A MIS HERMANOS MUERTOS EL 27 DE NOVIEMBRE

¡Cadáveres amados los que un día
Ensueños fuisteis de la patria mía,
Arrojad, arrojad sobre mi frente
Polvo de vuestros huesos carcomidos!
¡Tocad mi corazón con vuestras manos!
¡Gemid a mis oídos!
¡Cada uno ha de ser de mis gemidos
Lágrimas de uno más de los tiranos!
¡Andad a mi redor; vagad en tanto
Que mi ser vuestro espíritu recibe,
Y dadme de las tumbas el espanto,
Que es poco ya para llorar el llanto
Cuando en infame esclavitud se vive!

Y tú, Muerte, hermana del martirio,

Amada misteriosa Del genio y del delirio,

Mi mano estrecha, y siéntate a mi lado;

¡Os amaba viviendo, mas sin ella

No os hubiera tal vez idolatrado!

 

En lecho ajeno y en extraña tierra

La fiebre y el delirio devoraban

Mi cuerpo, si vencido, no cansado,

Y de la patria gloria enamorado.

¡El brazo de un hermano recibía

Mi férvida cabeza, Y era un eterno, inacabable día,

De sombras y letargos y tristeza!

 

De pronto vino, pálido el semblante,

Con la tremenda palidez sombría

Del que ha aprendido a odiar en un instante,

Un amigo leal, antes partido

A buscar nuevas vuestras decidido.

La expresión de la faz callada y dura,

Los negros ojos al mirar inciertos,

Algo como de horror y de pavura,

La boca contraída de amargura,

Los surcos de dolor recién abiertos,

Mi afán y mi ansiedad precipitaron.

- ¿Y ellos? ¿Y ellos? mis labios preguntaron;

- ¡Muertos! me dijo: ¡muertos!

Y en llanto amargo prorrumpió mi hermano,

Y se abrazó llorando con mi amigo,

Y yo mi cuerpo alcé sobre una mano,

Viví en infierno bárbaro un instante,

Y amé, y enloquecí, y os vi, y deshecho

En iras y en dolor, odié al tirano,

Y sentí tal poder y fuerza tanta,

Que el corazón se me salió del pecho,

¡Y lo exhalé en un ¡ay! por la garganta!

 

Y vime luego en el ajeno lecho,

Y en la prestada casa, y en sombría

Tarde que no es la tarde que yo amaba.

¡Y quise respirar, y parecía

Que un aire ensangrentado respiraba!

Vertiendo sin consuelo

Ese llanto que llora al patrio suelo,

Lágrimas que después de ser lloradas

Nos dejan en el rostro señaladas

Las huellas de una edad de sombra y duelo,

- Mi hermano, cuidadoso,

Vino a darme la calma, generoso.

Una lágrima suya,

Gruesa, pesada, ardiente,

Cayó en mi faz; y así, cual si cayera

Sangre de vuestros cuerpos mutilados

Sobre mi herido pecho, y de repente

En sangre mi razón se oscureciera,

Odié, rugí, luché; de vuestras vidas

Rescate halló mi indómita fiereza...

¡Y entonces recordé que era impotente!

¡Cruzó la tempestad por mi cabeza

Y hundí en mis manos mi cobarde frente!

 

Y luché con mis lágrimas, que hervían

En mi pecho agitado, y batallaban

Con estrépito fiero,

Pugnando todas por salir primero;

Y así como la tierra estremecida

Se siente en sus entrañas removida,

Y revienta la cumbre calcinada

Del volcán a la horrenda sacudida,

Así el volcán de mi dolor, rugiendo,

Se abrió a la par en abrasados ríos.

Que en rápido correr se abalanzaron

Y que las iras de los ojos míos

Por mis mejillas pálidas y secas

En tumulto y tropel precipitaron.

 

Lloré, lloré de espanto y amargura:

Cuando el amor o el entusiasmo llora,

Se siente a Dios, y se idolatra, y se ora.

¡Cuando se llora como yo, se jura!

 

¡Y yo juré! ¡Fue tal mi juramento,

Que si el fervor patriótico muriera,

Si Dios puede morir, nuevo surgiera

Al soplo arrebatado de su aliento!

¡Tal fue, que si el honor y la venganza

Y la indomable furia

Perdieran su poder y su pujanza;

Y el odio se extinguiese, y de la injuria

Los recuerdos ardientes se extraviaran,

De mi fiera promesa surgirían, Y con nuevo poder se levantaran, E indómita pujanza cobrarían!

 

Sobre un montón de cuerpos desgarrados

Una legión de hienas desatada,

Y rápida y hambrienta,

Y de seres humanos avarienta,

La sangre bebe y a los muertos mata.

Hundiendo en el cadáver

Sus garras cortadoras,

Sepulta en las entrañas destrozadas

La asquerosa cabeza; dentro del pecho

Los dientes hinca agudos,  y con ciego

Horrible movimiento se menea

Y despidiendo de los ojos fuego,

Radiante de pavor, levanta luego

La cabeza y el cuello en sangre tintos:

Al uno y otro lado,

Sus miradas estúpidas pasea,

Y de placer se encorva, y ruge, y salta,

Y respirando el aire ensangrentado,

Con bárbara delicia se recrea. ¡Así sobre vosotros -

Cadáveres vivientes,

Esclavos tristes de malvadas gentes -.

Las hienas en legión se desataron,

Y en respirar la sangre enrojecida

Con bárbara fruición se recrearon!

 

Y así como la hiena desaparece

Entre el montón de muertos,

Y al cabo de un instante reaparece

Ebria de gozo, en sangre reteñida,

Y semeja que crece,

Y muerde, y ruge, y rápida desgarra,

Y salta, y hunde la profunda garra

En un cráneo saliente,

Y, al fin, allí se para triunfadora,

Rey del infierno en solio omnipotente,

Así sobre tus restos mutilados,

Así sobre los cráneos de tus hijos,

¡Hecatombe inmortal, puso sedienta,

Despiadada legión garra sangrienta!

¡Así con contemplarte se recrea!

¡Así a la patria gloria te arrebata!

¡Así ruge, así goza, así te mata!

¡Así se ceba en ti! ¡Maldita sea!

 

Pero, cómo mi espíritu exaltado,

Y del horror en alas levantado,

Súbito siente bienhechor consuelo?

¿Por qué espléndida luz se ha disipado

La sombra infausta de tan negro duelo?

Ni ¿qué divina mano me contiene,

Y sobre la cabeza del infame

Mi vengadora cólera detiene?

 

...¡Campa! ¡Bermúdez! ¡Álvarez!

Son ellos, Pálido el rostro, plácido el semblante;

¡Horadadas las mismas vestiduras

Por los feroces dientes de la hiena!

¡Ellos los que detienen mi justicia!

¡Ellos los que perdonan a la fiera!

¡Dejadme ¡oh gloria! que a mi vida arranque

Cuanto del mundo mísero recibe!

¡Dejad que vaya al mundo generoso,

Donde la vida del perdón se vive!

 

¡Ellos son! ¡Ellos son! Ellos me dicen

Que mi furor colérico suspenda,

Y me enseñan sus pechos traspasados,

Y sus heridas con amor bendicen,

Y sus cuerpos estrechan abrazados,

¡Y favor por los déspotas imploran!

¡Y siento ya sus besos en mi frente,

Y en mi rostro las lágrimas que lloran!

 

¡Aquí están, aquí están!

En torno mío se mueven y se agitan...

- ¡Perdón! - ¡Perdón! - ¿Perdón para el impío?

- ¡Perdón! ¡Perdón! - me gritan,

¡Y en un mundo de ser se precipitan!

 

¡Oh gloria, infausta suerte,

Si eso inmenso es morir, dadme la muerte!

- ¡Perdón! - ¡Así dijeron

Para los que en la tierra abandonada

Sus restos esparcieron!

¡Llanto para vosotros los de Iberia,

Hijos en la opresión y la venganza!

¡Perdón! ¡Perdón! ¡esclavos de miseria!

¡Mártires que murieron, bienandanza!

La virgen sin honor del Occidente,

El removido suelo que os encubre

Golpea desolada con la frente,

Y al no hallar vuestros nombres en la tierra

Que más honor y más mancilla encierra,

Del vértigo fatal de la locura

Horrible presa ya, su vestidura

Rasga, y emprende la veloz carrera,

Y, mesando su ruda cabellera,

- ¡Oh - clama - pavorosa sombra oscura!

¡Un mármol les negué que los cubriera,

Y un mundo tienen ya por sepultura!

¡Y más que un mundo, más!

Cuando se muere

En brazos de la patria agradecida,

La muerte acaba, la prisión se rompe;

¡Empieza, al fin, con el morir, la vida!

 

¡Oh, más que un mundo, más!

Cuando la gloria

A esta estrecha mansión nos arrebata,

El espíritu crece,

El cielo se abre, el mundo se dilata

Y en medio de los mundos se amanece.

 

¡Déspota, mira aquí cómo tu ciego

Anhelo ansioso contra ti conspira:

Mira tu afán y tu impotencia, y luego

Ese cadáver que venciste mira,

Que murió con un himno en la garganta,

Que entre tus brazos mutilado expira

Y en brazos de la gloria se levanta!

No vacile tu mano vengadora;

No te pare el que gime ni el que llora:

¡Mata, déspota, mata!

¡Para el que muere a tu furor impío,

El cielo se abre, el mundo se dilata!

 

Madrid, 1872

Escrito el primer aniversario de Ia muerte por fusilamiento de diez estudiantes cubanos en La Habana, ocurrida el 27 de noviembre de 1871. Se los había acusado falsamente de haber profanado la tumba de un alto ex-funcionario español; diez años después, se comprobó que no había ocurrido tal profanación.