LA HERIDA ABIERTA

Durante la primera deportación de Martí a España, se encontraron con él, en Madrid, dos estudiantes de Medicina: el cubano Manuel Fraga y el puertorriqueño Manuel Zeno Gandía.

Cuando Gandía, presentado por Fraga, fue a darle la mano a Martí, éste le dijo:

-Un momento… Como usted no me conoce, es preciso que sepa usted antes si un hombre ultrajado, que no ha tomado todavía venganza de las injurias sufridas, es digno de que se le estreche la mano. Quiero que aprecie por sí mismo las injurias.

Y, abriéndose en un portal la chaqueta, le enseñó la espalda cruzada de cicatrices del látigo colonial, mientras sus ojos encendidos chispeaban de mal contenida indignación ante el recuerdo de su calvario y el de tantos otros ubanos.  

 

¡MARTÍ NO ES DE RAZA VENDIBLE!

Al volver Martí a La Habana, después del Pacto del Zanjón, fue detenido, el 17 de septiembre de 1879, por conspirar con Juan Gualberto Gómez y otros patriotas a favor de la independencia de Cuba.

Las autoridades coloniales le ofrecieron permitirle seguir viviendo en la Isla, siempre y cuando declarase con su firma, en los periódicos de la ciudad, su adhesión al gobierno de España.

A lo cual respondió:

-¡Martí no es de la raza vendible!

Días después, el 25 de septiembre, salía deportado, por segunda vez para España, en el vapor “Alfonso XII”.

PARA NO OLVIDAR

Debido a las gestiones de José María Sardá, rico contratista catalán y amigo de la familia de Martí, el joven rebelde fue indultado en septiembre de 1870, debiendo ser confinado en Isla de Pinos.

Al llegar a la finca “El Abra” de Sardá, en Nueva Gerona, donde residió hasta su deportación a España, lo primero que hizo el catalán fue librarlo de los dolorosos grillos. Martí le expresó emocionado su agradecimiento, y le pidió que se los entregara como el obsequio más valioso que podía hacerle.

Cuando Martí se paseaba por las habitaciones de la casa, llevaba los anillos en los bolsillos del pantalón y hundía en ellos las manos como para sentir mejor los hierros que habían macerado su carne. Y de noche los colocaba bajo su almohada para no olvidar el dolor de los cubanos oprimidos y torturados en el presidio político.

 

QUIEBRO MI COPA

En el banquete celebrado en honor del periodista Adolfo Márquez Sterling, en los altos de “El Louvre”, en La Habana, a fines de abril de 1879, Martí pronunció un encendido brindis contra lo que creyó que significaba una burla a las aspiraciones separatistas de los cubanos.

-“… por soberbia, por digna, por enérgica, yo brindo por la política cubana” –dijo, con la copa en alto, para agregar con voz vibrante-: “Pero si entrando por senda estrecha y tortuosa, no planteamos con todos sus elementos el problema, no llegando, por tanto, a soluciones inmediatas, definidas y concretas…; si nos apretamos el corazón para que de él no surja la verdad que se nos escapa de los labios…; si con ligeras caricias en la melena, como de domador desconfiado, se pretende aquietar y burlar al noble león ansioso, entonces quiebro mi copa: no brindo por la política cubana”.

Y uniendo a sus palabras enfebrecidas la acción, quebró su copa ante el asombro de la concurrencia.

 

UN LOCO PELIGROSO

Fue tan audaz el discurso patriótico que pronunció Martí en el homenaje tributado en el Liceo de Guanabacoa al famoso violinista Rafael Díaz Albertini que el Capitán General español Ramón Blanco hubo de exclamar:

-Quiero no recordar lo que yo he oído y no concebí nunca se dijera delante de mí, representante del Gobierno español: voy a pensar que Martí es un loco…, pero un loco peligroso.

 

YO SÓLO HE SIDO

Martí, Fermín Valdés Domínguez y otros condiscípulos suyos fueron acusados de infidencia a España. Cuando se celebró el consejo de guerra contra ellos, en marzo de 1870, se presentó como prueba una carta firmada por ambos en que se acusaban a un antiguo condiscípulo de la escuela de Mendive de apóstota por haberse alistado en el ejército español. La letra de ambos jóvenes era singularmente parecida.

Al preguntar el fiscal quién de los dos la había escrito, los dos amigos inseparables se levantaron a la vez, como movidos por un resorte, pero antes de que Fermín pudiera atribuirse la paternidad del documento comprometedor, Martí exclamó:

-Pues yo solo he sido.

Y, acto seguido, pronunció un inflamado discurso contra el injusto régimen colonial en Cuba.

Fue condenado a seis años de presidio.

 

YO LO VENGARÉ

Cuando el bardo patriota Rafael María de Mendive, el maestro y gran amigo de Martí, fue preso por los españoles, acusado de infidente, a raíz de los sucesos del Teatro de Villanueva, su joven discípulo acompañaba todos los días a la esposa del poeta, doña Micaela Nin, al Castillo del Príncipe, para llevarle consuelo y comida a quien él amaba como un verdadero padre.

A veces la esposa del educador rompía en amargos sollozos, y entonces el endeble pero resuelto adolescente le decía:

-No tenga cuidado, señora, que yo lo vengaré. ¡Ya verá!  ¡Ya verá!

 

MARTÍ Y EL LEÓN

Estando Martí y el joven Alberto Plochet en un parque de altas rejas, en Coney Island, cerca de Nueva York, le sorprendió un gran vocerío y mucha gente huyendo de un león que se había escapado de una exhibición de fieras.

Martí permaneció tranquilo, sin moverse, y cuando el león llegó a los barrotes, se detuvo, iniciando el movimiento espasmódico de las fieras enjauladas.

Después que los guardianes habían llevado al león a su jaula, Martí le dijo a Plochet:

-Lo que puede la ley inexorable del hábito. Los años en cautiverio han matado a ese animal la noción de la libertad y se ha dejado encadenar de nuevo, vencido por la costumbre de la esclavitud.

 

POR LA LIBERTAD DE NUESTRA POBRE PATRIA

Encontrándose ya Martí en la calle acompañado de Rubén Darío después de pronunciar un vibrante discurso en una velada revolucionaria en Hardman Hall en Nueva York, se le acercó un humilde obrero negro y le dijo con cariño mientras le entregaba un lapicero de plata:

-¡Don José! ¡Don José! Aquí le traigo este recuerdito.

-Vea usted –le dijo Martí al poeta nicaragüense- el cariño de esos pobres obreros cigarreros. Ellos se dan cuenta de lo que sufro y lucho por la libertad de nuestra pobre patria.

 

SALUDO A LA REVOLUCIÓN PASADA

Cuando Martí llegó por primera vez a Cayo Hueso, en diciembre de 1891, al bajar del vapor abrazó al anciano patriota José Francisco Lamadriz, presidente de la “Convención Cubana”, quien fue a su encuentro en representación del comité organizador de su visita.

-¡Saludo a la revolución pasada! –exclamó Martí emocionado.

-¡Abrazo a la nueva revolución! –respondió Lamadriz.

 

LUTO POR CUBA

Estando en Tampa, a Martí le llamó la atención y le celebró al joven Manuel García Ramírez el alfiler y la corbata lila que llevaba ese día. Representaba una abeja, según el Maestro símbolo de la laboriosidad de los cubanos en la Emigración, que trabajaban sin descanso por la independencia de Cuba.

Por conducto de la patriota Carolina Rodríguez, Cubanacán, Ramírez le regaló a Martí el alfiler y la corbata, quien agradecido le mandó a decir:

-Dígale que nunca he usado más que corbatas negras, por llevar luto por Cuba esclavizada. Pero por su generosidad, usaré la corbata una sola vez, y se la daré luego a otro cubano que la sepa estimar y conservar.

En efecto, Martí durante toda su vida vistió de negro en señal de luto por Cuba.

 

HABILIDAD MARTIANA

Al preguntársele a Martí cierta vez por qué atendía a algunos elementos que no parecían leales a la causa cubana sino más bien resultaban sospechosos, explicó:

-Dejádmelos a mí: no os enojen mis marcadas atenciones y cariños para con ellos. A los malos hay que quererlos, ¡y quererlos para algo…! Mi abrazo es, para quien les paga, un reparo, un entredicho, pues se pensará que pago yo mejor y obtengo más servicio, y se dudará de quién es el más espiado; luego mi abrazo es análogo al del oso, que tritura y desarma.  

 

CON LOS DESATINOS DE ESPAÑA

Cuando Martí visitó a Máximo Gómez, en Santo Domingo, en 1982, para invitarlo a que lo ayudara en sus nuevos empeños de independizar a Cuba, el “Chino Viejo”, recordando las vicisitudes y divisiones de la guerra de los Diez Años y los inútiles preparativos posteriores para organizar una nueva revolución, exclamó descreído:

-¡Pero es un sueño!

-¡Realizable! –le respondió Martí sin perder su entusiasmo.

-¡Imposible! –mantiene el dominicano con desaliento, agregando con cierta tristeza-: Acuérdese del Zanjón.

-Es preciso hacer otra tentativa… No son los mismos tiempos… -arguye el cubano.

-¿Y con qué elementos contamos? –insiste Gómez, preocupado.

-¡Con los desatinos de España! –replica Martí en tono vibrante y convencido.

 

AMARGA LECCIÓN

La nochebuena de 1887 Martí está cenando en casa de Miguel Fernández Ledesma, en Nueva York. Durante la cena se presenta un grupo de cubanos pidiendo dinero para un pobre tabaquero que se encuentra agonizando.

Fernández les da dinero, y Martí quiere hacerlo también, pero ya sus últimos centavos han aliviado a otros exiliados aquella noche. Los hombres se marchan. Martí, preocupado, insiste en ir a ver al enfermo, y lo acompaña Fernández. Cuando llegan a la dirección que se les había dado, en vez de un moribundo encuentran una alegre fiesta.

Fernández increpa a los presentes, diciéndoles que, ahora, cuando un verdadero necesitado venga a pedir ayuda, se le negará. Y al salir del cuarto le dice a Martí, con asco incontenible:

-¡Qué bajeza!

Pero el Maestro le contesta con filosófica bondad:

-¡No se queje, Miguel! ¡Bien vale los diez pesos que usted les ha dado a estos desdichados la lección que hemos recibido! ¡Qué lección! ¡Hay que levantar a esos hermanos, para hacer de ellos hombres dignos que sientan la necesidad de ayudarnos a libertar la patria!  

 

EL PADRE AMERICANO

Cuando Martí llegó a Caracas, “al anochecer, sin sacudirse el polvo del camino”, y sin preguntar “donde se comía ni se dormía”, se encaminó directamente a la estatua de Bolívar.

Y el viajero, “solo con los árboles altos y olorosos de la plaza, lloraba frente a la estatua, que parecía que se movía, como un padre cuando se le acerca un hijo”.

Lloró de honda emoción y le rindió tributo a Bolívar, porque entendía que todos los americanos deben querer al Libertador como a un padre, por haber luchado por la independencia de “Nuestra América”.

 

HAMBRE, ANTES DE COMPARTIR UNA INJUSTICIA

Siendo Martí, en 1878, profesor de la Escuela Normal Central de Guatemala, José María Izaguirre fue depuesto de su cargo de director por el presidente de la República Justo Rufino Barrios. Al enterarse Martí, fue en el acto en busca de su compatriota.

-Lo que han hecho con usted es una acción indigna –dijo-. Voy a presentar mi renuncia inmediatamente.

-No haga usted semejante locura –le contestó Izaguirre, que conocía bien la pobreza de Martí-. Si el sueldo que aquí goza es el único recurso con que cuenta para mantenerse y mantener a su esposa, ¿a qué queda usted atenido si lo renuncia?

-Renunciaré –respondió Martí con firmeza- aunque mi mujer y yo nos muramos de hambre. Prefiero esto a hacerme cómplice de una injusticia.

Y así lo hizo, y pocos días después partió para Cuba.

 

LIBERTAD PARA TODOS

Siendo Martí un niño, un compañero suyo le mostró ufano un grillo que había capturado, al cual tiraba de un hilo amarrado a una pata.

Martí, lejos de alegrarse del espectáculo del infeliz grillo, que en vano trataba de escaparse, le rogó al amiguito que lo soltara. Y no descansó hasta convencerlo. Luego obtuvo una tijera de su madre, doña Leonor, y libertó al grillo. Respiró satisfecho y contento cuando lo vio, privado de su amarre, perderse entre la yerba.

 

NOBLE COMPRENSIÓN

En cierta ocasión el propietario de un restaurante cubano de Nueva York ofreció un almuerzo en honor de Martí. Aunque la comida era frugal, el dueño pidió prestada una magnífica vajilla que incluía hasta enjuagatorios.

Al final de la fiesta, uno de los comensales al encontrar un pedazo de limón en su enjuagatorio y no estando acostumbrado a tal práctica, pensó que se trataba de una limonada y se la bebió. Sus vecinos comenzaron a sonreírse, pero Martí, percibiendo la ofuscación del hombre, con toda seriedad alzó su enjuagatorio y se bebió el contenido.

 

PROPORCIONAR PLACER A LOS DEMÁS

Por aquel entonces, por los años noventa, era ya una prometedora pianista la niña María Mantilla.

Y Martí la llevó con él a “La Liga”, sociedad de instrucción para los cubanos y puertorriqueños negros, para que les tocara el Minuet de Paderewski o la pieza rusa El mujik.

-Es un deber –le decía Martí a la niña amada- proporcionar placer a los demás.

 

LECCIÓN DE URBANIDAD

Era Martí hombre cortés, de finos modales, de lenguaje correcto, al extremo de que en sus numerosos escritos, y aun en el fervor de sus discursos revolucionarios, nunca empleó una palabra vulgar o insultante para nadie, ni para los enemigos.

Un día oyó a los hermanos de María Mantilla hablándole con cierta rudeza, y los amonestó:

-A que no le hablan así a la hija del vecino o a cualquier extraña; ¿por qué lo hacen con su hermana que merece más delicadeza y ternura que los de afuera?  

 

NO HAY QUIEN NO TENGA ALGO BUENO

De niño sufrió privaciones; de adolescente, los horrores del presidio político, la deportación de su amada tierra natal; de hombre, las angustias de la incomprensión, los desengaños y hasta la hostilidad de muchos, en su incansable lucha por plasmar la nueva revolución redentora. Conoció a fondo las entrañas humanas. Los cardos y las orugas.

Pero, sin embargo, el jardinero de la rosa blanca, cuando se encontraba rodeado de seres amados, sostenía convencido:

-No hay quien no tenga algo bueno, falta saberlo descubrir.  

 

EN ALAS DE MI PUEBLO

Al llegar Martí por primera vez a Cayo Hueso, se le ofreció un lujoso carruaje para conducirlo al Duval House, de Madame Bolio. Pero declinó usarlo.

-No, gracias por tanto cariño: ¿dónde podré ir mejor que llevado en alas de la ternura que me tiende mi pueblo?

Y fue a pie, rodeado de los cubanos que se habían congregado para darle la bienvenida.  

 

LOS JUDÍOS SON GENTE NOBLE

Encontrándose Martí en Cayo Hueso, en 1892, redactando las bases del Partido Revolucionario Cubano, el lavandero chino, encargado de mandarle de Nueva York su ropa limpia, se demoró en hacerlo. Enterado el patriota Teodoro Pérez, encargó a un joven judío que le consiguiera a Martí media docena de camisas nuevas.

Al presentarse el joven, se anunció diciendo:

-Dígale al Sr. Martí que lo desea ver un judío.

  -¿Un judío…? –exclamó Martí-.

¿Será que como predico la redención de la patria pretenden seguirme como a un profeta? Dígale que pase, que los judíos son gente noble.

El joven le tomó las medidas, y Martí pudo presentarse pulcramente vestido, como era costumbre suya, en los actos patrióticos en el histórico Cayo.