamos de Julia en aquel tiempo, aunque sin la seriedad de nuestro pobre amigo. Aún recuerdo aquella canción, muy mala, que le escribí:
Si acaso mis cantares
son, Julia, fríos,
es porque de tus ojos
la luz no miro;
si me miraras
mis canciones serían
dulces y lánguidas.
Era una mujer muy distante, helada. Gustavo me pidió, antes de morir, que le acercara un paquete de cartas atadas con una cinta azul, y sacando trabajosamente un brazo de entre las ropas de la cama, los quemó en la luz de una bujía que ardía en la mesilla de noche.
-¿Por qué quemas eso? -le pregunte.
-Porque sería mi deshonra -contestó débilmente.
De los papeles mal quemados conservo alguna carta, y hasta ahora no he dicho nunca nada, pero las había de Julia.
Correa: Julia acabó arruinando el matrimonio de Gustavo. Casta no era tonta. Ella se sabía la mujer real, la del hogar, la madre; pero la ideal, la soñada, era la otra. Nunca lo pudo soportar. ¡Cómo le hubiera gustado que las rimas hubieran sido inspiradas por ella! Por eso le dio celos con el bruto de "El Rubio", ese antiguo novio del que acabó quedando preñada. Era una mujer herida en su orgullo.
Ferrán: Recuerdo cuando nos llevaste por primera vez a casa de Julia, en el año 59 más o menos. Correa: Me contó Nombela que paseaba con Gustavo y vieron asomadas a un balcón a dos jóvenes de extraordinaria belleza, diferenciándose en que la que parecía mayor, escasamente de diecisiete o dieciocho años, tenía en la expresión de sus ojos y en el conjunto de sus facciones algo de celestial. No tardé en saber quiénes eran las hermanitas, Julia y Josefina, hijas del compositor Don Joaquín Espín, profesor del Conservatorio y autor de cierta notoriedad. Busqué el medio para asistir a las veladas musicales que daban en su domicilio a los amigos. Ferrán: Gustavo era muy bueno en música, aunque no la había estudiado. Por aquellos tiempos heroicos, contigo y con Luis componía zarzuelas, para sobrevivir, pero en realidad soñaba con hacer libretos de ópera. Su autor preferido era Bellini. No era sólo poeta o dibujante, sino, puramente de oído, músico. Era capaz de cantarnos una ópera, ideada por él, escena por escena, perfectamente planeada; y en el acto arrancaba al piano los motivos de dúos, coros, arias. ¿Te acuerdas cuando alquiló una casa como redacción para su Historia de los Templos de España? Puso un piano en la sala y, para distraerse, lo tocaba de memoria, sin papeles, a lo que saliera. Y salían unos valses deliciosos gracias a la veta alemana de Gustavo. Eran composiciones extrañas, fantasías, trozos de óperas no escritas: todo un mundo. Aquello era prodigioso.
La casa estaba frente a la legación inglesa, en la calle de Torrijos. Una mañana, un caballero, al parecer extranjero, se presentó preguntando por el profesor de piano. Las risas fueron sublimes:
-Ese te busca a ti -le dije a Gustavo.
-Señores -dijo, al volver-, ¡qué aventura! Ese caballero está encantado con mi música. Me ha preguntado de qué maestro es, porque asegura que conoce la de todos, y que ninguna se parece a ésta... -
Dile que del maestro Bécquer, de Sevilla. ¿Quién es el hombre? ¿El ministro de Inglaterra?
-¡No. Nada menos que el tenor Mario!
Pasmo general. El cantante y el poeta se hicieron buenos amigos. Mario se pasaba las horas escuchando las melodías raras que Bécquer ejecutaba en el piano.
Correa: Pude conseguir que fuéramos a una de esas velada musicales. Nos acompañó Manolito Palacio. ¡El trabajo que tuvimos para vestirnos decentemente! Gustavo iba correcto, aunque se notaba que la ropa no era suya y que había viajado por medio mundo: era de Pepe Marco, que nos hizo el favor. Cuando Gustavo vio a Julia de cerca, quedó embobado. Así la describió:
"Era alta, delgada, pálida y ligeramente morena. Tenía los pómulos acusados, la nariz fina y aguileña, los labios delicados y encendidos, las cejas negras y casi unidas, la frente un poco alzada y el cabello oscuro, crespo y abundante. Como aquella mujer he conocido muchas, pero ojos como los suyos confieso que no los había visto jamás. Eran pardos, pero tan grandes, tan desmesuradamente abiertos, tan fijos, tan cercados de sombra misteriosa, tan llenos de reflejos de una claridad extraña, que al mirarlos de frente experimenté una especie de alucinación y bajé al suelo la mirada. Bajé la mirada, pero aquellos dos ojos tan claros y tan grandes, desasidos del rostro a que pertenecían, me pareció que se quedaban solos y flotando en el aire ante mi vista, como después de mirar al sol se quedan flotando por largo tiempo una manchas de colores ribeteados de luz."
Ferrán: A mi también me produjo una fuerte impresión. Éramos jóvenes. No conocíamos del amor más que lo que nos contaban los poetas, porque donde Correíta nos llevaba a desahogar no existía la mujer ideal que buscábamos.
Julia tenía dos años menos que nosotros y soñaba con llegar a ser una cantante de ópera famosa, pues tenía a gala ser sobrina de Rossini. Se mostró tímida y recatada al principio, y la situación no mejoró ni aun cuando comenzamos a ser algo más asiduos. Gustavo improvisaba al piano y de vez en cuando leíamos poemas.
Correa: Julia me manifestó su admiración por las habilidades artísticas de Gustavo, sobre todo sus dibujos y poesías. Le impresionaba el artista, pero el hombre... Me preguntó en cierta ocasión por qué no se aseaba más. Gustavo advertía un cierto rechazo disimulado que le hería y que no sabía contrarrestar. La mujer soñada le rehuía. Le hizo un álbum lleno de pinturas y rimas, intentó cortejarla, pero no hubo manera. La verdad es que no tenía Julia grandes luces. Pero sus formas, su misterio...
Blasco: Cierto. Muy hermosa criatura. Un admirable busto, pero mujer tal vez incapaz de comprender las delicadezas del hombre que quiso vivir para ella. A él no le importaba; sabía que era ignorante, vulgar, prosaica
...pero
era tan hermosa!
exclamaba en sus versos; porque Bécquer era esclavo de la forma, artista desde la planta de los pies hasta el cabello.
Ferrán: La belleza constituye el primitivo enigma del amor y del deseo. La inteligencia es necesaria para la vida práctica, pero
Ella tiene la luz, tiene el perfume
el color y la línea,
la forma,engendradora de deseos,
la expresión, fuente eterna de poesía...
Gustavo, en cierto sentido era un ser primitivo y soñador para quien los cálculos estaban prohibidos.
Correa: Yo le decía que Julia estaba más en la tierra que en el cielo. La facha bohemia y descuidada de nuestro amigo le molestaba, aunque admirara su arte. Julia nunca hubiera aceptado tener relaciones con un poeta al que la realidad le importaba bien poco.
Ferrán: El amor, el sentimiento y su expresión artística eran lo esencial para nosotros: ¡qué se nos daba de las menudencias de la vida! Pero esas miserias le estropearon la suya. Vivía y pensaba en clave de artista:
"Yo soñaba... una vida independiente y dichosa, semejante a la del pájaro, que nace para cantar y Dios le procura de comer... soñaba... esa vida tranquila del poeta, que irradia con suave luz de una en otra generación. Soñaba que la ciudad que me vio nacer se enorgulleciese con mi nombre, añadiéndolo al brillante catálogo de sus ilustres hijos, y cuando la muerte pusiese un término a mi existencia me colocasen, para dormir el sueño de oro de la inmortalidad, a la orilla del Betis, al que yo habría cantado en odas magníficas, y en aquel mismo punto a donde iba tantas veces a oír el suave murmullo de sus ondas. Una piedra blanca con una cruz y mi nombre serían todo el monumento."
Correa: Le recitó a Julia un poema tremendo aquel día en que ya estaba harto:
No obstante, amada mía,
pienso cual tú que una oda sólo es buena
de un billete del Banco al dorso escrita.
Ya no volvió más por casa de los Espín. Jóvenes como éramos nos lanzamos a beber en la copa de la vida. En aquel hotelito del amor tuvo la desgracia de enfermar a causa de otra mujer:
Una mujer me ha envenenado el alma,
otra mujer me ha envenenado el cuerpo...
Su estado era lamentable. Llevaba cinco o seis años en Madrid, resistiéndose a hacer lo que muchos de sus amigos: escribir a destajo. Había pasado ya por una grave enfermedad que obligó a su hermano Valeriano a venir desde Sevilla. Había fracasado tanto en su deseo de abrirse camino en las letras como en el de encontrar su ideal femenino. Era firme su voluntad de huir de la política. Le faltaba el amor y su arte no conseguía asegurarle la vida independiente que buscaba.
Ferrán: Casi todos los amigos acabaron buscando la protección del Estado para sobrevivir. Gustavo estaba seguro de su valer, de su arte, pero las ilusiones se iban marchitando. Así lo expreso en aquel magnífico artículo sobre la Rachel:
"Todos los genios que tienen que abrirse paso a través del vulgo, todas las cabezas privilegiadas a quienes les es necesario conquistar palmo a palmo el terreno que la prevención o la ignorancia defienden contra sus esfuerzos generosos, que en ese combate sordo y horrible de todos los días, de todas las horas, de todos los momentos, compran a precio de una tortura o de una lágrima cada hoja de laurel con que un día han de ceñir su frente, experimentan cuando los fatiga el cansancio de la lucha esas amargas y dolorosas reacciones..."
Correa: Fue cuando puso aquello de "Es muy triste morir joven y no contar con una sola lágrima de mujer" al frente del poema que termina: "De que pasé por el mundo / quien se acordará."
Blasco: Extrañas premoniciones las de Gustavo sobre su muerte. Tan joven y parecía saber que tenía los años contados.
Lustonó: Cierto. Un día se presentó en casa de Narciso, y al preguntarle éste por su salud, le contestó: "Estoy haciendo la maleta para el viaje. Dentro de poco me muero». (Esto lo dijo como quien dice ¡Buenos días!) Liados en este pañuelo vienen mis versos y prosas. Corrígelos como siempre, acaba lo que no esté concluido, y después me los devuelves; y si antes me entierran, tú publicas los que te gusten y en paz."
Ferrán: Menos mal que nos cuidamos nosotros de sus obras, porque Narciso era capaz de corregirlo todo: ¡Como era catedrático! No le dejamos.
Blasco: Acertó no sólo en lo de su muerte, sino en el olvido femenino. Cuando, enfermo, fui a visitarlo al piso de Claudio Coello, Casta había vuelto ya al hogar. La casa descuidada, el cuarto en desorden, la compañera del poeta que no sabe hablaros de nada, el enfermo solo y entregado a la desesperación sorda... ¡Oh, qué triste fin, qué horrible martirio para quien nació con alas de águila y debía morir como el último de los seres pedestres!
La luz que en vaso
ardía en el suelo
iluminaba el moribundo rostro de Bécquer la noche en que su alma enamorada dejó la tierra. La mujer mascullaba un padrenuestro en otro aposento... sentíase en derredor del fementido y solitario lecho como un revoloteo de ángeles invisibles. "¡Hace bien en morir! -le dije a un compañero-, porque su reino no es de este mundo!"
Correa: ...Entre tanto el enfermo, con su cabeza siempre firme y con su ingénita bondad, seguía prestándose a todas las experiencias, aceptando todos los medicamentos y muriéndose poco a poco. Llegó por fin el fatal instante, y pronunciando claramente sus labios trémulos las palabras «¡Todo mortal!», voló a su Creador aquel alma buena y pura.
Ferrán: Terrible tanto pesimismo y desengaño. Tenía sólo treinta y cuatro años, y ¡tantas cosas por hacer! Ambas mujeres, Casta y Julia, no tardaron mucho en casarse. Pero no adelantemos acontecimientos. Tras el primer fracaso amoroso, Gustavo tuvo que tratarse el mal de mujeres, y fue a la consulta del Dr. Esteban, donde conoció a su hija Casta. Estaba amasando con sus manos mantequilla soriana, y al presentarle su padre a Gustavo, le contesta:
-Le saludo con la dulzura de mis ojos ya que no puedo tenderle la mano.
No estuvo mal el comienzo. Tenía dieciocho años y fue el bálsamo que nuestro amigo necesitaba para sus heridas. Lo recogieron y lo cuidaron. Sólo le escribió una rima a su esposa, de compromiso. En ella afirmaba aquello de que:
Tú prestas nueva vida y esperanza
a un corazón para el amor ya muerto;
tú creces de mi vida en el desierto
como crece en un páramo la flor.
Correa: Vamos, que le buscasteis Luis y tú una enfermera y lo casasteis con ella. Yo nada tuve que ver. ¡Y tú, a quien nadie podía casar, de casamentero!
Ferrán: Yo creo que Gustavo mejoró de estado.
Correa: Más bien lo cambió. Os advertí que no saldría bien. Gustavo necesitaba a la madre que tuvo la desgracia de perder a los diez años. Pero una mujer difícilmente acepta este papelón de doble maternidad. Era una chica joven algo descuidada por su marido, y sucedió, por darle celos, el desastre:
Yo con Casta me casé,
porque la creía casta;
yo por casta la adoré
y hoy reniego de su casta.
Blasco: ¿Cómo se explica que después de la pasión malograda con su Julia y no comprendida, fuese a caer en las vulgaridades de un matrimonio absurdo? Aún vive su viuda, a la que no he de negar honradez, carácter tranquilo y cualidades de mujer de su casa. ¿Pero es ésta la mujer del poeta? ¡Ah! El poeta no debiera tener nunca mujer: el matrimonio es enemigo mortal de la vida imaginativa; Bécquer fue desgraciado en sus pasiones, pero debió de serlo aún más en su vida doméstica. Imaginad a un hombre dotado de todas las altas cualidades que constituyen el genio, condenado a vivir con un ser vulgarísimo. Vulgar la novia, vulgar la esposa. ¡Qué tristes destinos! ¿Fue despecho? ¿Deseo de contrarrestar aquella ambición de sed de ideal que le devoraba?
Ferrán:
Quieres que conservemos una dulce
memoria de este amor?
Pues amémonos hoy mucho y mañana
digámonos ¡adiós!
Nombela: Podría tener Casta de veintitrés a veinticuatro años cuando yo la conocí; agraciada como la mayoría de las mujeres de la edad que representaba, nada de extraordinario se notaba en ella; era al parecer una de tantas señoras como hay por el mundo que desempeñan en una casa funciones útiles, que pueden ser y son fieles esposas y excelentes madres, sin perjuicio de pasar un buen rato conversando con las amigas de las contrariedades domésticas, de las torpezas y picardías de las criadas y de otras cosas por el estilo. Deduje de aquella rápida impresión que mi admirado amigo tenía una mujer de su casa, y pensé, sin que el tiempo me haya hecho cambiar de opinión, que no se casó, sino que le casasteis.
Ferrán: ¿Te refieres a que Casta no era mujer para un artista? Mirad lo que le pasó a Pepe Marco. Leyó un poema de Pilar Sinués en un diario de Zaragoza y decidió matrimoniar con ella: todo muy romántico. Unos años juntos y, aunque ambos eran poetas de fina sensibilidad, han acabado separados. Nunca se sabe qué es mejor. Correíta es un incorregible solterón. Yo también lo era, y sin embargo estoy casado en Chile y no sé si traer a mi esposa aquí. Estamos presos del ideal, pedimos poesía a la vida y ésta sólo nos da prosaica realidad.
Reparaz: A nuestra casa concurrían literatos y artistas. Los más asiduos, los dos Bécquer: Gustavo y Valeriano. Ambos eran muy amigos de mi padre. Mi madre intimó con Doña Casta. Oíale sus cuitas (quejándose de exceso de poesía y de escasez de cocido), mientras Gustavo Adolfo oía la música de mi padre. El cuadro era éste: mi madre y Doña Casta cuchicheaban en el cuarto de costura; Bécquer, tumbado en el sofá, caía en éxtasis, y con los ojos cerrados escuchaba inmóvil; yo, sentado sobre un montón de sonatas alemanas, escuchaba también muy quieto.
Correa: ¡Falta de cocido, vaya por Dios! ¡Como si se pudiera hacer poesía con la tripa llena! La poesía nace del sueño y del naufragio. Gustavo se vio obligado a mejorar, aunque no lo bastante para Casta, y fue conocido como redactor de El Contemporáneo, y, contra lo que pensaba y deseaba, se ayudó de la política. Se fue dejando llevar y comenzó a vivir lo que se dice bien, con criadas, cuando le protegió González Brabo, que le admiraba. Se convierte en un influyente literato con un cargo público de 20.000 reales. Entonces, Julia volverá a aparecer en la vida de Gustavo.
Ferrán: Tienen buen olfato las mujeres. Y no toleran rivales.
Floro: ¿Lo dices por la Marquesita del Sauce?
Ferrán: Gustavo también intentó quemar sus cartas.
Floro: Amó en ella el lujo que la rodeaba; pero no bastándole este marco esplendoroso, ni los atractivos de la línea aristocrática, quiso penetrar en el corazón de aquella mujer, predispuesta a la sensualidad pero que desconocía las idealidades de la pasión que Gustavo deseaba. Este consumió todas sus energías juveniles en animarle en el quid divinum del amor, y en esta empresa imposible gastó su alma y su cuerpo.
Ferrán: Fue antes del matrimonio con Casta, pero seguro que Julia no perdía ripio de la ascensión del redactor de variedades y salones de El Contemporáneo.
Correa: No sé. Voy a contaros lo que sí sé y he callado hasta ahora. A dos hombres debo lo que haya podido ser en la vida. A mi buen amigo Albareda y a Don José de Salamanca, gran potentado pero nunca avaro. Ganó mucho dinero y lo gastó todo en arte, artistas y buena vida. Lo conocimos en el año 59, cuando ya era una de las fortunas más importantes del país. Nuestro grupo de amigos del Suizo tenía la costumbre de reunirse todos los sábados a devorar en la Fonda de París un modesto cubierto de dos pesetas. Aquellos festines saturnales contrastaban con los tés que por entonces daba en su palacio de Recoletos el rey de la banca. Uno de los socios lo hizo observar, y contestóle otro indignado:
-Cuestión de forma y de apariencia: en realidad nuestra comida es tan buena como la de Salamanca, y yo no tendría inconveniente en convidarle.
-¿Vamos a hacerlo?
-Vamos -contestó en coro aquella alegre juventud.
-No aceptará -dijo Gustavo tímidamente.
-¿Que no? -repuse yo-. Mal conocéis a Salamanca. ¡Mozo, papel y tintero!
No fue menester más. Con Palacio y Rivera y los demás contertulios se improvisó una chistosísima carta de invitación. Era el menú:
Comida de dos pesetas
no es tan mala, don José:
tendremos sopa puré
y una entrada de chuletas;
luego habrá frito de sesos,
y entre platos no sencillos,
rábanos y pepinillos,
manteca... y otros excesos.
Dada la carta por buena, y hasta por irresistible se le puso este sobreescrito:
Carta cariñosa y franca,
que escriben con efusión
doce hombres de corazón
a don José Salamanca.
Nos, los abajo firmantes,
muchachos de porvenir,
que se acaban de reunir
con dos pesetas sobrantes,
viéndole pasar la vida
pródigo y siempre fecundo,
convidando a todo el mundo
mientras nadie le convida,
queremos, aunque sin blanca
nos halle el 20 de Enero,
gastarnos aquel dinero
con don José Salamanca.
Llegó el billete en ocasión en que lo más escogido de la sociedad madrileña llenaba los salones del banquero. Hizo el efecto que era de esperar, y en seguida, el inspirado poeta Campoamor contestó aceptando en nombre de Salamanca con una carta no menos ingeniosa. Tras la comida el banquero nos confesó que había sido uno de los días más felices de su vida. Nos dijo en un improvisado discurso:
"He pasado un rato inolvidable, de esos que a nadie le es posible comprar por mucho dinero que tenga. Les soy, pues, deudor a todos. Admiro a ustedes, y, aunque les sorprenda, debo confesarles que también les envidio. Sí; les envidio porque me consta que el nombre y la obra de algunos que hoy se sienten pobres vencerá al tiempo y vivirá en la memoria de los hombres cuando los míos hayan desaparecido. Quienes movemos millones no tenemos mañana. La inmortalidad se conquista. No es posible comprarla. El artista no ha de permitir que nada merme el gran amor que debe sentir por su arte. La gloria le compensará un día de las amarguras y penalidades con que, oscurecido y pobre, atraviesa hoy la senda espinosa que conduce a la inmortalidad. El oro, ante esto, nada vale, os lo aseguro. Por eso yo os pido que no le mezcléis nunca con vuestras obras. Ello os proporcionará unas emociones purísimas que el hombre simplemente adinerado jamás podrá sentir. Gracias una vez más, queridos amigos, por el alto honor de haberme admitido en vuestra compañía".
La sinceridad de estas palabras hizo el silencio entre los concurrentes. Me levanté para contestarle:
"Todos hemos de disentir de tan ligero juicio por la razón de que Salamanca también es un artista. Y de los que saben vivir despiertos sus sueños. ¿Quién duda de que su nombre pasará a la posteridad? Perdurará en el tiempo, como él desea, aunque la envidia le muerda, el resentimiento le calumnie y la ingratitud le ofenda. Y lo habrá conseguido no por distinguirse en las ciencias ni en las artes, ni en la política ni en la milicia, sino tan sólo por lo que ha hecho y seguirá haciendo toda su vida: por ganar y gastar dinero. Así ha sido, así es y así será siempre don José de Salamanca".
Y entonces don José repartió sus famosos "habanos", aquellos cigarros deliciosos que ya empezaban a tener fama, cuya fórmula de elaboración era un secreto que el magnate guardaba cuidadosamente, lo mismo que la manufactura cubana que los fabricaba sólo para él.
Ferrán: Salamanca es un sentimental, y acabará arruinándose. Es un poeta romántico de los números, y en el fondo un caballero español que desprecia la riqueza, al contrario que los banqueros del norte. No siempre se pueden encender habanos con billetes de banco impunemente, y don José lo hace a menudo. Salamanca se ablanda ante las lágrimas, sobre todo si son femeninas. O se pierde por un gesto. Antes de ser ministro de Hacienda, ya opulento financiero, había reclamado inútilmente del gobierno el pago de varios millones, sin conseguir abrir las arcas del tesoro. Ya ministro, pareciéndole ser indigno ser juez de su propia causa, se dio a sí mismo una negativa y perdió los millones que con tanto afán reclamaba. No en balde, cuando dimitió apenas dos meses después de ocupar el cargo, decía Salamanca: "Si continúo un mes más siendo ministro, o pido limosna o tengo que solicitar mi reingreso en el juzgado de Monóvar".
El marqués, a partir de entonces, me protegió. Con Albareda, éramos asiduos en sus comidas, en sus palcos del Real, en los salones famosos como el de María Buschental. Entré de redactor en El Contemporáneo que él financiaba; después me hizo director de su periódico Las Noticias; vivo de franco en un piso suyo del barrio de su nombre y me da ayuda económica cuando la necesito.
Pues bien, en la provincia de Albacete, no lejos de la capital, posee Salamanca una finquita de 20.000 hectáreas llena de venados y ciervas que trajo de Sierra Morena, y de perdices por millares, de modo que es el mejor coto de caza de España. A sus cacerías acuden grandes políticos como O’Donnell y Castelar, y amigos, entre los que se encuentran Julia Espín y su hermano el pianista. Albareda y yo mismo somos los animadores de las tertulias de Los Llanos, como se llama la heredad. Por cierto que mi habilidad con la pluma no se repite con la escopeta, y en la última cacería me atravesé la mano con un tiro. Julia solía cantar en Los Llanos, y allí, por primera vez y tras muchos años me preguntó cortésmente por Gustavo.
Esta historia galante continúa en el palacio de Recoletos, camino de la Puerta de Alcalá, construido según el gusto francés y al estilo de las mansiones de los Rothschild, circundado por magníficos jardines y grandiosos invernaderos en los que se cuidaban las plantas más escogidas de Holanda, Italia y los países tropicales. El lujo de sus salones acogía al Madrid representativo de la cultura y del ingenio, y en ellos Julia, cuando sus compromisos se lo permitían, regalaba a Salamanca, en justa correspondencia a sus atenciones, con su voz en conciertos que deleitaban al magnate. Alguna vez, aunque de refilón, cruzaron sus miradas Julia y Gustavo en las animadas fiestas de Salamanca.
Pero el encuentro definitivo sucedió en el Teatro Real, al que don José era muy aficionado y, en donde por aquellos años triunfaba el bel canto. Era uno de los teatros de ópera mejores del mundo, y a él concurría, junto a la reina, el público más selecto. Fascinaba el deslumbrante el juego de luces y el atavío lujoso y elegante de las damas, algunas muy hermosas, con sus escotes, sus hombros desnudos y las joyas que lucían. Los caballeros, de rigurosa etiqueta. En el ambiente, un olor de suaves perfumes.
En las localidades altas, anfiteatro y paraíso, se reunían los entendidos. Podían consagrar o hacer fracasar a un cantante. Los corrillos del paraíso eran verdaderas tertulias musicales.
Pues bien, Salamanca tenía alquilados varios palcos a los que iban sus amigas, unos encima de otros, para evitar que se viesen mutuamente. El tenor Mario cantaba, aquel año 68, antes de la revolución, El barbero de Sevilla, y había invitado a su buen amigo Gustavo. Salamanca, por su parte, convidó a Julia Espín, que el año anterior había actuado en la Scala de Milán y en el 69 lo haría en Rusia.
Durante el entreacto era normal el visiteo de los caballeretes a los palcos para cotillear, iniciar algún flirt o establecer un diálogo furtivo que hacía encantadoras las Noches del Real. Gustavo había dejado un momento a Casta y nos subió a ver. Y la encontró. Un mundo de recuerdos de súbito emergió desde el rincón del olvido donde estaban sepultados. Y se hablaron, olvidando los pasados desencuentros. Con el tiempo, Casta llegó a maliciarse algo, puesto que las relaciones se reanudaron de modo más franco, y orquestó todo el drama de Noviercas, en donde le fue infiel a Gustavo, y que acabaría con la separación.
Nuestro amigo moriría en el año 70, y Julia se casa tres años después. Esta es la historia real.
Valera: De todos modos, no creo que añada nada a la gloria de Gustavo saber estas cosas. Yo fui compañero de redacción de Gustavo en El Contemporáneo, y ahora me parece empeño inútil e imposible averiguar y declarar quiénes fueron las mujeres de las que Bécquer anduvo enamorado: la que hablaba con él como Julieta, en el balcón donde anidaban las golondrinas y donde se enredaban las tupidas madreselvas; la que le dirigió mirada tan beatificante que le hizo exclamar "¡Hoy creo en Dios!"; la que con su mano de nieve arrancó melodiosos sones del arpa olvidada; la que por infidelidad y traición hizo comprender al poeta por qué se llora y por qué se mata; la que, encerrada en el claustro, dejaba oír su voz cantando maitines, cuando, en el silencio de la noche, rondaba el desvelado poeta en torno del monasterio; la que prueba, con la sola afirmación de que es, que la poesía será siempre; la que evoca por su mero recuerdo el amor que pasa, entre olas de armonía alborozando la tierra con batir de alas y rumor de besos, y la que amarga y quizá acorta el vivir del poeta, cuyo espíritu se propone aguardarla a las puertas de la muerte para decirle cuando ella llegue, todo lo que él hasta entonces ha callado. Yo me atrevo a sospechar que ninguna de estas mujeres vivió jamás en el mundo en que todos corporalmente vivimos. Son estas mujeres de la imaginación de Gustavo las que me interesan, y menos las reales, como la dichosa marquesita, con la que, en efecto, hubo galanteo. Pero lo hubo con casi todos los "saloneros" del periódico, y no era Gustavo el único. Era mejicana la interfecta, aunque de familia noble castellana. No sé realmente hasta donde llegó el amor, pero provocó cierto escándalo la ligereza de la muchacha y la familia acabó retirándola del ambiente madrileño, pues aspiraban a un buen partido.
Ferrán: Escasa fortuna la de Gustavo.
Correa: Por escasa le pasaban estas cosas, y por tomar demasiado en serio el amor. Recuerdo ahora uno de sus primeros y desgraciados "affaires" madrileños. Ella se llamaba Elisa; su padre era violinista del Real y se conocieron de balcón a balcón, un mudo diálogo de miradas que terminó en idilio. Ella tenía el cabello rubio dorado; las maneras delicadas; los ojos, verdes; y la voz, armoniosa y muy femenina; él, sólo pensaba en el amor.
El padre de la damita la desterró a Hellín, para casarla con un rico hacendado y alejarla de un poeta pobre y enfermo, aunque rico en fantasía. Se escriben hasta que ella se casa y deja de contestar a su poeta, aunque adivino que no pudo olvidarlo nunca y habrá maldecido su destino mil veces.
Floro: Su concepto del amor no era de este mundo. A propósito de la marquesita, nos narró a Ferrán y a mí, en aquel rincón de la tertulia del Café de Madrid que llamaba el Gabinete Pompeyano por su decoración, su evocación de Cínaris: «Estaba en Sevilla ocioso y tan triste que me aislaba todo lo posible. Había alquilado una barca sin barquero, y todas las mañanas, provisto de libros, papel, lápices y algún refrigerio, remando torpemente río arriba, arribaba a la isla del Guadalquivir de mi adolescencia. Pasábame toda la mañana y a veces todo el día en aquel solitario lugar donde podía dibujar, leer y soñar a mis anchas; y no sé por qué tenaz pensamiento de mis sueños del desvelo, los frecuentes ratos que me pasaba mirando al río, con esa atracción que produce el agua, casi siempre pensaba en la náyade o ninfa Cínaris, de la Fábula del Genil, de Espinosa. Ya sabéis el ansia que tengo yo de lo sobrenatural, porque el universo es hermoso, pero monótono: el sol siempre sale con exactitud rigurosa, las estaciones se suceden invariablemente, los astros de continuo describen la misma elipse, y hasta los cometas, esos misteriosos viajeros del espacio, acuden constantemente a las citas que les dan los astrónomos; pues bien, yo conseguí evocar a Cínaris... -y notando el movimiento que hicimos Ferrán y yo, que le escuchábamos, Bécquer repuso sonriendo- No era precisamente Cínaris, pero sí una mujer que venía nadando hasta mi isla. Asomaba sobre el agua una cabeza de muchachita, morena, con ojos pardos y vivos, y con el negro pelo tendido y flotante, que a haber sido en el mar pudiera tomársela por un cormorán negro.. Hícele señas de que tomase tierra, pero ella me gritó: "Estoy en camisa; si me deja usted la barca volveré". Saltó a mi barca pudorosamente, desamarróla de un marjal y remó río abajo con más destreza que yo; la vi lejanamente ganar la orilla opuesta, y a poco rato volver cantando con voz fresca y gutural una petenera. Era, como ya he dicho, una muchachita de catorce años, pero que no los representaba. Tenía las formas indecisas de la niñez, ojos pardos y vivaces, pelo negro y crespo por el desaseo y el cutis tostado por la acción del aire y del sol. Cuando vino nadando estaba en camisa, y después poco menos, puesto que sólo llevaba una falda de estameña. Aquella Cínaris se llamaba Antonia, y no habitaba en aposentos de esmeraldas finas, sino en una casucha ribereña al Guadalquivir, en compañía de su padre, que era peón caminero. Cínaris venía a verme a mi isla algunos días, para lo cual me llamaba desde la orilla, y yo iba a buscarla en mi barca. Me cobró afición, o mejor dicho, admiración, viendo brotar de mi lápiz árboles, plantas, casas y molinos, ganados con sus pastores y sus perros. Sentía ya la adolescencia y era muy confiada. Yo iba tomándola cariño. Pretendía dibujar y no se daba mala maña. Un día vino muy limpia, contra su costumbre, muy bien vestida y sin oler a cebolla, que era su manjar predilecto. Venía así porque había asistido a la misa de boda de una prima suya. No sé lo que sentí, pero resolví no volver a verla, pues temía abusar de su candor. No volví a la isla y anticipé mi regreso a Madrid. Ya veis... -añadió Gustavo- lo incompleto de mi suerte: Aquella mujer y esta niña han conmovido mi corazón; pero a una faltábale fondo y a la otra superficie: conjunción difícil que desespero de encontrar.
Ferrán: Por eso escribió: "He pasado los días más hermosos de mi existencia aguardando a una mujer que no llega nunca. ¿Dónde me han dado esa cita misteriosa? No lo sé. Acaso en el cielo, en otra vida anterior a la que sólo me liga ese confuso recuerdo. Pero yo la he esperado y la espero aún, trémulo de emoción y de impaciencia. Mil mujeres pasan al lado mío: pasan unas altas y pálidas, otras morenas y ardientes, aquellas con un suspiro, éstas con una carcajada alegre y todas con promesas de ternura y melancolía infinitas, de placeres y de pasión sin límite. Este es su talle, aquellos son sus ojos y aquel el eco de su voz, semejante a una música. Pero mi alma, que es la que guarda de ella una remota memoria, se acerca a su alma... ¡y no la conoce!... Así pasan los años y me dejan sentado al borde del camino de la vida..., ¡siempre esperando! Tal vez viejo, a la orilla del sepulcro, veré con turbios ojos cruzar aquella mujer tan deseada, para morir como he vivido...; ¡esperando y desesperando!