A LA MUERTE DE JESÚS

 

¿Y eres Tú el que velando

la excelsa majestad en nube ardiente,

fulminaste en Sinaí? Y el impío bando,

¿es el que oyó medroso

de tu rayo el estruendo fragoroso?

 

Mas ahora abandonado

¡ay!, pendes sobre el Gólgota, y al Cielo

alzas gimiendo el rostro lastimado;

cubre tus bellos ojos mortal velo,

y su luz extinguida,

en amargo suspiro das la vida.

Así el amor lo ordena;

Amor, más poderoso que la muerte;

Por él de la maldad sufre la pena

El Dios de las virtudes, y el león fuerte

Se ofrece al golpe fiero

Bajo el vellón de cándido cordero.

 

¡OH víctima preciosa,

ante siglos de siglos degollada!

Aun no ahuyentó la noche pavorosa

Por vez primera el alba nacarada,

Y hostia del amor tierno

Moriste en los decretos del Eterno.

 

¡Ay, quién podrá mirarte,

OH paz, OH gloria del culpado mundo!

¿Qué pecho empedernido no se parte

al golpe acerbo del dolor profundo,

viendo que en la delicia

del gran Jehová descarga su justicia?

 

¿Quién abrió los raudales

de esas sangrientas llagas, amor mío?

¿Quién cubrió tus mejillas celestiales

De horror y palidez? ¿cuál brazo impío

a tu frente divina

Ciñó corona de punzante espina?

 

Cesad, cesad, crueles;

Al santo perdonad, muera el malvado:

Si sois de un justo Dios ministros fieles,

Caiga la dura pena en el culpado:

Si la impiedad os guía

Y en la sangre os cebáis, verted la mía.

 

Mas, ¡ay!, que eres Tú sólo

La víctima de paz, que el hombre espera,

Si del Oriente al escondido polo

Un mar de sangre criminal corriera,

Ante Dios irritado,

No-expiación, fuera pena del pecado.

 

Que no, cuando del Cielo

Su cólera en diluvios descendía,

Y a la maldad que dominaba el suelo,

Y a las malvadas gentes envolvía,

De la diestra potente

Depuso Sabaoth su espada ardiente.

Venció la excelsa cumbre

De los montes el agua vengadora;

El sol, amortecida la alba lumbre,

Que el firmamento rápido colora,

Por la esfera sombría

Cual pálido cadáver discurría.

 

Y no el ceño indignado

De su semblante desplegó el Eterno.

Mas ya, Dios de venganzas, tu Hijo amado,

Domador de la muerte y del Averno,

Tu cólera infinita

Extinguir en su sangre solicita.

 

¿Oyes, oyes cuál clama:

Padre de amor, por qué me abandonaste?

Señor, extingue la funesta llama

Que en tu furor al mundo derramaste:

De la acerba venganza

Que sufre el Justo nazca la esperanza.